EL CANTO PRIMIGENIO
Capitulo XVI
EL CANTO PRIMIGENIO
Capitulo XVI
Se suponía que era el día libre de la tutora Ilusa. Pero no podía descansar. Había hecho más de una docena de intentos con los idiotas de sus ayudantes para que preparasen un plano del museo, y habían fracasado en cada uno de ellos.
Al principio pensó que había sido producto de la estupidez de los aprendices, así que les había golpeado en las costillas con la regla y les había gritado hasta que se le irritó la garganta.
No sirvió de nada. Poco a poco, empezó a tener la sospecha de que quizá no fuera culpa de los tutores en prácticas después de todo. Quizá fuera el edificio en sí mismo. Sin duda, había algo raro en él. Algo que no conseguía identificar...
¡Pero ningún mohoso amasijo de rocaíndigo iba a dejar en ridículo a la tutora sagrada Ilusa! El Adalid le había confiado una misión, y ella estaba decidida a llevarla a cabo... y de paso a encontrar a la mocosa de los Roth.
Subió por los escalones que conducían a la entrada del museo y atravesó a toda prisa el recibidor hacia donde Confort y los dos tutores en prácticas la estaban esperando. Se asomó con cautela por la puerta del despacho. Estaba vacío. Mejor. No quería que los guardianes interfirieran en sus planes. Se sacó del bolsillo un enorme ovillo de cuerda y le dio un extremo a los jóvenes aprendices.
—Sujetad esto —les ordenó—. ¡Y no lo soltéis!
Después avanzó rápidamente a través de las salas de exposición, desenrollando la cuerda a su paso.
—Cabe preguntarse, camarada —dijo Confort mientras avanzaba a su lado dando zancadas— si un simple ovillo de cuerda facilitará en algo nuestra búsqueda. Al fin y al cabo, no puede guiarnos, ¿verdad? No puede ponerse al frente y guiarnos, como a niños, rumbo hacia la tierra prometida, ¿no?
Se echó a reír, era evidente que se alegraba de haber sido el ingenioso del dúo por una vez. Al mismo tiempo, la cuerda se tensó de repente en la mano de Ilusa, como si alguien hubiera tirado de ella. Maldijo a sus ayudantes en voz baja. Y en voz alta dijo:
—Lo que sí puede hacer, camarada, es asegurar que no estemos caminando en círculos. Como tantas...
Se detuvo ante una puerta. Estaba segurísima de que no se habían desviado de su camino, de que no había dado la vuelta en ningún momento. Pero la cuerda delatora se extendía a lo largo de aquella sala, enfrente de ellos.
—Y ahora —dijo la tutora Ilusa, visiblemente satisfecha— sabemos que debemos ir por otro camino, un camino por el que no hayamos ido antes. Y así, con la ayuda de este simple ovillo de cuerda, exploraremos todos los rincones de este maldito edificio, por muy escondidos que puedan estar.
Aun así no fue tarea fácil, claro está. Las salas eran tan confusas como siempre. Ilusa lideró el camino a través de ellas sin tener ni idea de hacia dónde iba. La cuerda pegó dos tirones más, con tanta fuerza que estuvo a punto de soltarla. Y dos veces más descubrió que, por alguna razón, habían vuelto sobre sus pasos.
Pero se mantuvo en sus trece, y al final obtuvo su recompensa. Doblaron una esquina y se encontraron ante una puerta que no habían visto antes. Sobre ella estaba escrita en letras medio borradas la frase «Solo personal autorizado».
Ilusa se detuvo, sonriendo satisfecha. Confort alargó la mano hacia el picaporte.
—¡No! —le susurró Ilusa. Después se llevó un dedo a los labios y apoyó la oreja contra la puerta. Al otro lado de ella puedo oír el murmullo de dos voces, de un chico y una chica.
—Herro Dan no ha vuelto todavía —dijo el chico.
—¿Crees que le habrá ocurrido algo? —dijo la chica.
Ilusa se puso tensa.
—¡Es la mocosa de los Roth! —susurró—. ¡Escucha!
—Olga Ciavolga ha dicho que Herro Dan no estaría fuera a estas horas —dijo el chico—. No por su propia voluntad. Sinew y ella han salido a buscarlo. Y yo tengo que enseñarte a entonar el canto primigenio. Sea lo que sea que esté causando el conflicto, ha vuelto a empeorar de repente.
—¿Qué conflicto? —susurró Confort—. ¿De qué está hablando?
—Lo sé, yo también lo percibí —dijo la chica—. Las salas se movieron tres veces.
—Y cinco veces anoche. Movimientos grandes.
Ilusa se quedó boquiabierta y le hizo un gesto a Confort para que se apartara de la puerta.
—¿Es posible? —susurró—. ¿Las salas... se mueven?
—Nunca había oído algo así —Confort negó con la cabeza, incapaz de creérselo.
—Eso explicaría por qué nos perdíamos siempre. Y por qué esos dos zoquetes eran incapaces de dibujar el mismo plano. ¡Su señoría estará encantado de oír esto!
Ilusa regresó de puntillas hacia la puerta, silenciosa como una tumba. Pero cuando volvió a apoyar la oreja contra ella, no pudo oír nada salvo unas pisadas que se alejaban.
—¡Deprisa! —le susurró a Confort—. ¡Tenemos que seguirlos!
Trató de accionar el picaporte, pero estaba cerrado. Se encogió de hombros. Quizá fuera lo mejor. El ovillo de cuerda ya casi se había acabado. No serviría de nada continuar si luego no conseguían encontrar el camino de vuelta.
Comenzó a volver sobre sus pasos, enrollando la cuerda mientras lo hacía.
—Era la chica de los Roth —dijo—. La tenemos atrapada, vaya que sí.
—Pero el chico... ¿Quién era el chico? —dijo Confort.
—Lo primero es lo primero, camarada. Debemos descubrir cómo lidiar con estas salas cambiantes para poder llevar a la práctica las instrucciones de su señoría. Ya nos encargaremos después de hacer averiguaciones sobre el muchacho —Ilusa esbozó una sonrisa malévola—. Y después regresaremos, y esos dos mocosos descubrirán lo que les ocurre a los niños malos en la ciudad de Alhaja...
—El museo —dijo Flemo— es como un iracán. A veces gruñe, un gruñido que emite desde el fondo de sus entrañas. Otras veces tiembla de emoción.
Los niños se encontraban a medio camino de La Milla de la Dama. No había rastro de Morg, pero Broo los había estado esperando allí como si supiera que iban a venir. Cuando vio a Goldie, meneó su colita blanca y comenzó a brincar a su alrededor.
—Si apoyas una mano en la pared —dijo Flemo—, podrás percibir cuál es su estado de ánimo. Pero no trates de contenerlo o de mantenerlo fijo en un sitio. No hay nada que el museo odie más.
Goldie titubeó, recordando la primera vez que lo había hecho. Lentamente, colocó una mano sobre la pared.
Necesitó hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para no apartarla de nuevo. Una melodía sobrenatural pareció emerger desde el ardiente centro de la tierra y filtrarse a través de su cuerpo. Le sacudió los huesos y le puso las tripas del revés, y le provocó ganas de gritar y llorar y pelear al mismo tiempo. Cuando al fin apartó la mano, estaba temblando de pies a cabeza.
Flemo la estaba observando con cara extraña.
—La primera vez que lo intenté —murmuró— me caí al suelo. Y ahora su estado es mucho peor. Entonces se dio rápidamente la vuelta hacia la pared, como si hubiera hablado más de la cuenta.
—Tienes que acariciarla —dijo—. Igual que acaricias a Broo —deslizó la mano sobre la superficie de piedra, como si estuviera tranquilizando a un animal—. Después tienes que cantar. Hazlo así. Oh, ou, ou, ou. Mmmm, ou, ouou, ou, ou. Si lo haces bien, conseguirás que el museo cante contigo, y que así se apacigüe durante un rato. Oh, ou, ou, ou. Mmmm, ou, ouou, ou, ou.
Su voz subía y bajaba de tono de tal forma que a Goldie se le erizaban los pelillos de la nunca. —Esa es la canción de Herro Dan.
Flemo asintió.
—Según Herro Dan, es el canto primigenio, que procede del amanecer de los tiempos. De antes incluso de que existieran los humanos. Según él, todas las demás canciones del mundo surgieron a partir de este canto. El museo no responde a ninguno más. Mm mm mm ou ou, ou ou. Mm ou ou ou mm ou ou.
Goldie volvió a apoyar la mano en la pared. Aquella melodía sobrenatural se extendió a través de su ser, pero ahora era ligeramente distinta. Parecía estar recogiendo las notas de la canción de Flemo y jugando con ellas, como un gigante haciendo malabares con cetros de juglar. Y de la misma manera en que el gigante estaría contento con los cetros y querría seguir jugando con ellos una y otra vez, aquella melodía sobrenatural parecía contenta de oír la canción de Flemo. Poco a poco fue cambiando y asentándose, y poco después el museo y el muchacho estaban entonando casi las mismas notas.
«OH OU OU OU, MM MM, OU OU OU-OU OU», cantaba el museo. «MMM OU OU OU MMM OM OM OU-OU».
La magnitud de aquella melodía resultaba aterradora, y de vez en cuando había alguna nota que parecía estar a punto de estallar. Pero ya no provocó que Goldie sintiera deseos de llorar, ni gritar, ni pelear.
Acarició la pared con suavidad.
—Mmm ou-ou —cantó, esforzándose por imitar aquel extraño y escurridizo sonido.
Su voz parecía débil e insignificante ante la asombrosa melodía que retumbaba desde las profundidades. Se calló, preguntándose dónde estaría Herro Dan, y con la esperanza de que no le hubiera ocurrido nada malo.
Flemo le dio un golpecito en el hombro.
—Sigue.
—Mm mm. Mm mm ou... —probó de nuevo, pero no sonaba bien.
Broo la estaba mirando fijamente, con la cabeza ladeada. «Parece tan pequeño e indefenso», pensó Goldie. «Pero en su interior, es más grande e indomable de lo que nadie podría imaginar. Y al museo le ocurre lo mismo».
Se le vino una imagen a la mente. Por un momento estaba de vuelta en el barrio antiguo, envuelta en cadenas de castigo y anhelando su libertad... Y se dio cuenta de que no eran solo el perro y el museo quienes eran más grandes e indomables por dentro de lo que nadie podría imaginar...
Volvió a colocar la mano sobre el muro. Inspiró profundamente.
—Oh ou ou-ou —canturreó, y dejó que su voz se impregnara de una parte de la curiosidad, los anhelos y la frustración que había sentido a lo largo de su vida—. Mm mm ou ou-ou ou.
Pareció como si el museo se detuviera a escuchar. Entonces, de repente, ¡comenzó a seguir las notas de Goldie! ¡Las lanzó por los aires, incorporándolas a su canción! Flemo sonrió con gesto de aprobación.
—¡Sigue así!
Así que siguió cantando y acariciando la pared, y Broo se puso a brincar alrededor de sus pies, dando unos ladridos que imitaban aquellas notas extrañas, y la melodía se fortaleció en el interior de la niña, de modo que en poco tiempo pudo sentir que cada parte de su cuerpo rebosaba de energía.
Esta vez, cuando apartó la mano de la pared, se sintió inmensa. Tan grande como el museo. Tan grande como el cielo. Todo cuanto aparecía ante sus ojos le resultó nítido y brillante: los tapices, el musgo, las diminutas florecillas blancas. Era imposible creer que se avecinaba un conflicto.
—Ojalá..., ay, ojalá mamá y papá pudieran venir a vivir aquí —dijo Goldie.
Flemo mudó toda expresión de su rostro. Se sacó una moneda del bolsillo y comenzó a juguetear con ella entre sus dedos, haciéndola desaparecer y reaparecer y desaparecer de nuevo.
—Están encerrados —dijo, con la mirada fija en la moneda.
—No hace falta que me recuerdes que...
—Deberías haber sabido lo que les iba a ocurrir. Deberías haber sabido que acabarían en la Casa del Remordimiento —la voz del muchacho volvió a adoptar un tono amargo—. ¿Cómo pudiste fugarte de esa manera y dejarlos a merced de los tutores sagrados?
Goldie abrió la boca para replicar. Después se mordió el labio. Tenía la extraña sensación de que en realidad Flemo no estaba hablando con ella.
—¿Tienes hermanos o hermanas? —le preguntó Flemo, sin dejar de mirar la moneda.
—No —respondió Goldie, y miró al muchacho con curiosidad—. ¿Y tú?
—Si los tuvieras... digamos que si tuvieras una hermana pequeña... ¿te preocuparía lo que le pudiera estar ocurriendo?
—Supongo.
Se quedaron en silencio. Hasta que poco después Goldie añadió: —Ya nos hemos visto antes, ¿verdad? En el barrio antiguo...
Flemo asintió.
—Me escapé el año pasado.
—¡No es posible! —Goldie se quedó mirándolo fijamente—. ¡Me habría enterado! La gente no habría hablado de otra cosa.
Flemo soltó una carcajada colérica.
—Los tutores sagrados les dijeron a nuestros vecinos que nos habíamos mudado a Edicto. No querían que otros niños pudieran tener ideas parecidas.
—Entonces, ¿dónde están tus padres?
—¿Dónde crees tú?
—¿En la Casa del Remordimiento?
Flemo asintió brevemente con la cabeza.
—Y mi hermana está en Supervisión...
Se calló. Goldie oyó un ruido débil y lejano.
—¿Qué ha sido eso? —dijo.
—¡Disparos! ¡Al otro lado de la Puerta Furtiva! ¡Deprisa!
Flemo se guardó la moneda en el bolsillo, volvió a apoyar la mano en la pared y empezó a cantar. Goldie lo imitó.
La melodía sobrenatural había regresado, palpitaba bajo su mano. Al principio su cántico no pareció surtir ningún efecto. Sus voces subían y bajaban con impotencia entre aquella asombrosa maraña de sonidos. Entonces Goldie oyó que una tercera voz se sumaba a las suyas, desde algún lugar de las profundidades del museo. Esta vez no era una voz humana, sino el canto de un arpa. Era Sinew, que tocaba con todas sus fuerzas.
Al principio, todo siguió igual. Entonces, poco a poco, la melodía sobrenatural comenzó a entrelazarse con sus cánticos, hasta que se acabó acallando.
Goldie apartó la mano de la pared.
—Esa detonación... —dijo.
—¿Los disparos?
—Sí. Creo que eso fue lo que oyó Herro Dan. Antes de desaparecer.
—¿Qué? —Flemo se quedó mirando a Goldie, horrorizado—. ¡Ha debido cruzar la Puerta Furtiva! ¡Vamos!
Y sin esperar a ver si Goldie lo seguía, echó a correr por La Milla de la Dama.
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