EL AVE CARNICERA
Capitulo VI
EL AVE CARNICERA
Capitulo VI
El panecillo de Frou Berg le supo a gloria. Se lo acabó en media docena de bocados y se chupó los dedos hasta que desapareció la última miga. Después, volvió a acurrucarse entre las sombras del puente del Poeta Cojo.
«Sal de la ciudad», le había dicho Frou Berg. Pero ¿cómo se suponía que iba a hacerlo? Aun cuando consiguiera salir de Alhaja y llegar a la carretera de Dicho, no tenía dinero ni comida. ¿Qué se suponía que debía hacer? ¿Hacer todo el camino andando? ¿Y sola?
Volvieron a flaquearle las piernas. La noche era cada vez más oscura. Por un instante se sintió sobrecogida por el pánico. Entonces recordó las palabras de Favor.
«Eres más valiente que cualquiera de nosotros. Si alguien puede hacerlo, esa eres tú».
Sabía que Favor se equivocaba. Goldie no se consideraba valiente. Pero la fe que su amiga tenía en ella era como un pequeño oasis de tranquilidad en medio del pánico.
Rebuscó en su bolsillo y sacó la brújula. La aguja emitía una luz brillante y verdosa, y señalaba hacia el camino por el que había venido. Aquel debía de ser el norte. Así que la carretera de Dicho debía de estar en esa otra dirección. Hacia el este.
Goldie se puso en pie. Podría haberse comido cinco panecillos más. También seguía sedienta, y el murmullo del agua que corría por debajo del puente no hacía sino empeorar la sensación. Pero sabía que el agua de los canales estaba salada y transmitía enfermedades, así que se forzó a ignorar aquel sonido y seguir adelante.
Las calles de Alhaja tenían un aspecto muy distinto por la noche que por el día. Las casas parecían avecinarse sobre Goldie como criaturas vivientes. Tenía la impresión constante de oír unas pisadas, o una siniestra respiración a su espalda, muy cerca. Se le puso la piel de gallina. Volvió a sacar las tijeras y se giró a un lado y al otro, tratando de detectar cualquier posible movimiento. Pero no vio más que sombras.
Se estaba aproximando a uno de los puentes sobre el canal del Caballo Muerto cuando oyó que alguien silbaba una tonada. Se quedó inmóvil. En el extremo opuesto del puente, semioculto por el parapeto, se encontraba un hombre que estaba de espaldas a ella.
Tan sigilosamente como pudo, Goldie se alejó de puntillas. Siguiendo el canal había otro puente.
Cruzaría por allí.
Pero cuando llegó al segundo puente, vio una silueta oscura apoyada sobre el arco de piedra. Un silbido tenue llegó a sus oídos. ¡Era el mismo hombre!
Goldie volvió a sumergirse entre las sombras, empuñando las tijeras como si se tratara de un puñal. ¿Quién sería? No podía verlo con claridad, pero le pareció que vestía con una casaca negra, igual que el hombre que la había estado observando en la calle y durante la ceremonia de separación. ¿Sería él? ¿La estaría siguiendo? ¿Qué querría de ella?
Recordó las historias que había escuchado sobre un esclavista conocido como el Capitán Roop. Sobre la astucia con la que atraía a los niños Separados hacia sus trampas. Sobre lo inofensivo que parecía... hasta el último momento.
Aquel hombre parecía bastante inofensivo. Le daba la espalda, como si no supiera que Goldie estaba allí. Pero lo sabía. Goldie estaba convencida. Aquel hombre estaba escuchando sus pisadas, incluso mientras silbaba, y la respiración que emergía de sus pulmones, y los atemorizados latidos de su corazón...
Goldie se alejó silenciosamente, tratando de contener el aliento. Cuando miró hacia atrás, comprobó que el hombre no se había movido. El corazón se le relajó un poco.
Pero cuando llegó al siguiente puente, el desconocido ya estaba allí.
La noche adoptó de pronto un tono más siniestro. Cada sombra parecía ocultar a uno de los hombres del Capitán Roop. Cada sonido era el traqueteo de los remos de La Gaviota Descarriada. El silbido de aquel hombre... ¿había cambiado? ¿Sería una señal? ¿Estaría La vieja bruja acercándose a ella en ese preciso momento?
Goldie retrocedió sigilosamente por donde había venido. Ya no se dirigía hacia el este, pero le daba igual. Lo único que quería era escapar del hombre de la casaca negra.
Pero cada vez que pensaba que lo había despistado, volvía a aparecer. Al otro lado de una plaza.
En un portal.
O en mitad de una calle.
En ningún momento se dio la vuelta para mirarla. En ningún momento vio Goldie que se moviera. Pero poco a poco la fue guiando a través de la oscura ciudad.
Goldie se apoyó sobre una pared en un callejón sin salida. Llevaba una eternidad caminando y estaba demasiado cansada como para sentir miedo. Lo cual estaba bien, porque no había forma de salir de ese pequeño callejón salvo por donde había entrado. Y aquel hombre seguramente la estaría esperando si intentara volver por allí.
Dejó escapar un gemido y se fue deslizando por la pared hasta quedarse sentada en el suelo. No tenía ni idea de dónde estaba. Recordaba haber ascendido a duras penas por una colina, con casas que parecían de gente adinerada a cada lado de la carretera. Pero había varias colinas en Alhaja, y esta podía ser cualquiera de ellas.
En realidad, a Goldie le daba lo mismo. Lo único que quería era tumbarse y dormir. Si llegaban los esclavistas, tendrían que cargar con ella. No pensaba dar un paso más.
Pero nada más cerrar los ojos, un soplo de brisa nocturna impactó contra su rostro. Traía consigo un inconfundible aroma a pasteles de almendra recién horneados.
Goldie abrió de golpe los ojos.
Al fondo del callejón sin salida había un edificio de piedra, pequeño y nada vistoso. Las mansiones que lo rodeaban se alzaban sobre él como si trataran de engullirlo. Pero aquel edificio pequeño y nada vistoso tenía un carácter obstinado, como un anciano que se niega a moverse de su silla favorita. El aroma a pasteles parecía proceder del portal, que estaba abierto.
Goldie se puso lentamente en pie, recorrió el callejón dando traspiés y ascendió por los escalones de aquel pequeño edificio. El olor de los pasteles la instó a seguir adelante. A cruzar un vestíbulo apenas iluminado. A pasar bajo un arco de piedra. A alcanzar la puerta de lo que parecía un despacho.
Le quedó el suficiente sentido común como para detenerse en el umbral. Los faroles de acuagás estaban encendidos, pero el despacho estaba desierto, igual que el vestíbulo de la entrada. Había un escritorio viejo y desvencijado en mitad de la estancia, y allí, formando una montañita encima de un plato, estaban los pasteles de almendra, con un cuenco de leche a su lado. Goldie avanzó con cautela y cogió el cuenco, con la sensación de que iba a estallar de felicidad.
Se bebió de un trago la mitad de la leche y se comió seis pasteles, uno detrás de otro. Después, se bebió el resto de la leche y devoró tres pasteles más. Mientras lo hacía, echó un vistazo al despacho.
Era pequeño y estaba lleno de trastos. Había hojas de papel desperdigadas por todas partes, sujetas con piedras y coloridos trozos de cristal. Los estantes estaban repletos de libros, monedas antiguas y estatuas de porcelana agrietadas. En un rincón había un pequeño arpa. Y en lo alto de la puerta...
Goldie estuvo a punto de atragantarse con el pastel que se estaba comiendo. Sobre un posadero situado encima de la puerta se asentaba un inmenso pájaro disecado. Era al menos veinte veces más grande que los pájaros mecánicos del Gran Auditorio. Tenía unas plumas negras como el pecado y un pico amenazante. Sus amarillentos ojos de cristal miraban a Goldie como si la culparan de su muerte.
Goldie dejó escapar un gritito.
—¡Es un ave carnicera! ¡Igual que la del puente de las Bestias!
Fascinada, la rodeó desde el suelo. El ave se quedó mirando a la nada. «¡Si me estiro podría tocarle las plumas!».
Se estremeció y retrocedió. Sabía que no debía permanecer mucho tiempo en aquel lugar desconocido. Echó un último vistazo por el despacho y reparó por primera vez en las monedas. Había montones de ellas, y estaban distribuidas en unos montoncitos tan desordenados que seguro que su dueño no echaría en falta unas pocas. Le servirían para que su viaje a Dicho resultara mucho más sencillo.
«Ya soy una ladrona, no pasa nada si robo algo más».
Se acercó rápidamente hacia el estante más cercano. Cerró los dedos en torno a un pequeño montón de monedas. Se las metió en el bolsillo.
Se escuchó un crujido procedente del posadero que había encima de la puerta. Goldie se dio la vuelta al momento, con el corazón golpeándole las costillas con fuerza. El ave carnicera —el ave disecada, el ave muerta— desplegó sus inmensas alas y la miró. Después abrió el pico y comenzó a hablar con una voz chirriante como el hierro oxidado.
—¡Ladrooooón! —chillaba el ave carnicera—. ¡Ladrooooón! ¡Ladrooooón! ¡Ladrooooón!
Se oyeron unas fuertes pisadas por el pasillo que se extendía junto al despacho.
—¡Te tengo! —gritó un hombre. Y la puerta se cerró de golpe, dejando a Goldie atrapada en el interior con el ave carnicera.
Goldie no era la única ladrona que había en la ciudad aquella noche. Mientras el reloj del Gran Auditorio marcaba la una, un hombre ataviado con una capa con capucha descendió a toda prisa por la colina del Viejo Arsenal y se deslizó a través de la verja del canal.
Había un pequeño carruaje marítimo privado amarrado en el muelle del Viejo Arsenal. El encapuchado subió a bordo e hizo girar la llave y los interruptores del gas hasta que arrancó el motor. El carruaje marítimo se alejó del muelle y avanzó entre silenciosos resoplidos por mitad del canal. Cuando llegó al muelle de la Bestia, el hombre apagó el motor y amarró la embarcación a una anilla de hierro. Después, subió corriendo por los escalones y escaló la verja de seguridad.
El Protectorado, cuando llegó hasta él, estaba a oscuras. Rodeó sigilosamente el edificio y se detuvo junto a una ventana. Sacó un puñal con una hoja finísima y lo introdujo en la abertura entre la ventana y el marco. Con la misma suavidad con la que le haría cosquillas a un bebé, movió el filo adelante y atrás. Maldijo en voz baja por la lentitud del proceso, pero su pulso se mantuvo firme.
Se escuchó un suave chasquido y la ventana se giró hacia dentro. El hombre se acuclilló sobre el alféizar y se dejó caer en el almacén que había al otro lado. Avanzó a tientas entre estantes y cajas hasta alcanzar la puerta, después atravesó un corredor sin iluminar y un breve tramo de escaleras. Se golpeó las espinillas una docena de veces antes de encontrar la habitación que estaba buscando.
Cuando finalmente la encontró, cerró las gruesas cortinas y palpó las paredes hasta encontrar un farol de acuagás. Se sacó una yesca del bolsillo, levantó la cubierta del farol, giró la ruedecilla del gas y encendió la mecha. Con un siseo, el farol cobró vida, revelando los destartalados muebles del despacho de la Protectora. El encapuchado se acercó rápidamente a la estantería y comenzó a inspeccionar las filas de documentos que se alineaban en sus estantes.
Lo sorprendió el inicio del amanecer antes de haber encontrado lo que buscaba. Estaba empezando a preocuparse. Los limpiadores no tardarían en salir a la calle, y debía marcharse antes de que lo vieran.
Con un improperio, dejó en su sitio el libro que acababa de inspeccionar y colocó la mano sobre el fino volumen azul que se encontraba a su lado. Se llamaba La puerta furtiva, y lo había pasado por alto varias veces a causa de su absurdo título.
Pero ahora se le estaban acabando las opciones. Abrió el libro. Sin esperar ningún resultado, comenzó a leer la primera página...
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