MEDIANOCHE
Capitulo XXVI
MEDIANOCHE
Capitulo XXVI
La ruinosa oficina del Adalid se encontraba a mitad de camino por la colina del Viejo Arsenal.
Estaba situada frente a un plaza, que tenía una estatua del Adalid en el medio. Goldie se agachó detrás de la estatua para otear el edificio destruido.
Alguien había instalado unas farolas de gas provisionales, cuya luz le permitió ver las puertas destrozadas y los enrejados retorcidos. Había seis milicianos repartidos por la amplia escalinata, con los rifles amartillados y una expresión vigilante. A sus pies se encontraba Broo, amarrado con tantas cuerdas que parecía como si tuviera el pelaje atigrado. Una correa de piel le mantenía cerrada la mandíbula. Otras tres o cuatro lo mantenían atado al enrejado.
A pesar de eso, los milicianos parecían nerviosos. Pegaban pisotones en el suelo como si tuvieran frío, y cuchicheaban entre ellos sin apenas separar los labios. El blanco de sus ojos centelleaba bajo la luz de gas.
Durante toda la subida por la colina, Goldie había estado convencida de que Flemo estaría allí, esperándola. Pero más allá de la escalinata, todo estaba en calma. Los únicos sonidos que se escuchaban eran los inquietos pisotones de las botas de los milicianos. Goldie oteó las sombras hasta que le dolieron los ojos, pero no había ni rastro de Flemo.
Tolón. Tolón. Tolón. El suave eco de los carillones del Gran Auditorio flotaba sobre la colina. Era medianoche. A través de la plaza, los milicianos intercambiaron sus puestos. Goldie se mordió el labio.
—¡Vamos, Flemo! —susurró—. ¡Vamos!
Empezó a sentir un calambre en la pierna derecha. La estiró con cuidado y, después, se obligó a quedarse inmóvil de nuevo. Sintió como el corazón le retumbaba en el pecho. Pun-pun. Pun-pun.
Uno de los milicianos estornudó, y sus compañeros se pusieron hechos una furia ante aquel inesperado ruido. Broo yacía inmóvil como un muerto.
Pun-pun. Pun-pun.
Goldie se dijo que Flemo aparecería antes de que su corazón latiera sesenta veces. «Una, dos, tres...».
Justo antes de que la cuenta llegara hasta sesenta, la cambió por cien. Después, quinientos. Después, mil...
Pero Flemo siguió sin aparecer.
Cuando Goldie se dio cuenta de que iba a tener que rescatar a Broo ella sola, estuvo a punto de venirse abajo. Los milicianos no eran tan amenazadores como los soldados que había al otro lado de la Puerta Furtiva, pero eran grandes y fuertes, y además eran seis contra una. ¿Cómo conseguiría alejarlos de Broo el tiempo suficiente como para cortar todas esas cuerdas?
Apoyó la frente sobre el pedestal de piedra y se puso a repasar mentalmente todo lo que había aprendido. Mimetismo, caminar sobre cáscaras de huevo, interpretar las pisadas. Hacer que una mentira parezca verdad. Robar con discreción y robar con audacia.
Tenía la sensación de que su cometido requería una mezcla de todo aquello. Una mentira que pareciera verdad. Un mimetismo. Un robo audaz...
Pensó en Cordera y en Rosita, cuando gritaban con todas sus fuerzas. «¡Dijo que iba a devorarnos! ¡Como un gatocioso!». «¡Como un zopenquio!».
Antes de que pudiera acobardarse, se puso en pie. Silenciosa como una columna de humo, avanzó por el borde de la plaza hasta que regresó a la calle que descendía por la colina. Allí había un muro de ladrillo, con unos recovecos que había atisbado durante la ascensión. No eran lo suficientemente profundos como para que pudiera esconderse bien, pero tendría que apañarse con ellos.
Con cuidado, se adentró en uno de ellos cuanto le fue posible. Después pensó en las niñas de Supervisión... y comenzó a gritar.
—¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaay! ¡El zopenquio me ha cogido! ¡El zopenquio me ha cogido! ¡Se me lleva! ¡Va a aplastarme! ¡Aaaaaaaaaaaaaaaaay!
Sabía que si lo hubiera hecho la noche anterior, no habría funcionado. En aquellos tiempos, casi nadie, salvo los niños, creía en los zopenquios, con sus corpachones gigantescos y su costumbre de echarse a rodar sobre sus víctimas para ablandarlas antes de comérselas. Pero casi nadie creía tampoco en los iracanes, ni en las aves carniceras, y aquellos milicianos los habían visto, habían luchado con ellos apenas unas horas antes.
«Y si un iracán y un ave carnicera pueden salir del museo», pensó Goldie, «¿por qué no un zopenquio?».
Los milicianos coincidieron con aquel razonamiento. Se oyó un grito que procedía de la plaza. Ecos de pasos sobre el suelo empedrado.
—¡Era una niña!
—¿De dónde venía su voz?
—¡De ahí al fondo!
—¡Aquí no está!
—¡Tiene que estar en alguna parte!
—Vosotros id por allí, nosotros iremos por aquí.
—¿Y qué pasa con el iracán? ¡El Adalid nos matará si se escapa!
—¡El iracán no se irá a ninguna parte! Si veis al maldito zopenquio, no os la juguéis. ¡Pegadle un tiro! ¡Pero no disparéis a la niña!
Cuando los pasos se aproximaron hacia ella, Goldie cerró los ojos y se obligó a ralentizar su respiración.
«Soy un muro de ladrillo. Soy una sombra. Soy insignificante».
Los milicianos pasaron corriendo frente a ella, colina abajo.
Goldie emergió del recoveco y echó a correr calle arriba antes de que se apagara el eco de las botas de los milicianos. Atravesó la plaza a toda prisa hacia el enrejado de hierro, con las tijeras listas en la mano.
—¡Broo!
El iracán tenía los ojos abiertos. Tenía un arañazo sanguinolento en un lateral de la cabeza, allí donde la bala le había pasado rozando, y tenía el hocico cubierto de sangre reseca. Alzó la mirada para ver a Goldie.
—¡Tienes que ayudarme! —susurró Goldie—. ¡No tardarán mucho en volver!
Las tijeras estaban afiladas, y solo le llevó un momento cortar la correa que le aferraba las mandíbulas. Mientras empezaba a cortar las correas que lo mantenían atado al enrejado, Broo desgarró el resto de sus ataduras con los dientes. Cedieron como si fueran hilos.
Goldie oyó un grito procedente de algún lugar de la colina.
—¡Deprisa! —susurró—. ¡Tenemos que salir de aquí!
Broo tenía las patas agarrotadas y los músculos contraídos. Se puso en pie a duras penas y volvió a caer al suelo. Goldie trató de levantarlo, pero pesaba demasiado.
—¿No puedes hacerte pequeño? —le susurró—. Entonces podría llevarte en brazos.
Broo negó con la cabeza.
—No es... algo que pueda elegir —dijo, resollando—. Si mi cuerpo pequeño no aparece..., no puedo obligarlo.
Otro grito, esta vez más cercano.
—¡Vamos, Broo!
El iracán hizo un esfuerzo tremendo y consiguió llegar a rastras hasta el pie de las escaleras. Allí se detuvo para tratar de recuperar el aliento. La herida que tenía en la cabeza comenzó a sangrar.
Goldie pudo oír que los milicianos regresaban por la colina, llamándose a voces mientras corrían. Rodeó con los brazos el cuello del iracán.
—Por favor, Broo, inténtalo otra vez. ¡Por favor!
Broo emitió un sonoro suspiro. Trató de ponerse en pie, una vez, dos veces, y entonces negó con la cabeza. Apoyó las patas sobre los adoquines y se estiró hasta que le crujieron las articulaciones. La herida seguía sangrando, pero Broo pareció recuperar una parte de su fortaleza habitual.
Se dio la vuelta hacia Goldie, con los ojos centelleando como rubíes. La oscuridad pareció estremecerse a su alrededor.
—Si queremos salvar la ciudad —dijo con su cavernosa voz—, ¡debemos irnos ya!
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