EL DÍA DE LA SEPARACIÓN
Capitulo I
EL DÍA DE LA SEPARACIÓN
Capitulo I
Goldie Roth odiaba las cadenas de castigo. No había nada que odiara más... salvo quizás a los tutores sagrados. Con las muñecas aprisionadas por unos aparatosos grilletes de latón, y con el peso de las cadenas sobre sus hombros, se quedó mirando al suelo empedrado con expresión huraña.
Sabía lo que iba a ocurrir a continuación. La tutora Ilusa le soltaría alguna cita. Alguna estupidez extraída del Libro de los Siete. Era probable que el tutor Confort citara también otra frase, y los dos pondrían cara de sentirse muy satisfechos consigo mismos.
Sí, llegó el momento. La tutora Ilusa pegó un tirón de las cadenas de castigo para asegurarse de que estuvieran bien amarradas; después levantó un dedo regordete.
—Un niño impaciente —dijo—, es un niño imprudente.
—¡Un niño imprudente —dijo el tutor Confort, con las manos unidas en un gesto piadoso—, pone en peligro a la gente!
«Lo único que he hecho ha sido intentar ir un poco más deprisa», pensó Goldie. Pero no dijo nada. No quería meterse en más problemas. Aquel día, no. Cualquier día menos ese...
Miró de reojo a sus compañeros de clase. Júbilo, Ciruela, Gloria y Brío hacían lo posible para no mirar a Goldie, con la esperanza de que el lío en el que se había metido no les salpicara. La única que la miraba era Favor, con gesto serio, mientras juntaba y separaba las manos con los gestos y aspavientos propios de las señas secretas del lenguaje dactilar.
A ojos de los tutores sagrados, lo más probable es que Favor pareciera estar toqueteando los hilos de su babi, o retorciendo los eslabones de su cadenita de custodia plateada. Pero para Goldie, el mensaje era claro como el agua. No te preocupes. Ya falta poco.
Goldie trató de sonreír, pero el peso de las cadenas de castigo parecía haber mitigado su alegría.
«Se supone que hoy debería ser un gran día», suspiró exasperada. «¡Y mira cómo estoy!».
—¿Has puesto mala cara? —dijo la tutora Ilusa—. ¿Me has puesto mala cara, Golden?
—No, tutora —murmuró Goldie.
—Sí que ha puesto mala cara, camarada —dijo el tutor Confort. Hacía una mañana calurosa, así que se había apartado la gruesa toga negra de los hombros y se estaba enjugando la frente—. ¡Lo he visto perfectamente!
—Puede que las cadenas de latón no sean suficiente —dijo la tutora Ilusa—. Veamos, ¿qué podemos hacer para que se le meta esta lección en la mollera?
Entonces se fijó en el pajarillo esmaltado de color azul que Goldie llevaba prendido de la parte delantera de su babi.
—¿De dónde has sacado ese broche?
A Goldie le pegó un vuelco el corazón.
—Me lo dio mamá —murmuró.
—¡Más alto! No te oigo.
—Me lo dio mamá. Era de la tía Elogia.
—¿La que desapareció hace unos años?
—Sí, tutora.
—¿Desapareció? —dijo el tutor Confort, enarcando una ceja.
—Elogia Koch se esfumó —dijo la tutora Ilusa con aspereza— el día después de su separación. Al parecer era una temeraria, igual que su sobrina aquí presente. Sin una cadena de custodia para protegerla, lo más probable es que cayera en uno de los canales y se ahogara. O quizá la secuestraran unos comerciantes de esclavos que la condujeron a una vida de penurias y desesperación.
Volvió a mirar a Goldie.
—¿Este broche significa mucho para ti y para tu familia?
—Sí, tutora —murmuró Goldie.
—Y supongo que piensas en tu temeraria tía cuando lo llevas...
—Sí..., es decir, ¡no, tutora! ¡Nunca!
—No me lo creo. Tu primera respuesta es la que cuenta. No deberías llevar una baratija como esa. Supone un mal ejemplo.
—¡Pero...!
La tutora Ilusa pegó un tirón a las cadenas de castigo. Clanc, clanc, clanc, resonaron. Goldie se tragó su réplica. Cualquier otro día habría protestado, sin importar las consecuencias. Pero aquel día, no. ¡Cualquier día menos ese!
La tutora Ilusa se apresuró a desprender el broche azul y se lo guardó en el bolsillo de la toga. Goldie se quedó mirando cómo el halagüeño pajarillo desaparecía en la oscuridad.
—Y ahora —dijo la tutora Ilusa—, debemos proseguir nuestro camino —torció los labios en una sonrisa sarcástica—. Sería una lástima llegar tarde a esta ceremonia tan importante, ¿verdad? La Protectora Suprema se sentiría muuuy decepcionada.
Comenzó a atravesar la plaza de la Desolación, mientras Goldie avanzaba a trompicones a su lado. Clanc, clanc, clanc. Los demás niños caminaban a la zaga del tutor Confort, con las cadenas de custodia amarradas a su cinturón de cuero. Todos se quedaron mirando a Goldie al pasar junto a ella, pero apartaron rápidamente la mirada, como si tuviera una enfermedad.
La gente estaba acostumbrada a ver niños encadenados, claro. Todos los niños de la ciudad de Alhaja llevaban una cadena de custodia en la muñeca izquierda desde el momento en que aprendían a caminar hasta el Día de la Separación. Siempre que estaban fuera de casa, la cadena de custodia los mantenía unidos a sus padres o a uno de los tutores sagrados. Por la noche, los encadenaban al cabecero de la cama, para que nadie pudiera irrumpir en su casa y llevárselos mientras sus padres estaban durmiendo.
Pero las cadenas de castigo eran diferentes. Las cadenas de castigo iban sujetas a ambas muñecas. Eran mucho más pesadas que las cadenas de custodia plateadas, y emitían unos humillantes ruidos metálicos para que todo el mundo supiera que habías contrariado a los tutores sagrados. Lo cual era algo muy peligroso...
Cuando se aproximaban al Gran Canal, Goldie oyó unos murmullos que procedían de algún punto por delante de ellos. El tutor Confort se detuvo y ladeó la cabeza.
—¿Qué es eso? ¿Nos aguarda algún peligro, camarada?
La tutora Ilusa acortó aún más la distancia de las cadenas de castigo y llevó a Goldie a rastras a través del estrecho callejón hasta la siguiente esquina. Goldie apretó los dientes y trató de no pensar en el broche azul.
—No hay peligro —gritó la tutora Ilusa—. No es más que una muchedumbre.
El tutor Confort escoltó al resto de la clase hasta la esquina y allí se quedaron mirando al gentío que caminaba a través del bulevar que discurría junto al Gran Canal.
—¿Adónde van? —dijo el tutor Confort—. Los mercados no abren hasta mañana.
—Supongo que irán al Gran Auditorio —dijo la tutora Ilusa. Después alzó la voz—. Para presenciar esta ceremonia de separación. ¡Esta herejía!
Varios transeúntes se dieron la vuelta para comprobar quién había hablado. Cuando vieron a los tutores sagrados, parecieron acobardarse, como si la simple visión de las togas negras y los sombreros cuadrados a juego les infundiera pavor.
Goldie sintió una oleada de ira. Odiaba la forma en que los tutores hacían actuar a todo el mundo como si fueran más pequeños de lo que en realidad eran. Movió las manos para que Favor pudiera verlas.
Mañana voy a ir a cazar un iracán, le indicó con gestos. Un iracán hambriento. Lo meteré en un saco y se lo traeré a la tutora Ilusa. «Oh, tutora sagrada, aquí te traigo un regalo para agradecerte estos años de cariñosos cuidados. ¡Por favor, ábrelo con precaución!».
El rostro de Favor se mantuvo inmutable, pero sus ojos delataban que se estaba riendo por dentro.
No funcionará, suspiró. El iracán se morirá de miedo cuando vea lo fea que es la tutora Ilusa.
—No sé en qué estará pensando la Protectora Suprema —murmuró el tutor Confort mientras contemplaba a la multitud—. ¡Reducir la edad de separación de los dieciséis a los doce años! ¡Si tuviera sentido común, la habría incrementado! A los dieciocho. ¡O a los veinte!
—La Protectora es una necia. Cree que la ciudad es más segura que antes. Piensa que es el momento de un cambio —dijo la tutora Ilusa. El tutor Confort y ella se quedaron mirándose y soltaron un bufido despectivo. Después echaron a andar hacia la muchedumbre, arrastrando a los niños consigo.
La gente se apresuró a abrirles paso, y en poco tiempo se encontraron caminando por un amplio espacio abierto. Era como si, pensaba Goldie, hubieran dibujado una línea en torno a ellos que nadie se atrevía a cruzar.
—Míralos —refunfuñó la tutora Ilusa—. Nos evitan como si fuéramos perros. ¡No saben la suerte que tienen, al contar con nosotros para proteger a sus hijos!
—Quizá deberíamos recordárselo, camarada.
La tutora Ilusa asintió, pensativa.
—Es posible —después alzó la voz—. Cualquiera con dos dedos de frente, camarada, se daría cuenta de que la Protectora está cometiendo un grave error al reducir la edad de separación. ¿No te parece?
—Así es, camarada. Un error muy grave.
—Alhaja es tan peligrosa como siempre. Lo único que asegura la seguridad de los niños es la vigilancia de los tutores sagrados. ¡Si suprimimos esa vigilancia, iremos de cabeza a los malos tiempos de antaño! ¿Es que todo el mundo ha olvidado lo terribles que fueron esos tiempos? ¿Se han olvidado de los ahogamientos? ¿De las enfermedades?
—La fiebre púrpura —dijo el tutor Confort, estremeciéndose de una forma exagerada—. Las heridas supurantes. ¡La peste!
Las personas que estaban lo suficientemente cerca como para escucharlos se miraron entre sí con inquietud.
—¿Se han olvidado de los comerciantes de esclavos? —dijo la tutora Ilusa.
¿Te has olvidado del broche?, susurró una vocecilla en la conciencia de Goldie.
Goldie se quedó ojiplática. Llevaba toda su vida oyendo esa voz, como un susurro procedente de algún rincón de su ser. A veces la metía en problemas; a veces la sacaba de ellos. Nunca le había hablado de ella a nadie, ni siquiera a mamá y a papá. Ni siquiera a Favor.
No te lo va a devolver, susurró la voz. Y nunca volverás a estar tan cerca de ella.
Goldie bajó la mirada hacia el punto donde su mano derecha estaba presionada contra la toga de la tutora Ilusa. «Uy, uy», pensó, y negó con la cabeza para sus adentros. Aquel era sin duda uno de esos momentos en los que la voz la metería en problemas. ¡Imagina cómo se pondría la tutora Ilusa si descubriera que el broche ha desaparecido!
Pensará que lo ha perdido, susurró la vocecilla. Y además, hoy es el Día de la Separación.
¡El Día de la Separación! ¡El día en que Goldie se libraría de la cadena de custodia plateada para siempre! De ahora en adelante podría caminar sola por las calles, sin tener que estar atada a uno de los tutores sagrados. Era como el comienzo de una nueva vida.
Quizá la vocecilla tuviera razón...
El tutor Confort se inclinó hacia la tutora Ilusa.
—Tengo informaciones fiables —dijo en voz alta— de que hay navíos de comerciantes de esclavos en el horizonte, ¡esperando a que bajemos la guardia! La gaviota descarriada, La vieja bruja y el infame Capitán Roop. ¿Qué puede hacer un niño de doce años contra monstruos como esos, eh?
Un hombre que estaba situado en el borde del círculo invisible murmuró:
—Los Siete Dioses nos protegen —y a continuación batió los dedos. Goldie también batió los dedos, por si acaso.
Los Siete Dioses de Alhaja no eran deidades bondadosas. Eran violentos e impredecibles (con la excepción de Zouk el Calvo, cuyo principal problema era su peculiar sentido del humor). Adorarlos era una cuestión peliaguda. No podías ignorarlos, porque a los dioses no les gusta que los ignoren. Pero invocarlos para pedirles ayuda era arriesgado. Si estaban de mal humor eran capaces de hacer llover bolas de fuego, cuando lo que les habías pedido en realidad era que hiciera buen tiempo para que madurasen los mangos.
Así que, como la mayoría de la gente, Goldie los invocaba cuando se encontraba en apuros. Pero al mismo tiempo batía los dedos, lo cual quería decir: «¡No os preocupéis por mí! ¡Por favor, id a ayudar a otro!».
Desde luego, en ese momento no tenía la menor intención de que el Gran Fetiche y sus inmortales camaradas centraran su interés en ella. Tampoco quería que nadie más se fijara en ella. Por suerte, todos los que formaban parte de aquella multitud que avanzaba con paso lento iban mirando al frente, tratando de pasar desapercibidos para que los tutores sagrados no arremetieran contra ellos. Nadie la estaba mirando.
Goldie pensó en el pajarillo azul, perdido en la oscuridad de la toga de la tutora Ilusa. Pensó en su tía Elogia. ¡La temeraria tía Elogia! Inspiró profundamente. Levantó el brazo para que los grilletes de la cadena de castigo se deslizaran tan arriba como fuera posible, de forma que no hicieran ruido ni le entorpecieran los movimientos. Después metió la mano en el bolsillo de la tutora Ilusa.
Siempre se le había dado bien moverse con sigilo. Comenzó a palpar en la oscuridad de una forma tan silenciosa como la caída de una hoja. Las traicioneras cadenas no emitieron ningún sonido.
La tutora Ilusa avanzaba con paso firme a su lado, con el ceño fruncido.
Goldie sintió el tacto de unas alas desplegadas.
Y de repente tuvo la sensación de que alguien la estaba observando. Dejó la mano inmóvil, todavía en el interior de la toga negra. Con toda la inocencia posible, miró a su alrededor. No parecía que nadie la estuviera observando. No era más que una muchedumbre asustada, normal y corriente. Salvo... salvo por un punto concreto por el que sus ojos parecían pasar de largo...
Fíjate bien, susurró la vocecilla de su conciencia.
Goldie se fijó bien. Atisbó una sombra que no parecía pertenecer a ninguna de las personas que había a su alrededor. Por alguna razón, resultaba difícil mantener la mirada fija en ella. Era como si la luz... pasara a través de ella, como si fuera algo tan insignificante que no valiera la pena detenerse en ello.
Fíjate bien.
Y entonces Goldie lo vio. Era un hombre alto y espigado que llevaba una anticuada casaca negra con las mangas demasiado cortas para sus largos brazos, de forma que sus muñecas quedaban expuestas. Caminaba al paso del pequeño grupo de niños y tutores, y la estaba observando detenidamente.
Cuando se dio cuenta de que Goldie le estaba mirando, puso cara de sorpresa. Se agachó detrás de otro hombre y desapareció entre la multitud.
Goldie recuperó la fortaleza en sus dedos. Los cerró en torno al pajarillo azul y lo sacó de la toga de la tutora Ilusa. Le pareció que el ave batió las alas en su mano, como si le estuviera dando las gracias por liberarlo.
A pesar del peso de las cadenas de castigo, Goldie sintió una oleada de entusiasmo en su interior.
Era el Día de la Separación. En el plazo de una hora, ella también sería libre.
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