UN ATISBO DE EXPLICACIÓN
Capitulo XII
UN ATISBO DE EXPLICACIÓN
Capitulo XII
–Pasasteis un mal rato en el Viejo Rasguño, ¿eh? —dijo Sinew cuando se reunieron con él al final de la mañana. Deslizó sus delicados dedos sobre las cuerdas de su arpa—. Entonces Dan tenía razón. Los viejos peligros están despertando. Será mejor que estemos alerta.
En las cuatro horas que habían transcurrido desde que salieron del lago subterráneo, Olga Ciavolga y Flemo habían conducido a Goldie de una sala a otra. Había visto delfines disecados, antiguas casas de muñecas y celdas pequeñas y oscuras con el hedor de la desesperación incrustado en sus muros. Había pasado junto a fosas profundas y ruedas de metal oxidadas tan altas como un edificio de tres plantas. Había contemplado un imponente barco de pesca que yacía de costado como si hubiera encallado en el interior del museo al bajar la marea.
Cada sala tenía un nombre. Intrépida, Niños perdidos, La Tenca. Viejos Pozos Mineros, Tom el Rudo. Y eso era solo el principio. El museo era aún más grande de lo que Goldie habría imaginado.
Parecía no tener fin.
Justo ahora se encontraban en lo alto de una colina llamada La Cocina del Infierno. Estaba cubierta de rocas gigantescas y el ambiente estaba plagado de zumbidos de insectos. Por primera vez desde que Goldie había entrado en el museo no había ni rastro del techo, así que le costaba creer que siguieran en el interior de aquel pequeño edificio de piedra. El cielo parecía extenderse en todas direcciones.
—¿Y qué hay de ese otro asunto? —dijo Sinew—. ¿Qué pasó con Monte Harry? Olga Ciavolga asintió con la cabeza.
—Goldie lo percibió.
Una enorme sonrisa transformó el semblante serio de Sinew. Agarró la mano de Goldie y se la estrechó con ímpetu.
—¡Bien! ¡Excelente! —exclamó. Después, se dio la vuelta de nuevo hacia Olga Ciavolga—. ¿Le has contado el resto?
Goldie aguzó el oído. Las cosas que había visto aquella mañana la habían fascinado, pero no le habían hecho olvidarse de mamá y papá, y de su desesperado deseo por ayudarlos. Desde el desayuno, su impaciencia no había hecho sino aumentar.
«¿Ya está?», pensó. «¿Van a contarme qué es lo que puedo hacer?».
—Estoy esperando a Dan —dijo Olga Ciavolga—. Iba a reunirse con nosotros aquí —miró a su alrededor—. ¿Dónde está Broo? Se marchó corriendo.
—Creo que ha bajado por los túneles —supuso Sinew.
—Bah, Broo es muy rápido. Flemo, llévate a Goldie e id a buscarlo. Me reuniré con vosotros en cuanto llegue Dan.
Goldie no se movió.
—¿Qué hay de mamá y papá?
Sinew titubeó.
—No hay buenas noticias, me temo. Los condenaron ayer. Cuatro años en las mazmorras de la Casa del Remordimiento.
Goldie había contado con ello, pero aun así sintió un escalofrío y le flaquearon las fuerzas, así que tuvo que apoyarse en una de las rocas para no caerse al suelo.
—Creo que podré hacerles llegar un mensaje —prosiguió Sinew—. Lo he hecho otras veces.
Pero mis contactos están actuando con cautela. La bomba ha asustado a todo el mundo.
Goldie apenas le estaba prestando atención.
—Tengo que hacer algo —susurró—. Quizá debería regresar.
—No seas tonta, niña —dijo Olga Ciavolga—. No beneficiará a nadie que te apresen a ti también. Debes tener paciencia —se dio la vuelta hacia Sinew—. ¿Qué has descubierto sobre los artificieros?
—Por lo visto han desaparecido. No conseguí encontrar ni rastro de ellos. Pero volveré a intentarlo mañana...
—¿Y bien? —le dijo Flemo a Goldie al oído—. ¿Te vienes?
Apartó a un lado unos arbustos, revelando una angosta fisura en una de las rocas. Flemo agachó la cabeza y se encogió para pasar a través de ella. Goldie oyó el chasquido de una yesca, y un fino resplandor emergió de entre la oscuridad. Agachó la cabeza ella también y se deslizó a través de la abertura.
Se encontró en una pequeña cueva con un suelo liso de piedra. Había un túnel que se extendía hacia la izquierda, y Flemo había empezado a recorrerlo, con un farol balanceándose en su mano. Por detrás de él, las sombras ya se estaban replegando.
Goldie pensó en mamá y papá. Estarían en un lugar aún más oscuro, en las mazmorras de la Casa del Remordimiento...
Se mordió el labio y apretó el paso para alcanzar a Flemo.
El túnel se extendía a nivel durante un corto trecho; después, hacía una curva y comenzaba a descender. El ambiente era seco y tenía un olor añejo. A la luz del farol, los muros centelleaban como ojos de serpiente.
—¿Dónde estamos? —susurró Goldie.
Flemo no respondió al momento. Pero cuando lo hizo, respondió a una pregunta completamente distinta.
—Es porque eres una ladrona —dijo, girando la cabeza por encima del hombro. Su voz era un poco más amigable de lo habitual, como si la oscuridad también le hubiera afectado.
En ese momento, el suelo del túnel descendió de forma inesperada. Goldie tropezó y extendió la mano para no caerse. El muro de roca le hizo un corte en el dedo.
—¡Ay! —exclamó.
Flemo se detuvo y sostuvo en alto el farol.
—¿Qué ha pasado?
Goldie solo se había hecho un corte una vez antes. Ocurrió cuando tenía seis años, mamá y papá la llevaron corriendo al doctor para que le dieran puntos y la hicieron guardar cama durante un mes. Aquel corte era más grande y más aparatoso, y al ver la sangre que manaba se horrorizó. Pero Flemo soltó un bufido cuando lo vio y siguió descendiendo por el túnel como si no hubiera pasado nada.
—Solo un ladrón puede encontrar su camino a través del museo —dijo, mirando hacia atrás por encima del hombro—. Nadie sabe muy bien por qué. Y solo un ladrón de cada mil se da cuenta cuando Monte Harry cambia de rumbo. Por eso, fuimos allí. Fue una prueba.
Goldie trató de concentrarse en lo que estaba diciendo el muchacho. Pero el dedo había empezado a dolerle y a palpitarle. Puso todo su empeño en pensar en otra cosa. —¿Eso significa que tú también eres un ladrón?
—Sí.
—¿Y qué has robado?
Por un instante, Goldie pensó que Flemo no iba a responder. Entonces le dijo:
—A mí mismo.
Aquello no tenía ningún sentido para Goldie. Sentía como si el dedo le ardiera. Por delante de ella, el túnel seguía descendiendo, hundiéndose en la oscuridad. Los muros de roca, cuando pasaba la mano sobre ellos, estaban afilados como dientes.
Y de repente, de un momento para otro, se sintió furiosa. ¿Qué estaba haciendo allí? Debería estar tratando de ayudar a mamá y a papá, no deambulando por un estúpido túnel y escuchando unas historias estúpidas que no conseguía entender. Olga Ciavolga podía decir misa, ¡pero ya estaba harta de ser paciente!
Se detuvo. Flemo alzó el farolillo de forma que la luz le dio directamente a Goldie en los ojos.
—¿Y ahora qué?
—Quiero volver. Quiero sacar a mamá y a papá de la Casa del Remordimiento.
—No seas idiota. No podrás sacarlos.
Goldie se quedó mirándolo.
—¡Dijiste que sí podría! ¡Por eso me quedé aquí en lugar de irme a Dicho!
—Lo que dije es que quizá podrías ayudar. No me refería a ayudarlos a escapar. Nadie escapa de la Casa del Remordimiento, no hasta que termina su sentencia. Deberías saberlo. Sigamos, ¡deja de perder el tiempo!
Goldie negó con la cabeza, exasperada.
—¡Tú no lo entiendes! ¡Ninguno lo entendéis! No son tus padres los que están encerrados. Si fuera así, querrías hacer algo al respecto. ¡No te pasarías el día deambulando por aquí sin hacer nada de provecho!
Flemo se puso tenso.
—¡No sabes nada! —le espetó. Después encorvó los hombros y empezó a descender por el túnel tan deprisa que Goldie tendría que echar a correr para alcanzarlo o arriesgarse a quedarse sola en medio de una oscuridad total.
El suelo se había vuelto todavía más escarpado. El camino se tornó más angosto. De vez en cuando aparecía un agujero oscuro donde un nuevo túnel se desviaba del principal. Flemo seguía caminando por delante de Goldie, con cara de pocos amigos.
«Está enfurruñado», pensó Goldie. «Pero es porque sabe que tengo razón. Tengo razón. ¡Debería estar haciendo algo! ¡Él me dijo que podría! ¡De lo contrario no me habría quedado!».
Al pensar en eso, se puso todavía más furiosa. Porque si no hubiera sido por Flemo, lo más probable es que ahora estuviera en Dicho con los parientes de mamá, y no desangrándose en ese estúpido túnel.
Los muros centelleantes parecían devolverle un reflejo de su ira. Lo único en lo que podía pensar era en que Sinew, Olga Ciavolga y Herro Dan la estaban reteniendo allí contra su voluntad. Estaba furiosa con ellos. Y también estaba furiosa con Flemo, por hacerle creer que podría rescatar a mamá y a papá cuando en realidad no era así.
Como si hubiera escuchado sus pensamientos, Flemo se detuvo de repente. Ya no estaba enfurruñado. Estaba sonriente.
—Ahora te toca guiar a ti —dijo.
Goldie estaba tan enfadada que no se paró a pensar en aquella extraña sonrisa. Le arrebató el farolillo de la mano. Frente a ella se elevaba un enorme peñasco. Procedió a rodearlo. Al otro lado estaba el iracán.
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