La visita semanal al supermercado se había convertido en una rutina para mí, donde me pasaba horas observando las góndolas, recordando las cosas que más le gustaban a Teodoro y hasta a veces compraba su cereal favorito simplemente para darle el gusto a su memoria. Con esto no pretendía retener a mi hijo, o pensar que no se fue, sino que era simplemente porque me hacía sentir bien.
En una de esas idas al supermercado, dos meses después del fallecimiento de Teodoro, estaba recorriendo la góndola de las golosinas y de pronto, vi la figura de un niño que corriendo cruza el pasillo, la silueta del niño era tan idéntica a mi hijo, que quedé petrificado en ese lugar, sin atinar siquiera a seguir a la figura para saber si era verdad o fruto de mi imaginación, sinceramente no podía dar crédito a mis ojos. Para cuando logré moverme e ir al pasillo principal, ya no encontré al niño, desesperado empecé a buscar por todo el local pero no hallé a ningún chico que coincidiese con la imagen que vi.
Durante toda esa semana no pude quitar de mi mente a la figura de aquel niño, esa imagen me per- seguía por todas partes, ¿será que me estoy volviendo loco?, me preguntaba a mí mismo.
El sábado siguiente fui nuevamente al super- mercado, pero ahora con más ganas de ver de nuevo a la figura que hacer las compras de la semana. Giré lentamente y entré al pasillo de las golosinas, no había nadie, mi corazón comenzó a latir fuertemente y una mezcla de alivio y de frustración se posó en mi pecho. Un carrito proveniente del pasillo central apareció, mi corazón se detuvo, al mando del carrito iba un niño, el parecido con Teodoro era tal, que quedé de nuevo petrificado. El niño se fue acercando mirando atentamente los dulces y chocolates de la góndola, mis ojos se llenaron de lágrimas y en el momento en que iba a decir el nombre de mi hijo, una mujer entró en la punta del pasillo diciendo “¡Luisito!”, el niño giró la cabeza.
– ¿Dónde te metiste, hijo?
– Perdón, mami, es que quería ver si había mis chocolates favoritos.
Pareciera que mi corazón estaba a punto de salir por la boca, no sabía qué hacer, ni qué decir, me encontraba inmóvil frente a la mujer y al niño, no fue una ilusión, pero tampoco era Teodoro.
– Vamos, mi amor, o llegaremos tarde a tu partido.
– Sí, mami…
La mujer, de hermosa figura, cabellos negros enrulados, increíbles ojos verdes y piel blanca, se fijó por un momento en mi presencia y me regala una sonrisa. La seguí con la mirada mientras se alejaban por el corredor del supermercado dirigiéndose hacia la caja. En ese instante me apresuré a terminar mis compras y me dirigí al estacionamiento, donde logré alcanzar a la mujer.
– Disculpa, me llamo Al…
– Alfredo, sí, lo sé. Te vi en los diarios meses atrás. Lamento mucho tu pérdida.
– ¿Muchas gracias, y cómo te llamas?, si no es molestia preguntar.
– Me llamo María, él es mi hijo Luisito. ¿Te podemos ayudar en algo?
– En realidad solo quería conocerlos, es que tu hijo se parece tanto a mi hijo, que me quedé muy asombrado. Espero no haberte asustado o molestado.
– ¡Oh! No te preocupes, no es molestia, aunque estoy algo sorprendida; en realidad no se me han acercado muchos hombres desde que el papá de Luisito murió, es por eso el asombro.
– Entonces tampoco les molestaría que los invite a merendar.
– La verdad es que hoy tenemos otros compromisos, tengo que llevar a Luisito a su práctica de fútbol, pero si te parece podríamos quedar para mañana.
– Me parece bien, ¿Cómo hacemos, los paso a buscar o nos encontramos en algún sitio?
– ¿Qué te parece si nos encontramos en el centro comercial que está sobre la avenida Aviadores del Chaco, a las 4, en el patio de comidas?
– Perfecto, nos vemos mañana entonces. Fue un placer conocerte María, y a ti también, Luisito.
– Adiós, Alfredo.
Ese domingo el centro comercial se encontraba repleto de gente y había llegado al patio de comidas 20 minutos antes de la hora pactada. Me encontraba muy emocionado y curioso. Fui a sentarme en una mesa desde donde podría ver todos los accesos al lugar, y allí me dispuse a esperar a que lleguen María y Luisito.
Llevaba ya 30 minutos esperando y comenzaba a inquietarme, cuando los vi venir por uno de los pasillos. María llevaba un vestido estampado bien ceñido al cuerpo y Luisito un conjunto de remera verde y short gris, los colores favoritos de Teo. La belleza de María volvió a cautivarme, no había sentido esto por ninguna mujer desde el fallecimiento de mi esposa, estaba embelesado ante la visión que ofrecían mis ojos. Igualmente, el pequeño me hacía recordar tanto a mi hijo que tenía miedo de llamarlo Teodoro en cualquier momento.
Luego de la maravillosa tarde que pasamos juntos en el centro comercial, María, Luisito y yo entablamos una hermosa amistad, con salidas a cenar, al cine, pasábamos juntos los fines de semana yendo a parques y plazas, y empecé a pensar que podría volver a tener una vida normal, creí que Dios me estaba dando una segunda oportunidad, ya nacía mi esperanza en que nunca estaría solo.