UNOS DOCUMENTOS SIN IMPORTANCIA
Capitulo IV
UNOS DOCUMENTOS SIN IMPORTANCIA
Capitulo IV
La Protectora cruzó con paso renqueante la rampa de desembarco del acuabús oficial. Le dolían los callos de los pies y se sentía cansada y apesadumbrada. Había sido un día horrible.
Su plan original consistía en salir del Gran Auditorio en cuanto concluyera la ceremonia de separación y hacer una ruta por los diques que protegían Alhaja del mar. Según el maestro de diques, necesitaban una reparación urgente.
Pero en lugar de eso, había convocado a la milicia para buscar a quienquiera que hubiera activado la bomba. Había acudido a la destrozada oficina del Adalid para hablar con los testigos.
Había visitado a los padres de la niña fallecida y a los niños que habían sobrevivido a la explosión.
Y ahora se topaba con el desagradable asunto de la niña fugada... y de los tutores residentes.
Se enjugó el sudor de los ojos y negó con la cabeza. ¡Una fuga! ¡Nada más conocer la noticia de la bomba! La ciudad entera se había visto presa de la conmoción.
Ella también se sentía conmocionada, pero por una razón distinta. Lamentaba haberse marchado del auditorio de forma tan apresurada. Debió haber imaginado que el Adalid aprovecharía la oportunidad para sembrar cizaña entre la gente.
¡Más tutores sagrados, decía! La Protectora quería reducir el dominio que tenían sobre la ciudad, no incrementarlo. Tenía planeado reducir su número a la mitad, una vez que se asentara la nueva edad de separación.
Esbozó una mueca. Sí, aquel plan estaba muerto, y pasaría mucho tiempo antes de que pudiera resucitarlo.
Ascendió con paso lento y renqueante por los escalones del muelle que conducían al puente de las Bestias. Era el puente más antiguo de Alhaja, y sus pasarelas metálicas estaban forjadas con la forma de majaretos, gatociosos, tragaldabas, zopenquios, iracanes y aves carniceras. Mientras pasaba a su lado, tuvo la impresión de que sus músculos se tensaban y se ponían rígidos, como si fueran a cobrar vida de un momento a otro.
A pesar del cansancio, la Protectora se detuvo en mitad del puente. Cuando sus ancestros llegaron a aquel lugar desde Merne, estas extrañas criaturas campaban a sus anchas por la península. Ya no existían, claro, se habían extinguido hacía tanto tiempo que la mayoría de la gente pensaba que nunca habían existido. Pero existieron, allá en los primeros días de Coz. La Protectora no albergaba la menor duda.
De hecho, había unas cuantas cosas para las que la Protectora no albergaba ninguna duda...
Aquello le recordó que debía decirle algo al Adalid. Algo importante.
Apenas había un corto paseo desde el puente de las Bestias hasta el Protectorado. El teniente mariscal de la milicia la estaba esperando en lo alto de los escalones. Se apresuró a abrirle la puerta, con una compungida expresión de remordimiento.
—Excelencia —dijo—. Las tijeras, excelencia. ¿Cómo puedo disculparme?
La Protectora tenía un carácter más aprensivo de lo habitual por culpa de los dolorosos callos.
—Una niña ha desaparecido por culpa de su descuido —le espetó.
—Lo siento, excelencia. Haré lo que sea por enmendarlo. Si pudiera unirme a la partida de búsqueda...
—No cuente con ello.
—Por favor, excelencia...
—¡Silencio! Tiene suerte de seguir en la milicia. Que conserve su puesto durante más tiempo o no es otra cuestión. Y ahora, tengo un mensaje para el Adalid. ¿Puedo confiar en que se lo transmita sin poner en peligro las vidas de más niños?
—¡Pero si el Adalid está aquí, excelencia! La lleva esperando desde hace al menos media hora.
El teniente mariscal se adelantó a la Protectora y se apresuró a abrirle la puerta de su despacho. Efectivamente, allí se encontraba el Adalid, sentado en una de las sillas dispuestas para las visitas. Se había cambiado de ropa y se había limpiado el polvo y las cenizas. Había recobrado su aspecto inmaculado de siempre, aparte del vendaje que le cubría la frente.
—Excelencia —dijo, mientras se ponía en pie con dificultad y le dirigía una reverencia—, que la bendición caiga sobre usted.
La Protectora hizo marchar al teniente mariscal. Después cerró la puerta y se apoyó contra ella. Se forzó a sonreír.
—Hola, hermanito —dijo.
Apenas habría media docena de personas en Alhaja que supieran que su señoría el Adalid y su excelencia la Protectora eran hermanos. A los dos les convenía que siguiera siendo así. Nunca se habían gustado, ni siquiera de niños.
La Protectora rodeó cojeando su escritorio en dirección a su silla.
—¿Alguna noticia de la niña?
—Ninguna —dijo su hermano, que volvió a sentarse soltando un gruñido—. Pero la encontraremos. Mis tutores están entrenados para situaciones como esta. Al contrario que tu supuesta milicia, que no parece estar entrenada para nada. ¿Sabías que la niña estaba plantada al lado de uno de ellos? ¿Y que le quitó las tijeras del bolsillo? ¡Es inconcebible! Si hubiera sido uno de mis hombres lo habría llevado ante una corte marcial.
El Adalid estaba versado en el ancestral arte del manejo de la espada, y la Protectora tenía a menudo la sensación de que sus conversaciones con él eran como participar en un duelo. Pero hoy estaba decidida a ignorar sus impertinencias.
—¿Por qué diantres se habrá escapado esa niña? —preguntó—. Debe de ser la primera en más de cincuenta años.
Una expresión fugaz recorrió el rostro del Adalid.
—En realidad... la segunda.
—¿Cómo?
—Un niño, el año pasado. Desapareció por la noche. Sus padres pensaron que se lo habrían llevado los esclavistas, pero entonces encontraron una nota. Se había fugado de casa.
La Protectora no se podía creer lo que estaba oyendo. Conocía los casos de varios niños que habían desaparecido después de la separación. ¿Pero antes?
—¿No tenía su cadena de custodia?
—Según sus padres, la tenía. Aseguraron que debió de haber forzado la cerradura de alguna manera. Pero nosotros estamos convencidos de que lo dejaron desencadenado. A veces ocurre, pero normalmente nos percatamos antes de que ocurra una desgracia.
—¿Por qué no se me informó de esto en su momento?
—Nadie fue informado. Imagínate que corriera el rumor de que hay niños desencadenados por la noche. Los esclavistas se lanzarían sobre nosotros como lobos. Por esa razón lo mantuvimos en secreto.
—¡Aun así debería haber sido informada!
—¿Eso piensas, hermana? —el Adalid se pasó una mano por la barbilla—. Fue un caso evidente de herejía. No vi necesidad de informarte. Después de todo, tú no me informarías si las cuentas del tesoro no cuadrasen...
La Protectora trató de ignorar la ira que estaba creciendo en su interior.
—¿Buscasteis al muchacho?
—Por supuesto. Lo buscamos por todas partes, día y noche durante una semana. Pero no había rastro de él. Ya llevará muerto mucho tiempo. Probablemente, ahogado.
—¿Y su familia?
—Tenían otro hijo más pequeño, una niña. La mandamos a Supervisión, y la corte de los Siete Benditos condenó a los padres a tres años en la Casa del Remordimiento y les confiscaron todas sus pertenencias.
—Querrás decir que tú los condenaste.
—Es cierto que la corte me ha elegido como su portavoz —dijo el Adalid, con diplomacia—. Y me siento muy honrado por ello.
—Tres años de encarcelamiento, la confiscación de sus pertenencias, su hija en Supervisión...
¡Me parece un castigo muy severo para unas personas que acaban de perder a su hijo!
—Quebrantaron la ley.
—No creo que... —comenzó a decir la Protectora. Pero se contuvo. Lo cierto es que no le apetecía iniciar una disputa abierta con su hermano, y menos aún ese día—. ¿Qué estás haciendo aquí?
El Adalid se sacó un puñado de papeles de la chaqueta y los dejó sobre el escritorio.
—He traído unos cuantos documentos sin importancia que necesitan tu firma.
La Protectora se colocó los anteojos, cogió el papel que estaba en la parte superior y frunció el ceño.
—¿Sin importancia? Esto es para aprobar la asignación de los nuevos tutores residentes. ¡Te has dado mucha prisa en sacar a colación el acuerdo!
El Adalid se encogió de hombros.
—La gente ha insistido mucho...
—No me tomes por tonta, hermano. Siempre se te ha dado bien manejar a la gente.
—Me halagas, hermana. Pero no puedes negar que estamos en una situación desesperada. Y la gente tiene miedo.
La Protectora titubeó. Por una vez su hermano tenía razón. Era una situación desesperada. Más desesperada de lo que habría pensado. Y efectivamente, la gente tenía miedo.
Con un suspiro, mojó la pluma en el tintero, firmó el primero de los documentos y pasó al siguiente. Se quedó sorprendida, y lo leyó dos veces por si acaso lo había comprendido mal.
—Según esto —dijo, lentamente—, ¡estos tutores sagrados tuyos estarán en sus puestos esta misma noche! ¡Pensé que llevaría al menos un mes!
—Hay criminales peligrosos sueltos por la ciudad. Ellos no se quedarán esperando un mes —el Adalid se frotó la frente vendada con la mano, como si le doliera la herida—. Además, los nuevos tutores podrán colaborar en la búsqueda de la niña. Lo más probable es que intente esconderse en algún edificio cuando caiga la noche. De este modo, la estaremos esperando.
—¿Pero qué pasa con su adiestramiento?
—Puede que a ti no te importe esperar a una emergencia antes de entrenar a tus nuevos milicianos, hermana. Pero yo no puedo permitirme ser tan complaciente. Siempre estamos adiestrando nuevos tutores, por si acaso. Y ahora firma el documento, si haces el favor.
La Protectora se dio unos golpecitos con la pluma en la mejilla. Firmaría. Pero antes debía decirle algo a su hermano. ¿Qué era? Ah, sí.
—El Museo de Coz —dijo—. ¿Lo conoces?
El Adalid arrugó su seductora frente.
—He oído hablar de él. Es un pequeño edificio sin demasiada importancia. Creo que está al otro lado de la colina del Viejo Arsenal, según se va desde mi oficina. ¿Qué pasa con él? —El museo no necesita ningún tutor residente. Queda exento.
—Pero...
—En el Museo de Coz, no.
Al oír eso, algo pareció cambiar en el rostro del Adalid, y por un instante pareció tan punzante y peligroso como una cuchilla afilada. Después, inclinó la cabeza y aquella expresión amenazante desapareció tan por completo que la Protectora pensó que se la había imaginado.
—Estoy seguro de que tendrás excelentes razones para hacer una excepción así, hermana. ¿Puedo preguntarte cuáles son?
La Protectora titubeó. Aparte de ella, los únicos que conocían la verdad sobre el Museo de Coz eran los guardianes del museo. No había ninguna ley que le impidiera contársela al Adalid. Pero no era la clase de información que quería confiarle.
Así que se limitó a encogerse de hombros y dijo:
—Es tradición dejar que el museo se las arregle con sus propios recursos.
—¿Y cuándo comenzó esa tradición?
La Protectora señaló con un gesto hacia sus estanterías, donde había abarrotados documentos desde los primeros tiempos de Coz.
—La verdad es que no me acuerdo. Seguro que habrá una explicación aquí en alguna parte.
Entonces, antes de que su hermano pudiera hacer más preguntas, garabateó su firma en el documento y lo deslizó hacia él.
El Adalid hizo una reverencia.
—Gracias por tu tiempo, excelencia. Siempre es un placer conversar contigo. Que la bendición caiga sobre ti.
Mostró su reluciente dentadura con una sonrisa falsa. Después, se marchó.
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