VIOLENCIA.
La complejidad de crear un concepto unívoco acerca de la violencia.
Es difícil lograr una conceptualización general del término violencia por la disparidad de criterios de análisis y falta de precisión de los mismos; al menos en lo que respecta a uno que logre abarcar todas las modalidades en que ésta puede presentarse. Por tanto, es conveniente referirse al fenómeno en plural, las violencias, más que en modo singular.
Etimológicamente, deriva del latín vis (fuerza) y latus (participio pasado del verbo ferus: llevar o transportar); semánticamente connota llevar la fuerza a algo o alguien.
Desde la dimensión política violencia se define como “el uso ilegítimo o ilegal de la fuerza”, para diferenciarla de aquella “legítima” ejercida por el Estado y su potestad en pos de mantener un estado de calma y seguridad en la población, como así también abarca el análisis de las guerras, conflictos armados, estudios sobre terrorismo y las relaciones internacionales. No alude a otro tipo de violencia.
Desde la dimensión social se complejiza encontrar puntos comunes sobre sus orígenes, causas, manifestaciones y soluciones.
Jean Claude Chesnais, (1981), radica la imposibilidad de la conceptualización al uso extensivo que se hace del término violencia y a la falta de una definición jurídica que lo delimite, y que deje de lado así toda posibilidad de flexibilización o fluctuación semántica del constructo teórico. Añade además que hay diferencias en los tipos de violencia, ya que cada sociedad da lugar a un tipo de violencia específico.
En un intento de delimitación del término, señala que “la única violencia medible e incontestable es la violencia física. Es el ataque directo, corporal contra las personas. ella reviste un triple carácter: brutal, exterior y doloroso. Lo que la define es el uso material de la fuerza, la rudeza voluntariamente cometida en detrimento de alguien” (J.C.Chesnais, 1981).
Destaca la importancia de los medios masivos de comunicación y el tratamiento que estos hacen de la violencia, creando universos simbólicos de representación, pudiendo exacerbar o minimizar los actos violentos, creando así una diferencia entre la dimensión real del fenómeno y la interpretada por los ciudadanos.
Para Alain Pessin, (1979), la violencia está siempre presente en la vida social. Sostiene que la violencia ha existido siempre y que ciertos períodos históricos la reactivan. Sólo tenemos conciencia de ella cuando se desborda y se convierte en un problema. Es cuando la violencia está mal negociada o elaborada dentro de las prácticas sociales cotidianas, de manera que sedimenta y puede aparecer de forma súbita y brutal.
Cuestiona a partir de cómo podemos hablar de un exceso de violencia si la violencia en sí misma es un exceso.
Desde el enfoque antropológico Ruth Benedict, (1970), señala que sociedades con discontinuidades en el proceso educativo, familiar y social, son más propensas a desarrollar personalidades con comportamientos agresivos y violentos, que aquellas en que el desarrollo personal se realiza de forma más gradual. Destaca tres aspectos específicos de la relación personalidad y cultura:
-Status responsable contra status no responsable: desde el juego irresponsable de la niñez al trabajo responsable de la adolescencia, contribuye a la problemática del adolescente y a un comportamiento antisocial por las exigencias de que es objeto por parte de la comunidad.
-Dominación contra sumisión: el niño tiene que abandonar la sumisión infantil y adoptar una actitud de dominación en la edad adulta.
-Actitud sexual contrastante: nuestra cultura promueve la discontinuidad en el papel sexual, causado por las diversas contradicciones informativas que se les da a los niños y adolescentes, que crean confusión y conflictiva familiar y social por las exigencias en el comportamiento individual y social.
Estos tres aspectos en sociedades que fomentan la continuidad se dan en forma suave y gradual de manera que no se tornan conflictivas.
Otto Klineberg, (1980), desde la perspectiva psicosocial, introduce el término agresividad en conexión con el de violencia. Esto suscita también diversidad de interpretaciones en cuanto a la dimensión del concepto, ya que algunos autores lo consideran aún más amplio que el de violencia, y dejan a este último como una de las modalidades de expresión de aquél.
Agresividad humana se define así como actitud que se caracteriza por el ejercicio de la fuerza contra las personas y/o los bienes en el propósito de herir o destruir.
Se diferencia también la noción de violencia individual y colectiva, por lo que la primera engloba el homicidio y es competencia de juristas y criminólogos, mientras que la segunda abarca los levantamientos populares y revoluciones y son abordados por sociólogos, historiadores y politólogos. Concluye que la agresividad no es algo innato ni heredado, sí, un comportamiento adquirido. Por tratarse de un fenómeno multidimensional, son las circunstancias sociales las que determinan el pasaje al acto y sus modalidades.
Ya Sigmund Freud, (1930), en el Malestar en la Cultura se refiere la agresividad cuando señala que el hombre no es enteramente bueno ni malo…”se trata de un ser entre cuyas disposiciones instintivas también debe incluirse una buena porción de agresividad…”, “...el prójimo no le representa únicamente un posible colaborador y objeto sexual, sino también un motivo de tentación, para satisfacer en él su agresividad, para explotar su capacidad de trabajo sin retribuirla, para aprovecharlo sexualmente sin su consentimiento, para apoderarse de sus bienes, para humillarlo, para ocasionarle sufrimientos, martirizarlo y matarlo” (Freud, 1930).
El psicoanálisis alude que nuestra inscripción en lo simbólico, en la cultura es violenta en la medida en que nos es impuesta. Se trata de una violencia estructural ya que desde el momento de la concepción se nos imponen nombres, expectativas, espacios, religiones, etc., que responden al deseo de un Otro.
La subjetividad se funda a través de nuestras primeras experiencias de satisfacción y dolor en el interjuego con los otros significantes portadores de la satisfacción , la necesidad, del amor humanizante y también de la prohibición. Este interjuego permite la inscripción de experiencias que van conformando nuestro psiquismo, y en la medida que éstas introduzcan un sentido y significación de las mismas se constituirá el juicio de realidad que junto con la identidad de percepción y pensamiento nos otorgan la posibilidad de discriminación y juicio. Las distintas identificaciones van alimentando los ideales que van más allá de los parentales y que son la marca que la cultura deja en el sujeto. Es así que se adviene en sujeto y son las instituciones las que transmiten un discurso en conjunto que atañe a ese sujeto y se espera que éste los reproduzca perpetuando así el modelo sociocultural. Este discurso es el que lo soporta y que en su devenir histórico tomará autonomía relativa reafirmando o rectificando el mismo según sus experiencias.
Es así, que la familia como principal institución encargada de la transmisión cultural, es en la que se adviene en sujeto y es también donde germina la violencia, dependiendo de cómo se estructure la dinámica de los lazos imaginarios entre sus integrantes. De ahí la importancia de reflexionar cómo educamos a nuestros hijos, qué tipo de referentes somos, qué modelos, valores, creencias, tipos de vinculación les estamos transmitiendo.
Cuando se produce un acto violento, tanto individual como colectivo, de carácter criminal o no, hay una ruptura en el orden jurídico-social. Implica una regresión hacia el desequilibrio pulsional en el que la discriminación y la indiferenciación anulan la posibilidad de utilizar la palabra para comunicarse, propiciando situaciones donde esta no tiene lugar con acciones sin sentido o es utilizada a modo de acto.
Se denomina Pasaje al Acto y denota una falla en la simbolización, por lo que la acción reemplaza al lenguaje y le otorga a la descarga un carácter explosivo y una impulsividad que resulta de la ausencia de elaboración mental de la pulsión.
Este tipo de comportamiento no es privativo de las psicopatías, sino que puede presentarse en cualquier organización como por ejemplo las de tipo neurótico, perverso o psicótico. De ahí la conveniencia de aludir a “Actos Psicopáticos” como un paso a la acción.
Esto genera la ruptura, destrucción o distorsión de las redes vinculares sociales, familiares e intrapsíquicas con los correspondientes alteraciones en el orden de los significantes estructurantes, tanto a nivel social como individual.
Philip Zimbardo, (1971), psicólogo social, con su Experimento de la Prisión de Standford, investigó como cualquier persona, dada la influencia apropiada, puede abandonar su moral y colaborar en la violencia y la opresión. El proyecto planeado para dos semanas de duración, fue cancelado a los seis días por haberse vuelto demasiado real para los participantes. Los prisioneros se volvieron sumisos y depresivos y los guardias se volvieron sádicos y abusadores. Explica que sea por acción directa o inacción la gran mayoría sucumbe a su lado más oscuro cuando se da un ambiente que lo influencie.
Denominó Efecto Lucifer a la situación en que las personas justifican ser inhumanas con otras y cometer maldades bajo circunstancias sociales adecuadas.
Jean Marie Domenach, (1980), por su parte, introduce el término moderno de violencia y lo concibe bajo tres aspectos:
-a)El aspecto psicológico: definido como un impulso irracional y muchas veces criminal.
-b)El aspecto moral: como un atentado a los bienes y la libertad del otro.
-c)El aspecto político: como el uso de la fuerza para apoderarse del poder o desviarlo a fines ilícitos.
Basanta M, González J., (1995), la definen de la siguiente manera: “La violencia tiene que ver con la utilización de la fuerza física o de la coacción psíquica o moral por parte de un individuo o grupo de sujetos en contra de sí mismo, de objetos, o de otra persona o grupo de personas víctimas por lo que constituye una amenaza o negación de las condiciones de posibilidad de realización de la vida y de la supervivencia”. (Basanta M, González J. Violencia en la mujer. Taller sobre Sociedad, Violencia y Salud, IML. Enero. 1995).
Se trata de una actividad esencialmente humana, protagonizada por el hombre como miembro de una determinada sociedad y es todo el conjunto de condiciones que lo atraviesan lo que la hacen posible. Es un proceso y no un hecho aislado. Es un problema sumamente complejo, por los múltiples factores influyentes que se le reconocen: condiciones desfavorables de vida, mayor proporción de factores destructivos que protectores en la vida de un individuo, presencia de ingesta de alcohol, drogas y medicamentos, así como el empleo inadecuado de los medios de difusión y comunicación.
La Organización Mundial de la Salud, (2002), la considera como “el uso intencional de la fuerza o el poder físico, de hecho o como amenaza, contra uno mismo, otra persona o un grupo o comunidad, que cause o tenga muchas probabilidades de causar lesiones, muerte, daños psicológicos, trastornos del desarrollo o privaciones”.
¿Por qué asociar la violencia con el concepto de salud? Porque salud no sólo alude a la ausencia de enfermedades, sino el estado de completo bienestar biológico, psicológico y social. Si existe la violencia como factor actuante sobre los tres aspectos anteriores, es evidente que afecta el estado de salud.
Los niños son el reflejo de lo que se ve en sus padres.
¿Qué tipo de referentes somos, qué modelos, valores, creencias, tipos de vinculación les estamos transmitiendo?