Entre nubes y calles
EL SILENCIO
Salí de casa.
Estaba nublado el cielo.
Crucé las calles instintivamente
y llegué al camino que conduce al cementerio.
Las luces se iban apagando.
Atrás, temblando, quedaba el pueblo.
Escuché, mordidos por el frío,
los ladridos de los perros.
Seguí adelante observando los árboles
con sus manos engarabatadas
y miles de perlas en sus dedos.
Llegué.
Solté la cuerda que unía las verjas
y al correrlas chirriaron con estruendo.
Mis pisadas hacían crujir
la gravilla del suelo.
Los cipreses, dormidos,
no se movieron. El silencio
paseaba entre las tumbas.
La luna salió un momento
entre unas nubes y pude ver la paz,
dormida sobre el suelo.
Me acerqué a la sepultura. La besé
y mis lágrimas gimieron.
Apoyado en un ciprés recordé y lloré
hasta que el frío congeló mi cuerpo.
Le di las buenas noches.
Le dije adiós con otro largo beso.
Sin saber cómo y por dónde
regresé hasta el pueblo.
... Y muchas noches me pregunto
después de estas visitas, me pregunto, Carmentxu,
quién de los dos es el muerto.