UNA MISIÓN ENCOMENDADA POR SU SEÑORÍA
Capitulo VIII
UNA MISIÓN ENCOMENDADA POR SU SEÑORÍA
Capitulo VIII
La tutora Ilusa no comprendía la insistencia del Adalid para que registraran aquel edificio tan feo.
—Decidles que estáis buscando a la niña desaparecida —les había dicho cuando los convocó aquella mañana a su oficina—. Pero mantened los ojos abiertos ante cualquier elemento sospechoso. Ante cualquier cosa extraña o fuera de lugar.
Sin ánimo de ofender a su señoría, la única cosa fuera de lugar en la que Ilusa estaba interesada era la niña fugitiva, y lo más probable es que estuviera escondida en alguna parte del barrio antiguo de la ciudad, cerca de su casa. Lo que significaba que uno de los camaradas de Ilusa podría tener el placer de capturarla, cuando ese honor debería corresponderle a ella.
Pero cuando Sinew confesó que el museo no tenía un tutor residente, el gusanillo de la curiosidad empezó a desenroscarse en su interior. No dejó que su rostro trasluciera su interés. Era demasiado astuta para eso, vaya que sí. En su lugar, siguió interrogando a Sinew acerca de la niña, como si aquella fuera la verdadera razón de su presencia allí y no un simple pretexto.
¡Se había embarcado en una misión encomendada por su señoría! Estaba deseosa de poner en práctica sus instrucciones. Inspeccionó aquellas deprimentes estancias, oteando cada rincón, asomándose detrás de las vitrinas rotas, en busca de algo que fuera extraño o estuviera fuera de lugar.
Al mismo tiempo, permitió que un resquicio de su mente divagara en su ensoñación favorita, aquella en la que formaba parte del círculo más cercano del Adalid, en donde tenía poder, importancia e influencia. Si llevaba aquel encargo a buen puerto, su sueño podría hacerse realidad...
—¿No hemos pasado ya por esta sala? —dijo Confort.
—¿Qué? —dijo Ilusa, sacada de su ensoñación.
—Mira ese aparador con las puertas destrozadas. Hemos estado aquí hace apenas unos minutos.
—Tonterías —dijo Ilusa, contenta de tener una excusa para chinchar a su compañero—. No hemos vuelto sobre nuestros pasos, ¿verdad, camarada? No nos hemos desviado en ningún punto. Y tampoco nos ha embrujado ningún demonio para que perdamos el rumbo, ¿verdad?
Soltó una risita por aquel arranque de ingenio, después volvió a ponerse seria.
—No tardarás en descubrir que tengo un excelente sentido de la orientación. Concéntrate en tu trabajo.
Confort contrajo el rostro en un gesto de fastidio mal disimulado y atravesó con grandes pasos el siguiente umbral, sin detenerse a ver si Ilusa lo seguía.
Veinte minutos más tarde, Ilusa se encontró otra vez de frente ante aquel aparador roto.
—¿Lo ves? —dijo Confort con arrogancia— Te lo dije.
—La condescendencia —dijo Ilusa— es pecado. No me gustaría tener que informar sobre tu comportamiento, camarada.
—No estaba siendo condescendiente, camarada —replicó Confort con un gesto de suficiencia—. Me he limitado a remarcar que estábamos caminando en círculos. Eso es un hecho, ¿no es así? A mí me parece bastante claro.
—Lo que está claro para mí, camarada, es que nos has llevado por el camino equivocado. Fuiste tú quien marcó el camino fuera de esta sala, ¿no es así? Debiste de tomar un giro equivocado. Puede que te falte concentración.
El rostro cetrino de Confort se enrojeció.
—Me gustaría ver qué tal se te da a ti, camarada.
—Y lo verás, camarada. Lo verás.
Ilusa puso todo su empeño en llevarlos de vuelta al despacho. A pesar de lo que le había dicho a Confort, el trazado de aquellas salas la tenía confundida. Si pudiera conseguir un plano, les ayudaría a ser más eficientes en su búsqueda.
Tardó en darse cuenta de que se habían perdido. Guio sus pasos de una sala a otra, rehaciendo el camino por el que habían venido. Pero por alguna razón, en lugar de llegar al despacho, siempre terminaban ante el aparador roto.
Ilusa resopló, sorprendida y molesta. Emprendió de nuevo la marcha, de vuelta en aquellas sombrías salas, mientras Confort caminaba a paso ligero detrás de ella. Rodearon vitrinas de cristal. Atravesaron este umbral. Atravesaron este otro. Un giro a la derecha por aquí. Un giro a la izquierda por allá...
¡Y ahí estaba de nuevo el aparador roto! Ilusa le lanzó una mirada furiosa, con la sospecha de que de algún modo se estaba burlando de ella.
Confort carraspeó.
—Quizá sea el momento de pedir ayuda...
—Bobadas —dijo Ilusa—. ¡Bobadas!
Y echó a andar una vez más. De vuelta en las salas sombrías. Rodeando las vitrinas de cristal. Atravesando este umbral. Atravesando este otro. Girando a la derecha por aquí. Girando a la izquierda por allá...
Al final, dejó que Confort gritara para pedir ayuda. Normalmente no se habría rendido de esa manera, pero estaban perdiendo el tiempo, así que no le disgustó ver aparecer a Sinew, que acudía corriendo hacia ellos.
—¡Estas salas parecen todas iguales! —gritó mientras se aproximaba—. No se aflijan, tutores. Incluso los guardianes se pierden casi a diario. A veces pienso que deberíamos pintar unas flechitas en el suelo, todas de diferentes colores, y entonces podríamos seguirlas hasta dondequiera que condujeran. Pero ¿qué pasaría si nos perdiéramos mientras pintáramos las flechitas y comenzaran a avanzar en círculos? ¡Ja, ja, ja!
Aquel tipo era aún más tonto que Confort, pero al menos consiguió llevarlos de vuelta al despacho. Ilusa echó mano de la silla que estaba al otro lado del escritorio y, con Confort a su lado, empezó a hacer preguntas.
Al principio intentó que parecieran triviales. ¿Qué antigüedad tenía el museo? ¿Quién lo inauguró? ¿De dónde procedían las piezas que tenían en exposición?
Pero las respuestas de Sinew eran tan imprecisas que no tardó en perder la paciencia con él y empezó a lanzarle una pregunta tras otra, como si estuviera realizando un examen.
¿Cuántas salas había exactamente? ¿Qué había en ellas? ¿Cuántas estaban cerradas? ¿Quién tenía las llaves? ¿Adónde conducía esta puerta? ¿Adónde conducía esa otra? ¿Cuántos empleados había en el museo? ¿Cuánto tiempo llevaban allí? ¿Dónde dormían? ¿Dónde comían?
Al fin, exasperada hasta límites insospechados por las inservibles respuestas de Sinew, dijo: —Quiero inspeccionar sus registros.
—¿Nuestros qué? —dijo Sinew.
—En las últimas dos horas —dijo Ilusa—, he visto cristales rotos. He visto piedras sueltas que cualquiera podría recoger y tirárselas a alguien. He visto sillas que se vendrían abajo en cuanto alguien se sentara encima. Este edificio es una trampa mortal, y existe la posibilidad de que haya una niña sin Separar suelta por las instalaciones. Si quiero encontrarla, necesito sus registros. Sus facturas. Sus planos.
Sinew asintió, indeciso.
—¿Con los registros de los últimos cinco años será suficiente?
—Nos servirá para empezar. Vaya a buscarlos. Y dese prisa.
Sinew salió del despacho, con pinta de haber olvidado ya lo que tenía que hacer. Confort se inclinó hacia Ilusa y le susurró al oído:
—Debajo del escritorio.
Ilusa apartó ligeramente la silla y se asomó por debajo del escritorio. Allí, metido en un rincón, tan ennegrecido que casi (aunque no del todo) resultaba inidentificable, había un trozo de cinta blanca de seda.
—¡Ajá! —dijo Ilusa. Frunció los labios para que Confort no se diera cuenta de lo contenta que estaba.
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