TRICIÓN
Capitulo XXVII
TRICIÓN
Capitulo XXVII
El Adalid se sentía satisfecho. Pese a lo que había descubierto la noche que irrumpió en la oficina de su hermana, no tenía pruebas irrefutables de la existencia de la Puerta Furtiva. Pero ahí estaba, ¡justo delante de sus narices! Y aún más: ¡estaba abierta de par en par!
Por detrás de él, Ilusa y Confort metían prisa a los milicianos para que clavaran los pocos clavos que quedaban en los pocos tablones restantes.
«Tus milicianos me han resultado muy útiles, hermana», pensó el Adalid. «Pero dentro de poco dejaré de necesitarlos...».
Alzó la mano e hizo un gesto al teniente mariscal para que se acercara.
—Aún estamos a cierta distancia del peligro —dijo—. Quiero que usted y sus hombres se adelanten unos doscientos pasos y establezcan un puesto de observación. Yo daré a mis tutores las últimas instrucciones; después, me reuniré con ustedes. Bastará con que nos dejen uno de sus faroles, si hace el favor.
—¡Sí, señoría! —el teniente mariscal le dirigió un entusiasta saludo militar y comenzó a reunir a sus hombres. Lo hizo con bastante eficiencia, así que el Adalid supuso que haber participado en tantos desfiles le había servido de algo. Aunque él no habría marchado hacia territorio hostil con una formación tan cerrada.
Mientras los milicianos pasaban a través de la Puerta Furtiva, los fue saludando. Pero en cuanto se marcharon, el Adalid se echó a un lado con tres apresurados pasos, de forma que quedó oculto a la vista de cualquiera que estuviese al otro lado de la puerta. Ilusa lo imitó.
Confort, que siempre había sido el más lento de los dos, se quedó quieto. Incluso cuando sonó el primer disparo, y el segundo, y el tercero, y tras una enorme descarga de ellos, se quedó allí plantado bajo la luz del farol, asombrado y boquiabierto.
Una bala perdida lo derribó al suelo. Soltó un gemido ahogado y murió al instante. Entonces cesó el tiroteo.
Silencio.
El Adalid se metió la mano en el bolsillo de la toga y sacó un pañuelo grande de color blanco y un lingote de plata. Le sorprendió comprobar que le temblaban las manos. Se obligó a mantener la calma. Se inclinó hacia adelante y ondeó el pañuelo desde el borde de la puerta.
Silencio.
Con la otra mano sostuvo en alto el lingote de plata, lo giró a un lado y a otro para que brillara bajo la luz del farol.
Una voz gutural gritó:
—¡Ven p’acá!
El Adalid aguardó uno o dos segundos más, para demostrar que a una persona de su posición no se le podía meter prisa. Después atravesó cautelosamente la Puerta Furtiva, seguido de cerca por Ilusa.
Apenas había avanzado unos pocos pasos cuando tropezó con algo. Miró al suelo. A sus pies yacía el teniente mariscal. Tenía el uniforme cubierto de sangre, y tenía una expresión de asombro en el rostro. Repartidos a su alrededor estaban los cuerpos de sus hombres.
Al Adalid volvieron a temblarle las manos, y sintió una necesidad repentina de soltar una risita nerviosa.
—Parece que estaba equivocado sobre el peligro —le murmuró al cadáver del teniente mariscal —. Confío en que sepa perdonarme.
Oyó un ruido y alzó la mirada a tiempo para ver a una tropa de soldados que avanzaban rápidamente hacia él con antorchas llameantes en la mano. Eran los mismos soldados que describía el libro azul.
Eran una tropa bastante desagradable. Bárbaros sedientos de sangre, todos y cada uno. ¡Mirad esos rostros brutales y sus trajes ancestrales! ¡Sus espadas, picas y mosquetes! Debieron de haber muerto cientos de años atrás. Hasta donde sabía el Adalid estaban muertos... aunque nunca había oído hablar de un fantasma que oliera tan mal como esa panda.
La cuestión más importante era que sus primitivas balas eran de verdad. El Adalid sonrió para sí mismo. Todo estaba saliendo tal y como lo había planeado. Era hora de dar el siguiente paso, antes de que Ilusa cometiera alguna estupidez. El Adalid no quería perderla, aún no. Siempre resultaba útil tener un subordinado prescindible a mano.
Con la mirada fija en los soldados, se restregó una mancha de sangre de Confort de la parte delantera de la toga. Después se irguió tanto como le fue posible y dijo:
—Soy el Adalid de la ciudad de Alhaja. ¡Llevadme ante vuestro oficial al mando!
El museo era presa de un estado de agitación. Goldie pudo sentir que las paredes ejercían una presión furiosa sobre los tablones que les habían clavado, de igual forma que Broo había forcejeado con sus cuerdas. El suelo se agitaba bajo sus pies. Había pilas de cristales rotos por todas partes.
La puerta reservada para el personal se había salido completamente de sus goznes. Goldie pasó por encima de ella y corrió hacia las dependencias traseras. Lo que vio allí la hizo pararse en seco.
La mayoría de las vitrinas de cristal estaban rotas y abiertas de par en par. Aquellas que no estaban rotas parecían a punto de estallar, como un globo hinchado en exceso. En su interior, todo estaba desordenado. Vestidos, esqueletos y armaduras se agitaban y retorcían como si tuvieran vida. Antiguos instrumentos quirúrgicos arañaban el cristal con un sonido que puso a Goldie los pelos de punta.
Broo alzó su inmensa cabeza y comenzó a olfatear. Se le erizó el lomo.
—¡Han traspasado la Puerta Furtiva! —gruñó—. ¡Cómo se ATRRRREVEN!
Se marchó dando un brinco y Goldie salió corriendo detrás de él. Sobre su cabeza, las luces parpadearon. Oyó un estallido que no auguraba nada bueno, procedente de algún punto situado por debajo de ella. A su alrededor, las paredes empujaban y forcejeaban contra los tablones claveteados.
Broo la estaba esperando junto a los límites del descampado. La última vez que Goldie había visto la acequia, apenas tenía uno o dos centímetros de agua pantanosa en el fondo. Pero ahora la corriente discurría por ella a toda velocidad, negra y maloliente, arrasando los bordes y desbordándose en forma de furiosas riadas.
Alguien había improvisado un puente con mesas y expositores rotos. Broo lo atravesó dando zancadas y Goldie lo siguió, tratando de impedir que aquella nauseabunda agua la rozara. Atravesó corriendo el descampado, siguiendo el camino de tablones claveteados. El lodo le impregnaba los pies y unas zarzas se le engancharon a la ropa. Se las quitó de encima desgarrándose el vestido y siguió corriendo.
Los tablones conducían directamente al primer escalón de Monte Harry. Goldie puso la mano sobre la barandilla y...
—¡Detente! —gruñó Broo, que seguía olfateando—. ¡Algo no va bien!
A Goldie se le escapó una risita nerviosa.
—¡Es que nada va bien! —replicó, pero se detuvo de todas maneras y se quedó mirando desconcertada al iracán.
El gruñido de Broo se fue incrementando. Goldie escuchó un ruido que sonaba como un rasguño. Se le erizaron los pelillos de la nuca...
Una rata enorme se arrastraba escaleras abajo hacia ella. Tenía el pelaje sucio y enmarañado, y giraba la cabeza a un lado y a otro como si no pudiera ver bien. Mientras Goldie retrocedía horrorizada, la rata se apeó tambaleándose del primer escalón, se arrastró un poco por el suelo... y cayó.
—¿Qué le ocurre? —dijo Goldie con un hilo de voz.
Broo tenía todo el cuerpo en tensión, producto de la ira.
—La peste. Las salas de la peste se están moviendo.
Tras oír eso, a Goldie se le quitaron las ganas de subir por Monte Harry. Pero no había alternativa. Así pues, lenta y cuidadosamente, con la cabeza gacha y atenta a cualquier peligro, comenzó a ascender por las escaleras.
No había más ratas. Pero Monte Harry estaba más escarpado de lo habitual. Se había convertido en una escalera altísima y estrecha, como si estuviera sacada de una pesadilla. No pasó mucho tiempo antes de que la barandilla desapareciera, y en su lugar quedó una tremenda caída que parecía no tener fin. Goldie comenzó a ascender a gatas, manteniéndose tan cerca del iracán como le fue posible y tratando de no asomarse por el borde.
En una ocasión le pareció escuchar un disparo, así que se detuvo y se encogió contra la pared. Los tablones y los clavos se le clavaron en la espalda. Broo se colocó sobre ella, temblando de rabia.
Ya casi habían llegado a la cumbre cuando Monte Harry comenzó a estremecerse de igual forma que el iracán.
—¡Está intentando moverse! —exclamó Goldie.
Tenía razón. El escalón sobre el que se encontraba se mecía arriba y abajo, como un barco en una tormenta. Los tablones crujían y gemían, pero no se rompieron. Los clavos chirriaron, pero sin llegar a desprenderse.
—¡Deprisa! —gruñó Broo. Subió brincando los últimos escalones y atravesó una puerta de una zancada. Goldie lo siguió.
—¡Mira! —exclamó Goldie, señalando hacia arriba.
Estaban en La Milla de la Dama. Pero los estandartes que solían colgar del techo habían desaparecido. En su lugar había largas cuerdas de cáñamo, y al final de cada cuerda había un nudo corredizo como los que se usan en una horca.
—¡Deprisa! —gruñó Broo—. ¡DEPRRRRISA!
Goldie echó a correr por La Milla de la Dama, agachando la cabeza para esquivar los nudos colgantes, hasta que atravesó la puerta que había al otro lado. Y entonces, a mucha menos distancia de la parte delantera del museo de lo que debía haber estado, se encontraba la Puerta Furtiva. Estaba abierta de par en par, y Morg estaba posada en lo alto. En el suelo, a los pies de la puerta, se encontraba el tutor Confort. Un poco más adelante, apilados como troncos de madera bajo la luz de la luna, estaban los milicianos.
Todos estaban muertos.
Goldie se quedó mirando, afligida, aquellos cuerpos desplomados. Nada la había preparado para eso.
—Espero que no sufrieran —susurró.
Broo gruñó.
—Chsss —susurró Goldie, como si los muertos solo estuvieran dormidos y no quisiera despertarlos.
Broo volvió a gruñir. Morg emitió un chasquido con el pico. Contemplaba el rostro del tutor Confort con ojos hambrientos.
—Sal de ahí, Morg —dijo Goldie—. Déjalo en paz.
El ave carnicera soltó un graznido de decepción y echó a volar hacia la oscuridad. Broo se revolvió, impaciente.
—Estos hombres están muertos —gruñó—, y no podemos devolverlos a la vida. ¡Si queremos salvar a los vivos debemos seguir adelante!
—¡Pero hemos llegado demasiado tarde! —dijo Goldie—. Los soldados ya deben de haber escapado.
—Si hubieran atravesado la Puerta Furtiva —gruñó Broo—, ¿crees que no habría percibido su olor? —negó con su enorme cabeza—. No. Esto no ha sido más que una escaramuza. Aún no se han puesto en marcha. Pero —olfateó el ambiente— está ocurriendo algo en el campamento militar. El Adalid está allí.
—¿Qué está haciendo?
—No lo sé —gruñó Broo—. ¡Pero no me quedaré aquí acobardado como un cachorrito lactante mientras haya una oportunidad de detenerlo!
La llegada del Adalid y la tutora Ilusa al campamento militar provocó cierto revuelo. Uno de los bárbaros desapareció en el interior de una enorme tienda de campaña con aproximadamente una docena de hombres. El Adalid pudo ver sus sombras a través de la lona.
Un momento después, se escucharon unos gritos que parecían corresponder al dialecto antiguo de Merne. Un oficial (a juzgar por la calidad de su casaca) asomó la cabeza a través de la puerta de la tienda y los miró con el ceño fruncido. Después volvió a meterse.
Más gritos. El primer bárbaro volvió a salir a toda prisa.
El Adalid se adelantó, con gesto de suficiencia. Pensó en usar su sonrisa encantadora, pero optó por no hacerlo. Entre gente como esa, una sonrisa podría interpretarse como un signo de debilidad.
—Buen hombre —le dijo al bárbaro. Habló en voz alta para que los ocupantes de la tienda pudieran oírle—. Buen hombre, he venido en una misión. Dígale a su oficial al mando que tengo una propuesta para él. Una propuesta que lo convertirá en un hombre extremadamente rico.
El bárbaro se quedó mirando al Adalid, pero no se movió. Se oyó un murmullo de voces en el interior de la tienda, entonces se abrió la puerta y apareció otro oficial.
No hizo falta que nadie le dijera al Adalid que aquel era el comandante supremo. Bastaba con ver su rostro feroz y perspicaz, su expresión inquebrantable, la posición de firmes que adoptó el soldado bárbaro en cuanto lo vio aparecer.
Ilusa se estaba mordiendo el labio, nerviosa. El Adalid también tenía miedo, pero no era tan tonto como para dejarlo entrever. Por un instante deseó haber traído su espada nueva, en lugar de dejarla escondida en la Casa del Remordimiento. Pero no tardó en recomponerse. Aquel era el momento que había estado esperando, el momento al que le habían estado conduciendo todos sus planes.
Hizo una breve pausa para saborear el gusto del éxito. Después, dio un paso adelante y le tendió la mano al comandante.
—Soy el Adalid de Alhaja —dijo—. Y quiero que usted invada mi ciudad.
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