Anna Ajmátova

Epílogo

I


He entendido cómo los rostros se vuelven huesos,

cómo acecha el terror debajo de los párpados,

cómo el sufrimiento inscribe sobre las mejillas

las duras líneas de sus textos cuneiformes,

cómo los lucientes rizos negros o los rubios cenizos

se vuelven plata deslustrada de la noche a la mañana,

cómo las sonrisas se esfuman de los labios sumisos,

y el miedo tiembla con una risita entre dientes.

Y no sólo ruego por mí,

sino por todos los que permanecieron afuera de la prisión

conmigo en el amargo frío o en el ardiente verano

debajo de este insensato muro rojo.


II


Con el año nuevo regresa la hora del recuerdo.

Te veo, te oigo, te escucho dibujando cerca:

a aquél que tratamos de auxiliar en la caseta del centinela

y que ya no camina sobre esta preciosa tierra,

y aquélla que agitaría su bella melena

y exclamaría: es como volver al hogar.

Quiero enunciar los nombres de aquella muchedumbre,

pero se llevaron la lista y ahora está perdida.

Les he tejido una vestimenta hecha

de palabras pobres, las que alcancé a oír,

y me asiré con firmeza a cada palabra y a cada mirada

todos los días de mi vida, incluso en mi nueva desgracia,

y si una mordaza cegara mi boca torturada,

por la que gritan cien millones de gentes,

entonces déjenlos rezar por mí, como yo rezo

por ellos en esta víspera del día de mis recuerdos.

Y si mi patria alguna vez consiente

en fundir un monumento en mi nombre,

estaré orgullosa de que se honre mi memoria,

pero sólo si el monumento no se coloca

cerca del mar donde mis ojos se abrieron por vez primera

—mi último lazo con él hace mucho está disuelto—

tampoco en el jardín del Zar, cerca del tocón sagrado,

donde una sombra adolorida acecha la tibieza de mi cuerpo,

sino aquí, donde soporté trescientas horas

de fila ante las implacables barras de hierro.

Porque aun en la muerte venturosa tengo miedo

de olvidar el clamor de las Marías Negras,

de olvidar el chirrido de esa odiosa puerta

y a la vieja aullando como bestia herida.

Y desde mis inmóviles cuencas de bronce,

la nieve se derretirá como lágrimas, goteando lentamente,

y una paloma arrullará en alguna parte, una y otra vez,

mientras los barcos navegan suavemente sobre el

caudaloso Neva.

 Anna Ajmátova [ Marzo 1940]