"Veo que estás hablando de Educación Sexual. ¿Pero por qué no de Educación Afectiva-Sexual, que podría quedar más elegante?"
"Simplemente porque es bueno llamar a las cosas por su nombre."
Los términos 'sexo' o 'sexual' no tienen muy buena prensa. ¡Y son tantas las veces en que salen malparados! Veamos algún que otro ejemplo.
La dicotomía sexo-género fue acuñada, en 1975, por la antropóloga Gayle Rubin. Y poco a poco fue calando en la sociedad. Nada de particular, a no ser porque implica un reduccionismo desmesurado de la dimensión sexo, y me explico.
Se define el género como un principio organizativo tanto de la vida social como de la conciencia humana; una construcción simbólica de tipo sociocultural, en la que se dan cita rasgos de personalidad, actitudes, valores, identidad, comportamientos... que diferencian a varones y mujeres. ¡Estupendo! ¿Pero qué queda para el sexo? Lo meramente biológico. Pues ya no me parece tan estupendo, ya que 'sexo' es mucho más que eso. Ni siquiera necesito inventarme nada; me basta con acudir a la ciencia sexológica.
Si continuamos viaje navegando hasta el siglo IV a. C., nos encontramos con la teoría platónica del amor. En ella, el cuerpo, lo sensible, es algo impuro; sólo si uno es capaz de imponerse a esas impurezas, podrá acceder a la belleza trascendente. A diferencia, el alma, incorpórea, representa lo eterno.
Dejemos a Platón tranquilo. Pero puede que sus apuestas de hace unos 24 siglos sigan coleando entre nosotros cada vez que nos encontramos con la dicotomía sexo-amor. El lenguaje no es inocente; abarca más de lo que dice: el sexo, que es necesario, al menos para la reproducción, representa lo zafio, si bien puede ser salvado por el amor, consejo que obvió la revolución sexual de los años setenta, al reivindicar el sexo por puro placer.
Luego, ya con la democracia, llegaron las apuestas del ministerio de educación, con leyes que amparaban la educación afectivo-sexual. ¿Tan pobre era la concepción que se tenía de lo 'sexual', que había que arroparla de afectividad? Todo hubiera podido ser más sencillo, señores tecnócratas; no habría hecho falta sino acudir a la ciencia sexológica, y al nuevo paradigma sexual, para nombrar a cada cosa por su nombre: Educación Sexual no remite a "eso", sino a Educación de los Sexos, y lo he escrito —no me ha salido de otra manera— con mayúscula.
Si acudimos al código penal, rápidamente caemos en cuenta que a los legisladores, haciendo de su capa un sayo, la etiqueta 'sexual' les ha venido de perillas para señalar lo más abyecto y vil del ser humano: discriminación sexual, acoso sexual, abuso sexual, agresión sexual, violencia sexual, maltrato sexual, depravación sexual, perversión sexual, explotación sexual...
También ha venido bien en el ámbito socio-sanitario: enfermedades de transmisión sexual (ETS), infección por transmisión sexual (ITS), parejas sexuales, potencia sexual, acto sexual, actividad sexual, protocolo en caso de acoso sexual, encuesta de hábitos sexuales, falta de apetito sexual, disfunción sexual...
Si nos vamos a prácticas de riesgo a través de las redes, el universo semántico 'sexual' tampoco resulta demasiado halagüeño.
El sexting abarca imágenes o vídeos de contenido sexual.
El grooming es utilizado por depredadores sexuales que pretenden ganarse la confianza del menor y obtener de él concesiones sexuales.
Quien utiliza la sextorsión, amenaza a la víctima con difundir imágenes íntimas, a no ser que obtenga de ella favores sexuales.
Las redes de pornografía infantil pretenden captar víctimas con fines de explotación sexual.
Ocurre lo mismo con la contraseña 'sexo' en el lenguaje cotidiano: tener sexo con..., practicar sexo rápido, ser adicto al sexo... En Internet abundan los titulares sobre cómo practicar más sexo, incluso hay páginas que ofrecen sexo gratis.
Sexo va y sexo viene. ¿Pero qué esconde ese término?
"¡Hombre, todo el mundo lo sabe!"
Yo no estaría tan seguro que todo el mundo conoce que esa concepción tan pobre de 'sexo' o 'sexual' remite al antiguo paradigma sexual, por tanto anterior al siglo XVIII, y que arrastra consigo muchas de nuestras miserias: androcentrismo... coitocentrismo... ismo... ismo...
Debemos ser conscientes que cuando iniciamos un ciclo de educación sexual, no tenemos otra que nadar contra corriente, pues todas esas concepciones están ahí, más o menos latentes. Nada extraño. Precisamente los y las docentes sabemos mucho de eso, ya que forma parte de nuestro día a día. Pero tendremos que dilucidar si el lenguaje políticamente correcto es siempre la mejor opción. Yo diría que, en este caso, no. Así que preferible el término de Educación Sexual, esto es, Educación de los Sexos.
"¿Y eso?"
"Únicamente porque conviene llamar a las cosas por su nombre."