EL IRACÁN
Capitulo IX
EL IRACÁN
Capitulo IX
–¿Por qué están haciendo tantas preguntas? ¿Qué es lo que quieren? ¡Eh, despierta, te estoy hablando! ¿Qué es lo que quieren?
Goldie bostezó y murmuró:
—¡Lárgate, Jubi! ¿Y qué estás haciendo en mi habitación?
Se desperezó, esperando sentir el tirón de la cadena de custodia. Pero no se produjo. Se apresuró a abrir los ojos y...
Agachado, a su lado, había un chico. Tenía la cara sucia. El pelo negro y de punta. Y sobre su hombro —tan cerca que Goldie pudo ver su párpado membranoso y percibir el hedor a humedad de sus plumas—, ¡estaba posada el ave carnicera!
Goldie trató de escabullirse por el lado opuesto del camastro, pero el chico le agarró del brazo. —¿Por qué esos tutores tuyos quieren ver nuestros registros?
—¡Suéltame!
El chico se encogió de hombros y la soltó.
—Haz lo que quieras —le dijo. Pero el ave carnicera que llevaba en el hombro se quedó mirándola con sus ojos malévolos como si Goldie no tuviera derecho a hacer lo que quisiera. Ningún derecho en absoluto.
Goldie se puso en pie con torpeza.
—¿Y bien? —dijo el muchacho—. ¿Por qué tienen tanto interés por nuestros registros?
—Regiiiistros —chilló el ave carnicera. Su enorme pico estaba a escasos centímetros del rostro del chico, pero este no pareció inmutarse.
Goldie trató de poner en orden sus pensamientos.
—No... ¡no lo sé!
El chico negó con la cabeza, exasperado.
—Nunca antes se habían fijado en nosotros. Pero ahora están aquí y es por tu culpa.
Al escuchar esas palabras, Goldie se desperezó del todo y recordó lo que había hecho...
Por un instante, le pareció tan terrible que se vio incapaz de reaccionar. Mamá y papá iban a ser juzgados y enviados a la Casa del Remordimiento. Y era por su culpa. Goldie tragó saliva. —Debo volver —susurró, y solo de pensarlo se revolvía por dentro.
—¿Adónde? —dijo el muchacho.
—Adooooónde —chilló el ave carnicera.
—Con... con los tutores. Les... les diré que ha sido culpa mía —Goldie se mordió el labio—.
Deberían encarcelarme a mí y dejar libres a papá y a mamá.
Trató de abrir la puerta que conducía a las dependencias delanteras del museo, pero estaba cerrada.
—¿Tienes la llave?
—Quizá —dijo el chico—. Quizá no —y se dio la vuelta y se marchó.
Goldie echó a correr detrás de él, tratando de no acercarse demasiado al ave carnicera.
—¿Es que no me has oído? Voy a entregarme.
—Ya, claro, eso será de gran ayuda —dijo el chico con sarcasmo.
Goldie empezó a ponerse colorada.
—No podéis encerrarme aquí contra mi voluntad.
—Nadie te está encerrando en ninguna parte —dijo el chico.
—Claro que sí. ¡La puerta está cerrada!
—¿Es que no puedes atravesar algo tan simple como una puerta cerrada? —se burló el chico—. No sé por qué piensa Sinew que vas a ser tan útil.
Goldie se paró en seco. Casi había olvidado que no había llegado por casualidad, sino que la habían guiado hasta allí. La habían conducido.
—¿Útil? —preguntó—. ¿A qué te refieres?
—Olvídalo —dijo el chico, mirándola por encima del hombro.
—¿Por qué me ha traído Sinew aquí? ¿Por qué me ocultó? ¿Qué es lo que quiere?
—Naaaaadaaaaa —se burló el ave carnicera.
—Pienso volver —gritó Goldie, sin dejar de seguirlos.
El chico dejó escapar un sonoro suspiro; después, se dio la vuelta.
—Mira —le dijo—, puedes hacer lo que te dé la gana, a mí me da igual. Si tanto te gustan tus queridos tutores, puedes ir a pedirles clemencia...
—¡No me gustan! ¡Los odio!
—... pero eso no hará ningún bien a tus padres —su tono de voz se había vuelto más severo—. Los enviarán de todas formas a la Casa del Remordimiento. Y eso solo empeorará su sufrimiento, al saber que acabarás en Supervisión.
—Supervisioooooón.
Goldie no quería creerlo. Pero en el fondo de su corazón sabía que el muchacho tenía razón. Una vez que los tutores sagrados le echaban el guante a alguien, no lo dejaban escapar.
«¡Ay, papá! ¡Ay, mamá! ¡Lo siento tanto!».
Le entraron ganas de llorar, a causa del miedo y la culpa y la rabia, pero el chico y el pájaro la estaban observando. Así que dijo, con toda la calma posible:
—Bien, en ese caso, me... me... me iré a Dicho.
—Eso ayudará muchísimo —se burló el chico, que volvió a darse la vuelta para marcharse—. Al menos, si te quedas, es posible que puedas ayudar —resopló—. Aunque lo dudo.
—¿Ayudar? —dijo Goldie—. ¿Te refieres a ayudar a papá y a mamá? ¿Cómo?
La única respuesta que recibió fue un graznido burlón por parte del ave carnicera, y poco después el muchacho y el pájaro desaparecieron de la vista, ocultos entre filas de expositores y vitrinas.
Goldie probó suerte de nuevo con la puerta, aunque era consciente de que no se abriría. Se sintió como si estuviera haciendo equilibrios sobre el filo de un cuchillo. A un lado del filo se encontraba Dicho y los parientes de mamá; allí estaría a salvo, si es que lograba llegar. Al otro lado estaba el museo con sus preguntas sin responder y sus peligros (¡un ave carnicera!), y la posibilidad de poder ayudar en algo...
Cuando alcanzó al chico, este no pareció contento de verla. El pájaro que llevaba en el hombro parecía más grande, negro y aterrador que nunca.
—Esto... ¿cómo se llama él? —dijo Goldie.
—Ella —dijo el muchacho—. Morg es una chica, no un chico.
—Moooooorg —el ave carnicera erizó sus plumas y fulminó a Goldie con la mirada. Goldie retrocedió un paso.
—¿Y mu... muerde?
El chico esbozó una sonrisa que más bien parecía una mueca.
—Sí. Lo que más le gusta son los ojos. Si estuvieras tirada en el suelo con una pierna rota, esperaría a que estuvieras demasiado débil como para poder defenderte, y entonces te sacaría los ojos uno por uno. Plop. Plop.
«Está intentando asustarme», pensó Goldie. «Lo que no sabe es que ya estoy muerta de miedo».
—Esas cosas ya no ocurren —dijo Goldie—. Hoy en día, no. Aquí no.
El chico negó con la cabeza como si no pudiera creer lo estúpida que era aquella niña.
—Te crees que sigues en Alhaja —dijo—, pero no es así. Ahora estás en el museo... y puede ocurrir cualquier cosa.
Las dependencias traseras del museo eran muy diferentes de las delanteras. Los techos eran altos, y las paredes estaban cubiertas por enormes retratos con marcos dorados donde aparecían soldados con largas patillas y reinas con la cara regordeta y vestidos pasados de moda.
Uno de los cuadros parecía destacar entre los demás.
—¿Quién es esa? —preguntó Goldie, señalando hacia una jovencita con una armadura reluciente y una espada y un arco largo en las manos. En el estandarte que había sobre la cabeza de la chica, se mostraba a un lobo negro gruñendo.
—Alguna vieja princesa —dijo el chico.
—No es vieja.
El chico puso cara de fastidio.
—Me refiero a que es de los tiempos antiguos. Fue una especie de guerrera, hace cientos de años.
Goldie lo observó más de cerca. El cuadro estaba agrietado por el paso de los años, pero la chica parecía devolverle la mirada con orgullo.
—¿Será la princesa Frisia?
—¿Quién es esa?
—Ya sabes, la del cuento infantil. La princesa guerrera de Merne.
—¿Y por qué tendría que saberlo? —el chico se encogió de hombros y siguió caminando. Goldie apretó el paso para ponerse a su altura.
—¿Adónde vamos? —dijo.
—No es asunto tuyo.
—¿Cómo se supone que puedo ayudar?
—No es asunto tuyo.
—¿Cómo te llamas? —se quedó mirándolo detenidamente—. Te he visto en alguna parte, ¿verdad? ¿No vivías antes en el barrio antiguo? ¿Cerca del canal del Buque? ¿Qué estás haciendo aquí?
—No es asunto tuyo.
Las vitrinas ante las que pasaron contenían armaduras, esqueletos y látigos de puntas anudadas. Entre ellas había pilas de calderos, bicicletas escacharradas y viejas carretillas de madera. Todo estaba cubierto por una gruesa capa de polvo. Había telarañas colgando de las vigas.
Goldie jamás se habría imaginado que pudiera existir un lugar así dentro de las fronteras de Alhaja. Pensó en las advertencias de sus padres y se estremeció. Insectos venenosos... polvo... la fiebre púrpura...
—¿Qué es eso? —preguntó, señalando hacia un objeto de hierro, con unas fauces atroces y puntiagudas.
—Un cepo —dijo el muchacho, que sonrió al ver la cara que ponía Goldie.
Por encima de la cabeza de Goldie, el esqueleto de una ballena rechinaba como si estuviera soñando con el mar. El pelo de una rata de agua disecada se alborotó. Goldie creyó percibir un aleteo. Con cada movimiento, con cada sonido, se le iba poniendo la piel de gallina.
Pero al mismo tiempo la sangre aceleró su paso a través de sus venas y se sintió más viva que nunca.
«¡He estado dormida!», pensó. «¡He estado dormida toda mi vida y ahora estoy empezando a despertar!».
Las salas parecían extenderse hasta el infinito. Goldie sabía que era imposible que el museo fuera tan grande, pero no cesaba de desplegarse ante ella. Las puertas que atravesaban eran tan amplias como bulevares. Las vitrinas de cristal formaban una fila interminable.
Entonces atravesaron una puerta y fue como si hubieran aparecido en mitad de una carretera. Con la salvedad de que el techo seguía allí, a una altura considerable. En Alhaja no había ninguna carretera parecida a esa.
Justo enfrente de ellos había un descampado. Estaba repleto de zarzas y envuelto entre las sombras. En mitad del descampado había un árbol enorme y puesta en equilibrio entre sus ramas había una casita de madera, con una desvencijada escalera que conducía hasta ella.
Goldie nunca había visto nada tan peculiar. Dio un paso hacia el árbol... y se detuvo. A sus pies, tan cerca que a mamá y a papá les habría dado un infarto si la hubieran visto, había una acequia.
Una acequia enorme, con una profundidad que doblaba la altura de Goldie, y una corriente de agua en el fondo.
Agua sucia.
Agua contaminada.
Aguas infectas donde se ahogaban los niños...
Y de repente todo aquello que le había ocurrido a Goldie en el último día y medio se le vino a la mente. Su entusiasmo se disipó y lo único que quedó fue el miedo. Se quedó contemplando la acequia con la boca abierta y la cabeza repleta de advertencias.
—¿Qué pasa? —dijo el muchacho, que había empezado a descender por uno de los costados de la acequia y a subir por el otro—. ¿Tienes miedo?
—Eh... no.
—Sí que lo tienes.
—¡Te digo que no!
—Ya sabía yo que no servirías para nada —dijo el chico. Y, sin mirar atrás, desapareció entre las sombras del descampado, con Morg encaramada a su hombro.
Goldie no sabía qué hacer. Al principio pensó que esperaría hasta que el chico regresara. Entonces oyó un suave chirrido, como si alguien estuviera caminando de puntillas hacia ella, y entonces decidió que sería mejor ir a buscar a Sinew o a Herro Dan.
Pero la idea de caminar sola a través de esas salas mal iluminadas, seguida por el eco de aquel chirrido, le produjo angustia. Así que al final se quedó quieta donde estaba.
El rugido parecía emerger de la nada. Unos faros brillantes aparecieron de entre las sombras en el extremo opuesto de la carretera. Se escuchó un pitido. Goldie se quedó mirando desconcertada. Era un carruaje callejero. Y se estaba dirigiendo directamente hacia ella.
En ese momento fue como si el tiempo se detuviera. Goldie pudo oír que el chico gritaba en la distancia, pero no se movió. Tuvo la impresión de estar soñando... como si aquello le estuviera ocurriendo a otra persona y ella observara la escena desde un punto muy, muy lejano.
El chico volvió a gritar. Y de entre las sombras del descampado emergió... algo. Algo que divisó a Goldie y salió disparado hacia ella. Algo con los ojos rojos y unas fauces cubiertas de espumarajos. ¡Algo que abrió la boca y aulló! Aquel sonido se sumó al gemido del claxon del carruaje callejero, que retumbó por el techo como un trueno.
«Esto es ridículo», pensó Goldie, como si todo aquello formara parte de una ensoñación. «El carruaje va a matarme. Ya solo faltaba que encima aparezca un iracán».
Con esa misma sensación de estar soñando, se preguntó cuál de los dos la alcanzaría antes. Se preguntó cuál de los dos le haría más daño. Se preguntó si sería su castigo por intentar robar los doblones de oro, y si Sinew lo tendría planeado desde el principio.
El carruaje estaba a punto de alcanzarla. Igual que el iracán. El animal cruzó la acequia con un gran salto. Sus ojos centelleaban. Abrió sus terribles fauces y...
En ese momento, Goldie recuperó su sentido común. Con un alarido desesperado, trató de echarse a un lado. Pero era demasiado tarde. El iracán dio un giro brusco para lanzarse contra ella. Sus dientes le desgarraron el babi. La derribó con su peso. Goldie perdió pie y cayó de costado, cayó y cayó hacia el fondo de la acequia.
Lo último que oyó antes de perder la consciencia fue el sonido del carruaje, que pasó traqueteando por encima de ella. Lo último que sintió fue el cálido aliento del iracán en el rostro...
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