FUGITIVOS
Capitulo XXII
FUGITIVOS
Capitulo XXII
Goldie se arrodilló en el suelo junto al enorme cuerpo del iracán. Flemo y Sinew se agacharon a su lado. A su alrededor, la gente profería gritos de asombro y de alivio. Los tutores sagrados y los gacetilleros palmearon al Adalid en la espalda. Los milicianos se apresuraron a recuperar sus rifles y su dignidad.
Goldie apenas se fijó en ellos. Las lágrimas fluían por su rostro y se mezclaban con la sangre que se acumulaba en torno a la cabeza del iracán. Acarició la oreja de Broo con una mano temblorosa. Sentía un vacío en el pecho, como si le hubieran arrancado de su interior algo grande e importante. El eco del disparo seguía resonando por todo su ser.
—Solo estaba intentando protegernos —susurró Flemo. Levantó la cabeza para mirar a Sinew, las lágrimas formaban un torrente sobre sus mejillas—. ¿Por qué han tenido que dispararle?
Sinew negó con la cabeza, impotente. Levantó una de las enormes pezuñas y la sostuvo entre sus manos. En el suelo, a su lado, su arpa emitió un sollozo.
Goldie apoyó la mano sobre el cuello de Broo. Ahora le asombraba pensar que había tenido miedo de él cuando lo conoció. Flemo tenía razón. Lo único que siempre había querido era protegerlos.
Una de las personas que estaba de pie, cerca de Goldie, dijo:
—¡Señoría! ¡Mire! ¡Hay niños aquí! ¡Y no están encadenados!
Al principio, Goldie no comprendió de qué estaba hablando. Pero cuando levantó la mirada, había un círculo de rostros que la observaban con gesto de asombro, a ella y a Flemo. El Adalid estaba negando con la cabeza, lamentándose.
—Damas y caballeros —dijo—, esto es lo que pasa cuando no se protege a los niños como es debido. Miren los arañazos que tienen en los brazos y en las piernas. ¿Cómo ha podido ocurrir esto? ¿Cómo es posible que estuvieran aquí, sin cadenas ni vigilancia? —hizo una pausa—. Yo se lo diré. Esta de aquí —señaló con un dedo inmaculado a Goldie—, ¡esta es la niña que se escapó del Gran Auditorio el día de la explosión!
Un murmullo de asombro se extendió entre los expectantes gacetilleros. Se pusieron a escribir como locos en sus cuadernos. Goldie se quedó mirando sus propias manos. ¿Qué importaba que se hubiera escapado? ¿Qué importaba todo lo demás? ¿Es que no entendían que Broo estaba muerto?
—¡Tutora Ilusa! —exclamó el Adalid—. ¿Está aquí?
Dándose aires de grandeza, la tutora Ilusa se abrió camino entre el círculo de gente, seguida de cerca por otro tutor, un hombre bajo, fornido y con el rostro colorado al que Goldie nunca había visto antes.
—¡Ay, no! —gimió Flemo.
—Tutor Virtud —dijo el Adalid al tipo fornido—. ¿Es este el muchacho?
—Así es, su señoría —dijo el tutor Virtud, que miraba con avidez a Flemo—. También es un fugitivo, su nombre es Precavido Hahn. Sus padres están cumpliendo condena en la Casa del Remordimiento.
«¿Precavido?». Goldie se quedó mirando a Flemo, patidifusa. El muchacho tenía la mirada clavada en el suelo, con una expresión de abatimiento y enfado en el rostro.
—¡Santo cielo! —dijo el tutor Virtud, y la nuez de su cuello se agitó con entusiasmo—. ¡Cuesta mirar al muchacho en este estado! ¡Está hecho un desastre! Está infectado con la fiebre púrpura, no hay duda, y solo el Gran Fetiche sabe con qué más. ¡Es un riesgo para sí mismo y para todos los que lo rodean!
Flemo levantó de golpe la cabeza.
—¡El riesgo no lo suponemos nosotros! —lanzó una mirada furiosa al tutor Virtud y al Adalid—.
¡Sois vosotros! ¡Vosotros sois unos asesinos! ¡Y si no dejáis en paz al museo, habrá cosas peores en Alhaja que la fiebre púrpura!
El Adalid no pareció escucharle.
—Aquí tenemos a estos dos niños —dijo a viva voz—. Ambos criminales. Ambos, obviamente, afectados de un trastorno mental...
—¡No estamos trastornados! —exclamó Goldie—. Estamos intentando advertirles de que...
En ese momento, bajo su mano, algo se movió. Goldie apartó la mano sobresaltada. Broo levantó ligeramente la cabeza del suelo... y después volvió a dejarla caer.
A Goldie le pegó un vuelco el corazón.
—¡Está vivo! —susurró. Al menos, su intención era susurrar, pero a causa de su entusiasmo lo dijo a voz en grito—. ¡Sinew! ¡Flemo! ¡Está vivo!
Siguió un instante de silencio horrorizado... y entonces la estancia se convirtió en un alboroto. Los gacetilleros y los tutores sagrados se pisaron unos a otros en su intento por huir. Los milicianos se dieron instrucciones a voces.
—¡La bestia está viva!
—¡Acabad con ella, deprisa! ¡No corráis ningún riesgo!
—¡Metedle una bala en la cabeza!
Flemo se lanzó sobre el cuerpo de Broo.
—¡Dejadlo en paz! —gritó—. ¡Si le tocáis un pelo os mataré!
—Que alguien aparte de en medio a ese niño —bramó el teniente mariscal.
Flemo se resistió y forcejeó, pero los milicianos lo cogieron en volandas como si fuera un bebé.
También cogieron a Goldie y la alejaron del cuerpo del iracán.
No les resultó tan sencillo mover a Sinew, que se había colocado a horcajadas frente a Broo.
—¡Este es el último iracán vivo! —exclamó—. Si lo matáis, desencadenaréis unas fuerzas terribles. Condenaréis a muerte a la ciudad y a todos los que habitan en ella.
El Adalid echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada.
—¿El último iracán vivo? En ese caso no nos limitaremos a matarlo, ¡lo mandaremos disecar y lo expondremos en el Gran Auditorio!
Goldie sintió una intensa oleada de furia en su interior.
—¡Te odio! —le espetó, apretando los dientes—. ¡Te odio!
El Adalid se rio de nuevo. Los milicianos empuñaron sus rifles y apuntaron a Broo. Goldie cerró los ojos con fuerza, incapaz de seguir mirando.
Pero antes de que los milicianos pudieran disparar, el aire se estremeció. Los tablones del suelo se sacudieron. Goldie abrió los ojos. Los faroles de acuagás titilaban como locos, y por un instante Goldie pensó que iban a apagarse todos de golpe. Pero lenta, muy lentamente, comenzaron a recuperar su resplandor.
«¡Bien!», pensó Goldie. «¡Nadie podría pasar por alto un movimiento como ese!».
Tenía razón. Los milicianos se miraban entre sí, desconcertados. Los gacetilleros y los tutores sagrados comenzaron a murmurar con nerviosismo.
—Señoría —dijo Sinew, con una expresión sombría—, tiene que detener esto ahora. Deben abandonar el museo y permitirme cuidar del iracán, o todos pereceremos.
Por un instante, Goldie pensó que el Adalid iba a hacerle caso. Pero entonces sonrió y se dio la vuelta hacia los gacetilleros.
—Ha sido un ligero temblor de tierra, nada más. No olviden decirles a sus lectores que no hay nada de qué preocuparse.
Después, se dio la vuelta hacia los milicianos.
—En cuanto al iracán, quizá nos resulte más útil vivo, al menos por el momento. Amarradlo antes de que recupere la consciencia y dejadlo atado al enrejado que hay ante mi vieja oficina. Mañana celebraremos una ejecución pública.
Sinew comenzó a protestar de nuevo, pero el Adalid lo interrumpió.
—Llevaos a este hombre —dijo—. Amordazadlo para que no pueda seguir diciendo tonterías, y recluidlo en el nivel más bajo de la Casa del Remordimiento.
Varios milicianos se abalanzaron sobre Sinew y lo sujetaron. Sinew forcejeó, con el rostro desencajado de rabia y desesperación, pero lo ataron, lo amordazaron y se lo llevaron a rastras. Goldie vio que uno de ellos cogía su arpa y cargaba con él a la zaga, como si fuera un aparatoso trofeo.
Los milicianos que se quedaron atrás empuñaron de nuevo sus armas y apuntaron a Broo. Unos cuantos tutores sagrados se adelantaron, cautelosos, para ofrecerles unas cuerdas.
—Atad bien a la bestia —dijo el Adalid—, y amarradle también las fauces para que no pueda morder. Si trata de escapar, pegadle un tiro.
—¡No! —exclamó Goldie—. ¿Cómo os atrevéis?
—¿Qué hacemos con estos niños, señoría? —dijo el teniente mariscal.
Goldie miró a Flemo de reojo. Pudo percibir la rabia que emanaba de él, la misma rabia que a ella le quemaba por dentro, caliente como un horno.
—Ah, sí, los niños —el Adalid alzó la voz para que todos pudieran escucharle—. Damas y caballeros, puede que estos niños sean unos criminales, puede que sufran un trastorno mental, pero seguimos tomándonos nuestra responsabilidad hacia ellos muy en serio. Mis tutores sagrados los cuidarán como si estuvieran a su cargo. Que los Siete Dioses los acompañen y apacigüen sus torturadas almas.
Los tutores que había entre la multitud murmuraron a modo de aprobación. Los gacetilleros y los milicianos batieron los dedos.
«¡Que los Siete Dioses te acompañen a ti!», pensó Goldie, furiosa. Y, por primera vez en su vida, no batió los dedos.
—En cuanto a mí —prosiguió el Adalid—, mi deber me lleva a muchos lugares oscuros, pero quizá este sea el más oscuro de todos. Esta noche acompañaré a la milicia hasta la Puerta Furtiva. Cogeremos al ejército secreto por sorpresa. ¡En nombre de los Siete, destruiremos a esos artificieros asesinos que amenazan nuestra hermosa ciudad!
—¡Tres aúpas por el Adalid! —gritó el teniente mariscal—. ¡Aúpa! ¡Aúpa! ¡Aúpa!
Los milicianos y los tutores sagrados se sumaron con entusiasmo. Los gacetilleros dejaron de escribir el tiempo suficiente para marcar el ritmo con pisotones en el suelo y golpeándose en las piernas con sus cuadernos.
Al amparo de aquel alboroto, el Adalid se inclinó hacia la tutora Ilusa y el tutor Virtud. Goldie le oyó susurrar:
—Llevaos a los mocosos a Supervisión. Quiero que los encerréis tan bien que no puedan volver a salir nunca.
La tutora Ilusa desenganchó las cadenas de castigo que llevaba alrededor de la cintura y las cerró en torno a las muñecas de Goldie.
—Vamos —dijo—. Y no me causes ningún problema.
Goldie miró a Flemo. Le mandó un mensaje con los dedos. ¡Hay que detener al Adalid! ¡Hay que salvar a Broo! ¡Hay que escapar como sea!
Flemo aleteó los dedos para mandar su respuesta. ¡Vale! Quedamos... ¡quedamos en la antigua oficina del Adalid! ¡A medianoche!
—¡Abrid paso! —exclamó la tutora Ilusa—. ¡Abrid paso a estos niños con trastornos mentales!
Los gacetilleros y los tutores sagrados se echaron a un lado. En el último momento, justo antes de ser engullida por la multitud, Goldie se dio la vuelta hacia Flemo y aleteó los dedos como si le estuviera diciendo adiós. Vale. En la antigua oficina del Adalid. ¡A medianoche!
En una pequeña tienda de campaña, al otro lado de la Puerta Furtiva, Olga Ciavolga estaba tumbada de costado, con los brazos y las piernas atados, y los ojos cerrados. Herro Dan estaba sentado a su lado, con los dedos entrelazados con los de la anciana.
—¿Estás despierta? —susurró.
Olga Ciavolga le apretó la mano, pero no abrió los ojos.
—He estado pensando. En cuando éramos críos. En la primera vez que te vi, cuando te apeaste de esa barcaza como si fueras una princesa.
Olga Ciavolga dejó escapar un suave bufido.
—Una princesa harapienta y malnutrida. Cubierta de moscas.
Un momento de silencio. Entonces Herro Dan suspiró.
—Hemos recorrido un largo camino juntos.
Al oír eso, Olga Ciavolga abrió los ojos y lo miró con el entrecejo fruncido.
—¿Es que estás ensayando el discurso de mi funeral? ¿Te piensas que me voy a dejar meter en un ataúd tan fácilmente? ¡Aún no hemos terminado!
A pesar del peligro que los rodeaba, y del dolor que le provocaba la pierna rota, Herro Dan no pudo evitar sonreír.
—¿Por qué no estamos cantando? —inquirió Olga Ciavolga—. ¿Acaso vamos a dejarle todo el trabajo a Sinew y a los niños?
Herro Dan había estado cantando en voz baja día y noche, y aun así podía sentir que la melodía desbocada se estaba intensificando.
—Oh ou ou-ou. Mm mm ou ou ou-ou ou... —comenzó a cantar.
Olga Ciavolga sumó su voz a la de Dan:
—Mm ou ou ou-ou...
De pronto, el mundo entero pareció... estremecerse.
Herro Dan se quedó boquiabierto. El canto se le quedó atorado en la garganta como una espina de pescado. Miró a Olga Ciavolga y vio su propio miedo reflejado en la mirada de la anciana.
Se oyeron unas fuertes pisadas en el exterior de la tienda y alguien abrió la capota. Un soldado agachó la cabeza y accedió al interior. De su bolsillo colgaba la pañoleta de Olga Ciavolga.
Dirigió una sonrisa sarcástica a Herro Dan.
—¿Qué tar vai? —dijo con su marcado acento—. ¿Táis pasando unas buenas vacaciones? ¿Habéis dormío mucho? ¿Comío bien? —se rio—. Si volvéis pa casa, habladles d’este lugar tan bonito, tós querrán venir pacá, ¿verdá? ¡Ja, ja!
Le pegó un puntapié a Herro Dan. El anciano no reaccionó. Olga Ciavolga y él habían conocido soldados como ese cuando eran niños. Estaban repartidos por todo Furuuna en aquellos tiempos, matando y saqueando sin ningún atisbo de piedad ni de clemencia. Por lo que había podido ver allí, la cosa no había cambiado.
Herro Dan cerró los ojos. Sabía que el canto era inútil, que el museo ya no les estaba escuchando. Pero Olga Ciavolga tenía razón. No debían tirar la toalla. Comenzó a cantar de nuevo, con tanta suavidad que el sonido no atravesó sus labios.
—¿Questás haciendo? —dijo el soldado—. ¿Tas dormío? ¿Tas soñando con tu novia esta daquí?
Sueña mientras pueas. Sueña to lo que quieras. Porque mañana...
Se dirigió de nuevo hacia la entrada de la tienda.
—Mañana te pegaremo un tiro. A ti y a la vieja. En cuanto sarga er so sus acribillaremos a tiros.
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