LA PROTECTORA SUPREMA
Capitulo II
LA PROTECTORA SUPREMA
Capitulo II
La tutora Ilusa mantuvo sujeta a Goldie con las cadenas de castigo hasta que llegaron al exterior del
Gran Auditorio. Cuando al fin se las quitó, Goldie suspiró aliviada. «Ya solo me queda la cadena de custodia. ¡Y en breve habrá desaparecido también!».
Mamá y papá esperaban en el interior del auditorio junto al resto de los padres. La tutora Ilusa y el tutor Confort desabrocharon las cadenas de custodia de sus cinturones y les entregaron a los niños sin mediar palabra. Los padres fijaron las cadenas a sus propios cinturones.
Mientras caminaban hacia el escenario, mamá le susurró a Goldie al oído:
—¿Es cierto, cariño? ¿Te ha puesto las cadenas de castigo el día de tu separación? ¡No me lo puedo creer! ¡No tiene sentimientos!
—Calla —le susurró papá—. Ya sabes que tienen el oído muy aguzado.
Ahora que estaban lejos de los tutores sagrados, los compañeros de clase de Goldie empezaron a comportarse con normalidad. Detrás de Goldie, Herro Oster refunfuñó:
—¡No te pongas a dar saltitos, Júbilo! ¡Has estado a punto de tirarme al suelo!
—Lo siento, papá —dijo Jubi, risueño, que no parecía sentirlo en absoluto.
—Imagino que os a... alegrará su separación —dijo el papá de Favor, Herro Berg, que tenía una ligera tartamudez—. Es un fa... fastidio cuando llegan a esta edad, ¿no os parece?
—No sé cómo podría soportar cuatro años más así —dijo Herro Oster, aunque su tono de voz no sonó muy convincente—. Tengo cardenales por todo el cuerpo porque no para de menear los brazos y las piernas. Bendita sea la Protectora por reducir la edad de separación.
—Sí, bendita sea, bendita sea —murmuraron los demás padres. Pero todos estaban pálidos, y Goldie pensó que tenían pinta de no haber dormido demasiado bien.
Se alinearon a los pies del escenario y esperaron a que el hojalatero oficial acudiera a retirar los grilletes plateados de los niños. El auditorio estaba lleno de espectadores. En la fila delantera, una docena de reporteros tomaban notas para las gacetas del día siguiente.
Mamá le dio una palmadita en el brazo a Goldie.
—No debes tener miedo, cariño.
—No lo tengo —dijo Goldie.
—Por supuesto que no —se apresuró a decir mamá, dubitativa—. Pero una vez que te hayan separado, tendrás cuidado con los comerciantes de esclavos, ¿verdad?
Frou Berg se inclinó hacia ellas. —Y con los insectos venenosos.
—Y con los carruajes callejeros desbocados.
—Y con los cuchillos afilados —añadió Frou Oster.
Goldie oyó un ruido sordo que procedía de algún lugar en la distancia. Miró a su alrededor.
Nadie más parecía haberlo percibido.
—Y con las aves predadoras —dijo Herro Oster—. Y con los perros furiosos. ¡Con cualquier clase de perro!
—Las a... a... aguas sucias —tartamudeó Herro Berg—. Aguas contaminadas. ¡Corrientes trans...
transmisoras de enfermedades donde se ahogan los niños! Eso es lo que me preocupa. Y que se pi... pierdan. Hagáis lo que hagáis, no os pe... perdáis.
Goldie había escuchado esas advertencias cientos, no, miles de veces. Agachó la cabeza y le dirigió una sonrisa a Favor, pero su amiga estaba asintiendo con seriedad ante aquella enumeración que estaba haciendo su familia.
—Ahora que me acuerdo... —dijo mamá, que se sacó un paquetito del bolsillo—. Te hemos comprado una cosita, cariño, para celebrarlo.
Era una brújula, claro. El regalo tradicional para el Día de la Separación era siempre una brújula (para que pudieras encontrar el camino de vuelta a casa si te perdías) o un silbato (para que pudieras pedir ayuda si te atacaban unos esclavistas).
Goldie se hizo la sorprendida y les dio las gracias cuando vio la brújula. Pero en el fondo le habría gustado que le hubieran regalado una navaja plegable, para poder defenderse si se viera en apuros. O un catalejo para otear lugares lejanos y soñar con el día en que tendría la edad suficiente para dejar atrás, muy atrás, la ciudad de Alhaja y sus tutores sagrados.
Veinte minutos más tarde, Goldie y sus amigos se colocaron sobre el inmenso escenario, junto a otro centenar de niños y sus padres. Aquel iba a ser el Día de la Separación más multitudinario que se recordaba. Todos los niños de Alhaja con edades comprendidas entre los doce y los dieciséis años iban a conseguir su libertad.
A Goldie ya le habían quitado los grilletes y la cadena de custodia, el único nexo con su mamá era una cinta de seda blanca. Tenía una sensación cálida y extraña en el brazo. Su cuerpo bullía de impaciencia mientras la Protectora caminaba hacia el estrado.
La Protectora Suprema de Alhaja no tenía en realidad un aspecto tan supremo. Vestía con una toga carmesí y una cadena de oro, pero apenas era un poco más alta que la mamá de Goldie, y tenía el cabello pajizo. Sobre su cabeza, la cúpula de cristal del Gran Auditorio estaba plagada de luces.
Pájaros mecánicos avanzaban dando zumbidos de una columna a otra sobre alambres plateados.
Mariposas mecánicas abrían y cerraban sus alas.
La Protectora se recolocó los anteojos sobre la nariz y se dirigió a los asistentes.
—Hubo un tiempo —dijo, a viva voz— en que no existía la ciudad de Alhaja. En su lugar había un nauseabundo puertecito de mar llamado Coz, anclado en la costa sureña de la península de Allende como una verruga ulcerosa en la barbilla de un anciano. Y, en efecto, no hay mejor forma para definir aquel lugar que como una verruga ulcerosa, pues estaba repleta de peligros y enfermedades.
Goldie oyó unos susurros entre el público mientras se disponían a escuchar aquella historia que todos conocían bien. Pero, por una vez, la Protectora no les recordó cómo sus ancestros habían llegado desde Merne para establecer un asentamiento. No les habló de las guerras nativas ni de las guerras bárbaras ni de las guerras de independencia, ni del aluvión de asesinatos y hambrunas, ni del Año de la Desesperación, cuando los niños murieron como moscas. No les habló de la heroica lucha de unas pocas personas que salvaron a los niños supervivientes, y cómo esas personas se convirtieron en los primeros tutores sagrados.
En vez de eso, sonrió y dijo:
—Pero eso fue hace mucho tiempo. Durante más de doscientos años la ciudad se ha ido purificando progresivamente de sus peligros. Se han vallado los canales y se han reconstruido los edificios vacíos. Los animales y los pájaros han sido expulsados. El repugnante puerto de Coz se ha convertido en la hermosa Alhaja. Ya no hace falta que estemos tan alerta.
Muchas personas asentían con la cabeza, pero Goldie se dio cuenta enseguida de que había algunos que no estaban de acuerdo. En la segunda fila del público, la tutora Ilusa tenía el rostro ensombrecido por la ira.
—Estos niños que se encuentran detrás de mí —dijo la Protectora— están a punto de conducirnos hacia un futuro glorioso.
Hizo una pausa. Goldie echó un vistazo a sus compañeros de clase. Favor se estaba mordisqueando las uñas. Brío estaba sonriente, pero parecía una sonrisa un tanto forzada, como si la hubiera esbozado previamente y se hubiera olvidado de ella. Ciruela y Gloria se habían puesto pálidas por los nervios, y Jubi se revolvía en el sitio, alternando el peso de su cuerpo de una pierna a la otra. Goldie oyó que Herro Oster le espetaba:
—En nombre de los Siete, Júbilo, ¿es que no puedes quedarte quieto ni cinco minutos?
El público soltó una risita nerviosa. La Protectora volvió a sonreír.
—Su señoría, el Adalid —dijo—, procederá a dar las bendiciones.
El auditorio se quedó en silencio. Nadie se movió.
—¿Dónde está el Adalid? —le susurró Goldie a mamá.
Como a modo de respuesta, se oyó un estrépito de pasos entre la multitud.
—¡Abran paso, abran paso! —exclamó la tutora Ilusa, que subió al escenario y se dedicó a alisarse los pliegues de la toga y a enderezarse el sombrero como si fuera la tarea más importante del mundo.
La Protectora la observó desde lo alto de sus anteojos.
—¿Hay un cambio de planes? —dijo—. Nadie me ha informado de ello. ¿Dónde está vuestro líder?
—Excelencia —dijo la tutora Ilusa—, su señoría ya debería haber llegado, pero parece que algo lo está retrasando. Quizá deberíamos retrasar también la separación.
A Goldie le pegó un vuelco el corazón. Pero la Protectora dijo con suavidad:
—Si el Adalid no ha llegado, tutora, seguro que podrá encargarse usted de administrar las bendiciones.
—Ay, no, eso no sería...
—Adelante, tutora —dijo la Protectora con un tono de voz que ya no era tan suave.
La tutora Ilusa dedicó un ratito más a recolocarse el sombrero; después contempló las largas filas de niños con el ceño fruncido.
—¿Juráis permanecer alerta y no poneros en peligro, ni poner en peligro a los demás —murmuró —, aunque ya no estéis al cuidado de los tutores sagrados?
A Goldie se le secó la boca de repente. Respondió al unísono con otro centenar de voces:
—Lo juro.
—¿Juráis hacer honor a los Siete Dioses y a los planes que tienen para vosotros, tal y como son revelados a través de los tutores sagrados?
—Lo juro.
—¿Juráis prevenir la blasfemia y condenar la herejía, dondequiera que las encontréis?
—Lo juro.
La tutora Ilusa titubeó. Goldie apretó los puños con tanta fuerza que se le clavaron las uñas en las palmas de las manos.
La Protectora carraspeó.
—Continúe, por favor.
—Entonces yo os bendigo —a pesar de su reticencia, la tutora Ilusa alzó la voz al abordar aquellos salmos que conocía tan bien. Nombró a los dioses uno por uno, en orden decreciente de importancia para no ofender a ninguno de ellos—. ¡Que el Gran Fetiche no envíe nunca a su Buey Negro a buscaros por la noche! ¡Que la Dama Llorona culpe a otro por sus lágrimas! ¡Que Atronador, Soñador y el Cerrajero olviden vuestros nombres! ¡Que el Ayudante nunca decida que necesitáis su ayuda! Y que Zouk el Calvo se vaya con sus bromas a otra parte.
Goldie batió los dedos cada vez que pronunciaba uno de esos nombres.
—Benditos seáis, benditos seáis, y benditos seáis tres veces. ¡Así sea!
En cuanto terminó de decir esas palabras, la tutora Ilusa se marchó rápidamente del escenario, como si no quisiera tener nada más que ver con aquella ceremonia.
—¿Teniente mariscal? —murmuró la Protectora.
El teniente mariscal de la milicia, que había estado a su lado durante el discurso, le entregó a la Protectora unas tijeras. La Protectora sacó un trozo de papel del bolsillo de su toga, lo observó con los ojos entornados y dijo a viva voz:
—Golden Roth.
Goldie sintió un escalofrío. ¡Ella iba a ser la primera! Dio un paso adelante, acompañada de mamá y papá.
La Protectora Suprema sonrió, con una mirada aguda e inteligente al otro lado de sus anteojos.
—Extiende la mano —dijo.
Goldie extendió la mano. La cinta de seda blanca se tensó.
—¡Por la gracia de los Siete Dioses —exclamó la Protectora—, y de acuerdo con el acta de tutelaje, que esta niña sea separada!
Alzó las tijeras. Mamá soltó un gritito ahogado como si fuera a protestar, pero no dijo nada. Papá le dio un apretón a Goldie en el hombro. Entre el público, los reporteros mojaron sus plumas en sus tinteros portátiles y comenzaron a escribir a toda velocidad. Goldie contuvo el aliento...
Entonces se oyó un golpetazo procedente del otro extremo del auditorio, allí donde se habían cerrado las enormes puertas de madera para aislar el recinto del calor veraniego. La Protectora se detuvo.
—¡Déjenme pasar! ¡Déjenme pasar! —exclamaba una voz ahogada.
«¡Márchate!», pensó Goldie. «¡No interrumpas!».
Uno de los milicianos que vigilaban la puerta, la entornó y dijo:
—¡Silencio! Su excelencia acaba de empezar con las Separaciones.
Un hombre lo empujó a un lado y avanzó, con la toga negra sucia y desgarrada, y el rostro manchado de sangre.
—¡Desastre! —exclamaba— ¡Asesinato! ¡Los niños...!
Y entonces cayó al suelo con un dramático desmayo.
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