MARTILLAZOS
Capitulo XVIII
MARTILLAZOS
Capitulo XVIII
–¡No deberíais haber cruzado la Puerta Furtiva!
Sinew se había estado paseando de un lado a otro del despacho, hasta que se detuvo para fulminar con la mirada a Goldie y a Flemo.
—¡Podrían haberos matado! Y no solo a vosotros, también a Broo y a Morg. No son a prueba de balas, ¿sabéis? ¡No deberíais haber ido!
—Desde luego que no —dijo Olga Ciavolga—. Se portaron con valentía, y con mucho ingenio al final. Pero al principio no sumaron ni un ápice de sentido común entre los dos.
Goldie se puso colorada. Era cierto. Flemo y ella tenían suerte de haber escapado con vida. Pero aunque contaba con que Olga Ciavolga iba a echarles la bronca, la anciana se limitó a decir:
—Ya está hecho. Así que ahora nos toca decidir. ¿Qué hacemos ahora?
—Herro Da... Dan dijo que Sinew de... debía ir a ver a la Protectora —dijo Goldie. No había parado de temblar desde que Flemo y ella habían vuelto a cerrar a duras penas la Puerta Furtiva.
—Y la Protectora debe impedir que la tu... tutora Ilusa y el tu... tutor Confort hagan el pla... plano —dijo Flemo, que temblaba con la misma intensidad.
Sinew asintió con la cabeza, impaciente.
—Sí, sí, deberíamos habernos tomado más en serio a los tutores sagrados desde el principio. No están aquí en este momento, pero seguro que no tardarán en volver. Iré a ver a la Protectora. ¿Pero qué hacemos con Dan?
—Y con Broo —dijo Goldie—. Y Morg. ¿Crees que estarán bien?
—Eso espero, desde luego —dijo Sinew, que suavizó su expresión—. Saben cuidar de sí mismos en la mayoría de las circunstancias. Cuento con que pronto los tendremos de vuelta. En cuanto a Dan... —se pasó una mano por el rostro—. Quizá debería ir a intentar rescatarlo.
—Después de lo que ha ocurrido —dijo Olga Ciavolga—, los soldados estarán aún más alerta. Y Dan tiene la pierna rota. Hay muy pocas probabilidades de que consiguieras robarlo sin que te capturasen.
—No estaba pensando en robarlo —dijo Sinew—. Estaba pensando en comprarlo —se metió la mano en el bolsillo y sacó una moneda—. Sangre y oro, eso es lo que esos soldados aman por encima de todo. No les daremos sangre si podemos evitarlo, pero tenemos suficientes soberanos de oro como para que les dé vueltas la cabeza. Podría conseguir traer de vuelta a Dan sano y salvo para cuando cayera la noche.
—No lo creo —dijo Olga Ciavolga—. Lo único que conseguirías sería alterar aún más las cosas. —Pero...
—¡No! —la anciana estaba tan preocupada que se había puesto pálida, pero alzó una mano para pedir silencio—. Debemos hacer lo que nos ha dicho Dan. Irás a ver a la Protectora para pedirle que detenga a los tutores y los saque del museo. Si lo consigue, creo que las salas de la guerra se apaciguarán un poco y Dan estará a salvo.
—¿Y qué pasa si la Protectora no puede detenerlos? —preguntó Goldie.
—En ese caso —dijo Olga Ciavolga—, tendremos que hacerlo nosotros mismos.
Sinew se puso la casaca y partió hacia el Protectorado. Flemo regresó a las dependencias traseras para esperar a Broo y Morg. Goldie no quiso ir con él.
—¿Puedo quedarme aquí contigo? —le dijo a Olga Ciavolga.
—Está bien —dijo la anciana—. Pero no te alejes. Y si los tutores regresan, escóndete de inmediato.
Se sentó ante un escritorio y comenzó a escribir en un libro inmenso. El sol del mediodía brillaba a través de la ventana del despacho. Goldie se apoyó en una de las estanterías y se metió las manos en los bolsillos de su babi, donde encontró la brújula.
La sacó y pasó los dedos sobre la cubierta metálica. Costaba creer cuánto había cambiado su vida desde que llegó al museo. Había ansiado ser libre y ahora lo era. Y aunque el museo contuviera muchos horrores, ella prefería enfrentarse a todos ellos, uno tras otro, antes que volver a su situación de antes.
Ahora comprendía que existen distintas formas de miedo. Estaba el terrible miedo de que alguien te apunte a la cabeza con un mosquete, o que una corriente de agua negra y empalagosa trate de sumergirte en sus profundidades. No había nada bueno en ese miedo. Estaba cerca de provocar que el corazón se te rompiera dentro del pecho, y hacía que te flaquearan las piernas de forma que apenas podían sostener tu peso. Te daba ganas de vomitar a causa del miedo.
Pero había otra clase de miedo, el miedo a que nunca te vayan a permitir ser quien eres en realidad. El miedo a tener que acallar tu verdadero yo, como un pájaro enjaulado, durante el resto de tu vida. Ese miedo era peor que cualquier soldado.
Volvió a guardarse la brújula en el bolsillo y sacó el broche azul esmaltado. Acarició las alas del pajarillo. «En realidad no soy libre», pensó, «no mientras mamá y papá estén encerrados en la Casa del Remordimiento...».
No muy lejos, se oyeron unas fuertes pisadas sobre los suelos de madera. Olga Ciavolga soltó su pluma.
—¡Rápido, niña! ¡Escóndete!
Goldie se arremetió en el hueco que había bajo el escritorio y se quedó pegada al suelo. Las pisadas se detuvieron de golpe ante el despacho.
—Los tutores han regresado —murmuró Olga Ciavolga sin separar apenas los labios—. Y han venido acompañados.
—¿Qué están haciendo? —susurró Goldie.
—No lo sé, pero llevan rollos de cuerda y tablones de madera. No me gusta la pinta que tiene esto. Quédate aquí. No hagas ningún ruido.
Olga Ciavolga salió a toda prisa del despacho. Goldie le oyó decir en voz alta:
—¿Qué significa esto? ¿Qué se creen que están haciendo?
—Estamos al servicio de los Siete —dijo otra voz que Goldie reconoció como la de la tutora Ilusa—, así que será mejor que se quite de nuestro camino, anciana.
Después, añadió, en voz aún más alta:
—¡Prestad atención, becarios! Quiero que hagáis esto bien y que lo hagáis rápido. Tú, tú y tú. A darle al martillo.
Se oyó un alboroto de togas y pasos que se arrastraban por el suelo. Goldie se pegó aún más contra el suelo y se asomó por un extremo del escritorio.
No podía ver a Olga Ciavolga, pero el pasillo estaba repleto de tutores jóvenes. Al parecer estaban disponiendo tablones en una línea horizontal a lo largo de la pared y a la altura de la cintura, cada uno pegado al que le precedía.
Goldie oyó un grito de furia y Olga Ciavolga entró en su campo de visión, con los ojos centelleando.
—¡No puedo creerlo! ¡Están intentando impedir que las salas se muevan! ¡Nos matarán a todos, idiotas!
—No hacemos más que seguir las órdenes del Adalid —dijo la tutora Ilusa.
—¡Maldito sea el Adalid! —exclamó Olga Ciavolga. Los tutores soltaron un gemido de horror, pero la anciana no se dio por aludida—. ¡Su maestro no tiene autoridad aquí! ¡El museo solo responde ante la Protectora!
La tutora Ilusa meneó la cabeza con desprecio.
—Mi maestro responde ante los Siete Dioses. Son más importantes que cualquier autoridad terrenal.
Hizo un gesto con el dedo y dos de los jóvenes tutores acudieron corriendo a su lado.
—Libraos de este incordio —les ordenó—. Encerradla en el despacho.
Goldie volvió a acurrucarse bajo el escritorio. Oyó cómo Olga Ciavolga forcejeaba, después cerraron con un portazo e hicieron girar la llave en la cerradura. Un momento después, comenzaron los martillazos.
Goldie tuvo la sensación de que, cuando se produjo el primer golpe, el museo soltó un aullido de rabia, tal y como había hecho Olga Ciavolga, pero un millar de veces más fuerte. Se dio cuenta de que estaba conteniendo el aliento, esperando a ver qué ocurría a continuación.
Se oyó un segundo martillazo...; después, un tercero.
El museo entero se estremeció.
—¡Deprisa! —susurró Olga Ciavolga—. ¡Ayúdame, niña!
Goldie salió rápidamente de debajo del escritorio y apoyó una mano en la pared. La melodía sobrenatural explotaba a su alrededor. Intentó cantar, pero la melodía ahogaba su voz. Cantó con más fuerza, con un tono aún más agudo, hasta que al fin consiguió hacerse oír. Desde algún rincón de las profundidades del museo, Flemo unió su voz a la suya y a la de Olga Ciavolga.
«Me pregunto si Flemo habrá adivinado a qué se deben esos martillazos», pensó. «Me pregunto si Broo y Morg habrán vuelto ya, y si estarán bien...».
Entonces Goldie se vio envuelta en una vorágine, y no hubo tiempo ni espacio para pensar en nada. La melodía sobrenatural la golpeaba en todas direcciones. Su voz se encaramó a ella como si fuera una barquita en mitad de un monstruoso océano. Goldie sintió que se balanceaba, viraba y estaba a punto de hundirse, una y otra vez.
En un momento dado, Olga Ciavolga y Flemo se quedaron sin aliento al mismo tiempo. La melodía se tornó más frenética que nunca. Goldie se aferró a ella a través de un hilillo sonoro. Ya no podía ver el despacho. Ya no podía oír nada salvo esas notas graves y temibles.
Pero justo cuando pensaba que ya no podría aguantar un segundo más, la voz de Olga Ciavolga volvió a sonar. Goldie se aferró a ella como si fuera un salvavidas. Entonces regresó Flemo también, que cantaba con todas sus fuerzas, aunque no pudieran verlo. Poco a poco, aquella desbocada melodía se fue entrelazando con su canción y comenzó a apaciguarse.
Olga Ciavolga apartó la mano de la pared. Tenía la frente perlada de sudor.
—Lo hemos contenido por el momento —dijo—. Pero me temo que no durará mucho.
Al otro lado de la puerta, los martillazos proseguían. El museo se retorcía como un gigante atormentado por moscas del pantano.
—¿Es que no se dan cuenta? —dijo Goldie—. ¿No oyen la melodía desbocada?
—Por lo visto, no —dijo Olga Ciavolga—. Pero aunque fuera así, me temo que seguirían adelante. Hay una intención maligna detrás de todo esto.
Se sacó la pañoleta del bolsillo y se la anudó alrededor de la cabeza. Después se acercó corriendo al escritorio y comenzó a abrir los cajones uno por uno.
—Si las salas de la guerra ya se estaban moviendo antes —dijo—, ahora deben de estar echando humo. Sinew tenía razón después de todo. Debemos rescatar a Dan antes de que sea demasiado tarde.
Recogió un puñado de soberanos de oro de cada cajón y se los guardó en los bolsillos. Goldie miró hacia la puerta cerrada.
—¿Cómo vamos a salir de aquí?
—¡Bah! —dijo Olga Ciavolga—. ¡Esos idiotas no saben nada sobre este lugar!
Se palmeó los abultados bolsillos, después se dirigió con largos pasos hacia la esquina de la sala y se puso de rodillas con un gruñido. Levantó el borde de la alfombra. Debajo había una trampilla.
—Este túnel nos conducirá a las dependencias traseras —dijo—. Hace muchos años que no lo utilizamos, así que estará lleno de polvo y de arañas —miró fijamente a Goldie—. Pero supongo que unas cuantas arañas no detendrán a una niña que ha atravesado la Puerta Furtiva.
Olga Ciavolga estaba en lo cierto. Había arañas en el túnel, y no solo unas cuantas. Goldie no podía verlas, pero se le pegaban al rostro las hebras de telarañas rotas, y cada vez que los martillazos cesaban le parecía escuchar cómo correteaban por las paredes con sus frágiles patitas.
Sintió un cosquilleo en la piel y apartó las telarañas a un lado, estremeciéndose. Un poco por delante de ella, la voz seca y cascada de Olga Ciavolga era como un ancla en la oscuridad.
—La gente de Alhaja —dijo Olga Ciavolga— trata a sus niños como si fueran florecillas del campo. Se creen que serían incapaces de sobrevivir sin una protección constante. Pero hay lugares en el mundo donde los niños y las niñas se pasan semanas enteras sin más compañía que un rebaño de cabras. Ahuyentan a los lobos. Cuidan de sí mismos, al tiempo que cuidan del rebaño.
Se detuvo. Goldie podía oír los martillazos, que ahora habían quedado atrás, una serie de golpes secos como si alguien estuviera llamando a una puerta lejana.
—¡Necios! —murmuró Olga Ciavolga—. ¡Imbéciles!
Entonces reanudó la marcha, arrastrando los pies.
—Y de ese modo, cuando llegan tiempos difíciles, que siempre acaban por llegar, esos niños son valientes y resolutivos. Si tienen que caminar de un extremo a otro del país, cargando con sus hermanitos, lo hacen. Si tienen que esconderse durante el día y viajar por la noche para sortear a los soldados, lo hacen. No se rinden tan fácilmente.
El túnel hizo un giro brusco hacia la derecha, y por un instante la voz de la anciana se perdió. Algo cayó encima del brazo de Goldie, que abrió la boca para gritar; entonces pensó en esos niños que cargaban con sus hermanitos durante la noche, cerró la boca y siguió adelante.
Dobló la esquina a tiempo para escuchar a Olga Ciavolga murmurar:
—Por supuesto, no estoy diciendo que esté bien dar una responsabilidad tan grande a los niños. Deben poder disfrutar de su infancia. Pero también se les debe permitir forjar su coraje y su sabiduría, y aprender cuándo hay que plantar cara y cuándo es mejor huir. Después de todo, si no se les permite subir a los árboles, ¿cómo van a ser capaces de ver el vasto y maravilloso mundo que se extiende ante ellos? ¡Ajá, ya hemos llegado!
Se detuvo en seco y comenzó a hurgar en un cerrojo que había en el techo del túnel. Se oyó un grito, y entonces alguien agarró la trampilla y la abrió desde el piso superior. Flemo se asomó por la trampilla, con Morg posada sobre su hombro.
—¿Qué está pasando? —dijo— ¿Por qué habéis usado el túnel? ¿Qué son esos martillazos? ¿Por qué...?
Una cabeza enorme y oscura lo apartó a un lado.
—Alguien le está haciendo cosas malas al museo —retumbó la cavernosa voz del iracán—. ¿Puedo ir a matarlos?
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