GÉRMENES CANINOS
Capitulo X
El Adalid estaba sonriente. Tenía una sonrisa especialmente cautivadora que empleaba cada vez que quería convencer a alguien de que hiciera algo que no debiera.
Ahora la estaba usando con el teniente mariscal de la milicia.
—Permítame felicitarlo, señor —dijo—, por su excelente trabajo en la búsqueda de los artificieros que nos arrebataron la vida de uno de nuestros niños. Los humildes ciudadanos de Alhaja le estamos agradecidos por su compromiso con el deber.
El teniente mariscal se ruborizó y se quedó mirando al suelo de la oficina temporal del Adalid.
—Me... me temo, su señoría, que no he tomado parte en la búsqueda.
—¿Nooo? —el Adalid enarcó las cejas—. ¡Habría jurado que se convocaría a nuestros hombres más valiosos en unas circunstancias tan desesperadas!
—La Protectora... ya no confía en mí, su señoría. A causa de la niña fugada. Y de las tijeras. Al parecer hay muchas probabilidades de que... —se mordió el labio—, de que me juzguen en una corte marcial. Por lo visto mi carrera está... —no fue capaz de concluir la frase.
—No puedo creer que la Protectora le culpe de lo ocurrido...
—Sí me culpa, su señoría. Y hace bien. Fue un fallo por mi parte...
—¿Cómo puede decir eso? —exclamó el Adalid— ¿Acaso está usted a cargo de los niños de la ciudad? ¿Puede esperarse que usted, como miembro del ejército, ejerza como niñero? ¡Ni hablar! ¡Si hay que culpar a alguien, es a mí! Debí haber previsto que pudiera ocurrir algo así. Debí haber estado más atento.
—Es muy amable por su parte, señoría, pero...
—¡Pero es cierto! ¿Cuándo se celebrará esa corte marcial? Acudiré a declarar a su favor.
El teniente mariscal levantó la mirada, con el rostro inundado por una inesperada esperanza.
—¿Lo haría, su señoría? ¡Eso podría cambiar las cosas!
—Delo por hecho —dijo el Adalid, ondeando una mano—. La ciudad no puede permitirse perder a un hombre tan valioso.
—¡No sé cómo agradecérselo, señoría! Si alguna vez hay algo que pueda hacer para compensárselo...
—No hace falta, no hace falta. Para mí será un placer...
El Adalid se interrumpió, como si se le acabara de ocurrir algo.
—Aunque, ahora que lo pienso —dijo, mientras adoptaba una expresión pensativa—, sí que hay algo que puede hacer. Un hombre de mi posición no tiene facilidad para encontrar a alguien con quien hablar. Un hombre inteligente que no vaya transmitiendo mis pensamientos por ahí...
—Puede contarme lo que quiera, señoría —afirmó el teniente mariscal—. Soy una tumba.
—¿De verdad? Bien, en ese caso...
El Adalid deslizó el dedo por el borde de su escritorio, dejando que el momento se alargara.
—Su excelencia, la Protectora —dijo al fin—, está haciendo una labor excelente al frente de la ciudad.
—¡Así es, señoría! Siento mucho respeto hacia ella.
—Pero a veces, me temo que... —el Adalid se interrumpió y negó con la cabeza—. No, no debería decirlo. Seguro que no es nada. Seguro que su juicio sigue siendo tan bueno como siempre...
Volvió a interrumpirse. El teniente mariscal lo miró con curiosidad. El Adalid suspiró para sus adentros. Al parecer iba a tener que explicárselo como si fuera tonto.
—La cuestión es —dijo—, que no creo que la Protectora entienda el peligro en que puede estar inmersa la ciudad. Algunos milicianos han salido en busca de los artificieros, es cierto. Pero ¿qué está haciendo el resto? Abrir puertas. Formar una guardia de honor. Ayudar a las ancianitas a cruzar la calle.
El teniente mariscal asentía, dubitativo.
—Su excelencia piensa que es importante mantener la mayor normalidad posible. Para tranquilizar a la gente...
—¡No es tiempo de normalidad! —exclamó el Adalid, que dio un repentino puñetazo sobre el escritorio—. ¡Olvídese de los guardias de honor! ¡Puede que el día en que los Siete Dioses requieran de verdad nuestros servicios esté más cerca de lo que piensa! ¡La clase de servicio con el que usted y sus hombres regresarán al hogar cubiertos de gloria y riquezas, con las multitudes coreando sus nombres de una punta a otra de la ciudad!
Llegados a ese punto, el teniente mariscal tenía los ojos tan desorbitados como los de un bebé. Se lamió los labios. Abrió la boca para decir algo.
El Adalid alzó una mano. Volvió a esbozar su sonrisa cautivadora, con la sutileza propia de un prestidigitador. Se levantó y rodeó el escritorio.
—Por supuesto, tenemos la esperanza de que ese día no llegue nunca —dijo, colocando una mano sobre el hombro del teniente mariscal—. Después de todo, a pesar de la explosión de ayer, seguimos en paz, ¡y que así sea durante mucho tiempo! Pero si resultara ser una grave amenaza para la ciudad... —forzó su sonrisa un poco más—, entonces necesitaré rodearme de personas en las que pueda confiar.
Dicho esto, acompañó al teniente mariscal hasta la puerta.
—Venga a verme de nuevo cuando haya pensado en todo esto —dijo—. Tómese su tiempo. No hay prisa.
Se dirigió de nuevo hacia su escritorio, tarareando con satisfacción. Aquel miliciano era un necio, como todos los subordinados de su hermana. Pero también tenía ambición. Y no había nada más útil que un necio ambicioso.
Goldie estaba mojada, sentía frío y tenía todo el cuerpo dolorido. Estaba tumbada e inmóvil, tratando de recordar lo que había ocurrido.
Oyó la voz del chico, que hablaba desde algún lugar cercano.
—¡Podrían haberla matado! ¿Por qué no se apartó?
—Tú eras igual cuando llegaste aquí —dijo alguien con una voz grave y cavernosa—. Eras incapaz de cuidar de ti mismo. Esperabas que alguien viniera a rescatarte.
—¡Nunca he sido tan estúpido!
—Recuerdo la época en que tú...
Goldie movió la pierna y sus sandalias chapotearon en el lodo.
—¡Chsss! —dijo el chico—. ¡Creo que se ha despertado!
Oyó ruidos de pisadas y movimientos. Después la voz de Sinew, que dijo:
—¡Por todos los cerdos silbadores! ¿Qué ha ocurrido, Flemo? ¿Está herida?
Lentamente, Goldie abrió los ojos. Estaba tumbada debajo del árbol en mitad del descampado, Sinew y el chico estaban agachados a su lado. No había ni rastro de la persona de la voz cavernosa.
—¿Te encuentras bien? —dijo Sinew, visiblemente preocupado—. ¿Te has roto algo? Goldie movió los brazos y las piernas cuidadosamente.
—Creo... creo que no —dijo.
Sinew la ayudó a incorporarse; después, se quitó la casaca y se la puso sobre los hombros. Miró con severidad al chico.
—Flemo, pensaba que habíamos dicho que cuidaras de ella.
—Estaba perfectamente cuando la dejé —protestó Flemo—. ¡Después el Tiburón apareció rugiendo de la nada y ella no tuvo el sentido común de apartarse!
A pesar de la casaca de Sinew, Goldie había empezado a temblar con tanta violencia que apenas era capaz de hablar.
—Era un ca... carruaje —dijo—, no un ti... tiburón. ¡Y había un i... i... i... iracán! ¡Un i... iracán vivito y coleando! ¡Y trató de ma... matarme!
—No es un tiburón —dijo Flemo—. Es el Tiburón.
—Así se llama el carruaje de Herro Dan —dijo Sinew—. Pero no es propio de Dan conducir con tanta temeridad.
—Es que no iba conduciendo —dijo Flemo—. No había nadie en el interior. Sinew enarcó una ceja, sobresaltado.
—¿Estás seguro?
—No estoy ciego, Sinew. ¡El Tiburón salió disparado por su propia voluntad!
Goldie se quedó mirándolos con incredulidad.
—¿Es que no me habéis oído? ¡Os digo que había un iracán!
Antes de que pudieran responderle, se levantó una ráfaga de aire y Olga Ciavolga y Herro Dan llegaron corriendo a través del descampado. Entre ellos, para el asombro de Goldie, iba trotando un perro. Un perrillo blanco con una oreja negra y una cola rizada que ondeaba sobre sus cuartos traseros como si fuera una bandera.
Era la primera vez que Goldie veía un perro de verdad. Los perros transmitían enfermedades, y a menudo se volvían locos y mordían a la gente. No había vuelto a haber un solo perro en Alhaja desde hacía más de doscientos años.
Flemo debió de darse cuenta de la cara que había puesto, porque frunció el ceño y dijo:
—Ese es Broo. Te salvó la vida. Deberías estarle agradecida.
Goldie se quedó mirándolo desconcertada.
—Fue él quien te lanzó a la acequia —dijo Flemo—. ¡Te habías quedado quieta como un pasmarote! El Tiburón te habría arrollado.
Goldie fue incapaz de comprender lo que decía el muchacho. Negó con la cabeza, confusa y enfadada.
—Fue el iracán el que me lanzó a la acequia. Y no estaba intentando salvarme. ¡Estaba intentando matarme!
Sinew carraspeó.
—Las sombras son densas en esta parte del museo, y la luz es incierta. El ruido y los faros no habrán hecho sino empeorar las cosas. Así, es fácil que un perrillo pudiera parecer monstruoso.
—¡No! —dijo Goldie—. ¡Eso no es lo que ocurrió!
Pero cuando miró a su alrededor, tratando de recordar el momento en que esa... esa cosa había emergido de entre los arbustos, se dio cuenta de que se estaba convirtiendo en un recuerdo difuso.
Las sombras eran densas. La luz era incierta. ¿Podría haberse tratado de un perrillo? No.
No lo sé.
... Tal vez.
Olga Ciavolga se agachó y le acarició la cabeza a Broo.
—Eres un buen chico —tenía un ligero acento, como si hubiera nacido en algún lugar que no fuera la Península de Allende—. Esta noche tendrás una ración extra de huesos.
El perrillo se revolvió de gusto y meneó la cola.
—Pero ¿qué es lo que ha ocurrido con el Tiburón? —Herro Dan estaba preocupado. Se agachó al lado de Goldie—. ¿Es cierto, chiquilla? ¿Mi carruaje ha estado a punto de arrollarte?
Goldie asintió.
—Santo cielo, lo siento —dijo el anciano.
—Bah, ¿de qué serviría sentirlo si la hubiera atropellado? —murmuró Olga Ciavolga.
—No habría permitido que ocurriera por nada del mundo —le dijo Herro Dan a Goldie—. Es la primera vez que el viejo Tiburón se marcha por su cuenta.
—¿Y por qué ahora? —dijo Sinew.
—Supongo que es por el conflicto —dijo Herro Dan, que volvió a ponerse en pie—. Está alterando las cosas. Viejos peligros. Y nuevos también, por lo que parece. Será mejor que estemos en guardia, todos sin excepción.
—¡Deberías haber oído el claxon del Tiburón! —dijo Flemo—. Aullaba como un bebé perdido.
—¡Y perdidos estaremos —dijo Olga Ciavolga, incisiva— si no hacemos otra cosa que estar en guardia!
Herro Dan asintió.
—Sinew, vuelve mañana a la ciudad. Habla con todo aquel que conozcas. Haz preguntas. La bomba; empieza con eso, tiene que ser parte del...
A Goldie empezó a palpitarle la cabeza y sentía como si el agua de la acequia se le hubiera filtrado hasta los huesos. Se sorbió la nariz, sintiéndose desdichada. Todo el mundo parecía haberse olvidado de ella. Puede que hubieran decidido que no iba a serles de utilidad después de todo. ¡Ojalá mamá y papá estuvieran allí! Una lágrima le corrió por la mejilla al pensar en ellos.
El perrillo se quedó mirándola con la cabeza ladeada y ondeando su cola rizada. Tenía una expresión compasiva en sus ojillos negros, como si supiera exactamente cómo se sentía Goldie.
Goldie trató de convencerse de que no debía tenerle miedo. Estaba cubierta de barro y agua sucia, y lo más probable es que hubiera contraído el tétanos o la fiebre púrpura. Y mamá y papá iban a acabar en la cárcel por su culpa.
«Unos cuantos gérmenes caninos no pueden empeorar más las cosas».
Alargó la mano y el perrillo se la olisqueó. Con cautela, le acarició la oreja. Era más suave y calentita de lo que esperaba.
—Broo —susurró, probando a decir su nombre en voz alta.
El perrillo meneó la cola con tanta fuerza que todo su cuerpo se bamboleó por efecto de ello. Entonces, antes de que Goldie pudiera detenerlo, saltó sobre su regazo, le colocó las patas sobre los hombros y empezó a lamerle la cara con su lengua, caliente y colorada.
Goldie cerró los ojos y trató de no pensar que había estado a punto de morir, mientras esperaba a que alguien viniera a salvarla.
Se estremeció. «No volveré a hacerlo», pensó. «La próxima vez me salvaré yo solita».
—Entonces, ¿los tutores sagrados encontraron algo en nuestros registros para satisfacer su curiosidad? —dijo Olga Ciavolga.
La noche estaba avanzada y los tres guardianes estaban realizando sus rondas.
—Polvo. Carpas plateadas. Una o dos cucarachas... —dijo Sinew, que llevaba su arpa al hombro —. Nada útil. Ya se han marchado. Dudo que regresen.
Bostezó. Olga Ciavolga lo miró.
—Deberías estar durmiendo —dijo—, como los niños.
—Tiene razón, Sinew —dijo Herro Dan—. Mañana tienes mucho que hacer. No será fácil seguir la pista de esos artificieros.
Sinew esbozó una sonrisa débil, pero no dijo nada. Los tres siguieron caminando, a través de un largo pasillo con estatuas de mármol.
—Tal vez fuera un error —dijo Sinew, cuando iban por la mitad del pasillo— traer a Goldie en unos tiempos como estos.
—Bah, no fue un error —dijo Olga Ciavolga—. ¿Adónde habría ido si no?
—Es muy peligroso para una niña —dijo Sinew—. Ya es bastante malo que Flemo esté aquí. Lo enviaría a su casa si pudiera.
—Sabes tan bien como yo —le dijo Olga Ciavolga con severidad— que si no encontramos la fuente de este conflicto y le ponemos fin, tanto Goldie como Flemo correrán peligro estén donde estén. Ningún habitante de la ciudad estará a salvo.
—Pero no...
Olga Ciavolga le puso una mano en el brazo. Su expresión se suavizó.
—A Broo le gusta, y eso cuenta mucho. Mañana la llevaré a Monte Harry y dejaré que el museo la ponga a prueba.
—Entonces le contaremos por qué la hemos traído aquí —dijo Herro Dan—, y dejaremos el resto en sus manos.
—¡Pues claro! —dijo Olga Ciavolga—. ¿Es que pensabas que iba a obligarla? ¿Es que ahora soy una tutora sagrada?
—¡Ja! —dijo Herro Dan—. ¿Tú, una tutora sagrada? ¡Eso sí que me gustaría verlo!
—¿Crees que no se me daría bien? —Olga Ciavolga lo miró con el ceño fruncido, pero le temblaban los labios como si estuviera tratando de reprimir una sonrisa.
—Debo admitir que sabrías cómo ponerles firmes...
Entonces rompió a reír. Los faroles de acuagás de las paredes titilaron de repente como si necesitaran que les cambiaran las mechas. El museo se movió. Las estatuas desaparecieron; en su lugar aparecieron filas y filas de cañones antiguos, con sus bocas negras echando humo como si acabaran de dispararlos.
Herro Dan y Olga Ciavolga intercambiaron una mirada.
—Esto no me gusta —murmuró Herro Dan—. ¡No me gusta un pelo!
Sinew no dijo nada. Se descolgó el arpa del hombro y comenzó a deslizar los dedos por las cuerdas. Después, se acuclilló entre dos de los cañones y comenzó a tocar con una sombría determinación, como si las vidas de Goldie y Flemo y de todos los demás habitantes de la ciudad dependieran de él.
Y en realidad, así era.
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