Entre nubes y calles
ESCUELA
Visité una escuela rural.
Tenía diecisiete años de polvo
y casi un centímetro espeso de nostalgias.
Rogué que me dejasen solo.
El tiempo que durase el cigarrillo
que fumaba. Los pupitres bipersonales
enmudecidos, muriéndose de ausencias.
Un mapa antiguo de la provincia,
con úlceras en la piel, perdidos
los llamativos colores de sus ríos
y montañas. En el armario desvencijado,
entre las hojas de los libros,
cadáveres de dedos y esperanzas.
Un maestro clavado en su sillón.
Algunas maestras de sonrisa dulce,
crucificadas en las paredes.
La cruz era de problemas, los clavos
de miradas y su corona de espinas
la letra del catecismo, las faltas
de ortografía y los cuadernos
con manchas. Dos papeleras de mimbre
aún guardaban garabatos y dibujos,
con restos de travesuras y mondaduras
de lágrimas. En la estufa, un puñado
de cenizas de amorosas fantasías
y en las macetas, plumas de palomas blancas.
En la frente, un crucifijo de escayola.
En las sienes, dos retratos históricos
y una Inmaculada. Escuela muerta. Con aromas
muertos. El cigarrillo me quemó en el alma.
Abandoné el local. Como recuerdo, dejé
mi mano derecha colgada en la pizarra.