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El entierro de mi pequeño fue aún más triste que el de mi esposa. El cementerio lucía lúgubre y frío, y mis amigos no hacían mucho para mejorar el ambiente, ya que todos estaban desconsolados por la muerte de Teodoro, sobre todo porque yo había perdido a Ana hacía apenas 1 año. En el momento de colocar el ataúd en el foso, la gente empezó a arrojar flores, y pronto todo se cubrió de tonos multicolores. Las lágrimas no dejaban de brotar de mis ojos, mi desaliento era insostenible, aunque seguía pensando que Teodoro estaría bien. La voz de aquel niño que me dijo que Teodoro iba con la señora de blanco no dejaba de sonar en mi cabeza.
Una vez cubierta la tumba con tierra, mis amigos y familiares empezaron a retirarse lenta y silenciosamente, Yo me quedé parado, inmóvil, con la mirada fija en el montículo que ahora custodiaba el cuerpo de mi único hijo. Mis pensamientos me llevaban al momento de la muerte, el ruido de los neumáticos al arrastrarse por el asfalto, el grito de la gente, pero lo que más recordaba eran las palabras de Teodoro “No te preocupes, papá, mamá vino a cuidarme”… ¿Sería posible que en verdad Ana haya estado ahí para acompañar a Teodoro en su camino al cielo? Si de algo estaba seguro era de que mi hijo fue al cielo, tenía que creer en eso y aferrarme a esa esperanza para darme fuerza y consuelo. “Por lo menos está con Ana”, decía.
Las noches siguientes no podía conciliar el sueño, me pasaba largas horas mirando las fotos de Teo y recordando los momentos que pasé con él, esos momentos que no volvería a tener jamás. Nunca volvería a escuchar sus risas, a prepararle el desayuno, a llevarlo a la escuela. Todo había terminado para mí, ya no tenía sentido mi vida. Algunas de esas noches, cuando lograba dormir, en mis sueños aparecían mi hijo y Ana juntos, corriendo de la mano por verdes campos, riendo y saludándome con las manos, y me decían que no sufra, que siga con mi vida, que ellos estarían ahí para protegerme y consolarme. Cada vez que tenía estos sueños, me despertaba con mejor humor, y hasta parecía que las penas se iban alejando por momentos.
Mi vida ya no era la misma, es cierto, pero en esos días tomaba la decisión de seguir adelante, de continuar avanzando, de soportar de la mejor manera la tortura de no tener a las dos personas que más quise en el mundo. En mi ferretería, aten- día con ganas a mis clientes, ordenaba los nuevos productos, limpiaba el departamento, y lo más importante es que cuidaba más mi apariencia, ya que los días anteriores siempre estaba desaliñado, des- peinado y con la barba crecida. Mis amigos aprovechaban estos días para invitarme a toda clase de eventos, reuniones en el bar, asados en la casa de alguno, juego de cartas, ir al estadio, cualquier cosa que pensaran que me ayudaría a olvidar, aunque sea por unas horas, de todo el sufrimiento que llevaba en mi interior.
Cierta noche, el sueño fue aún más extraño, sentí que me despertaba en mi cama, y frente a mí estaba Teodoro, de pie, con una luz blanca que brillaba con gran intensidad, tanto que me obligaba a protegerme los ojos con las manos. Sin que pueda decir nada, mi hijo se acercó más, tocó mis mejillas y con una voz celestial me dijo que ya no tenía que estar triste, que debo estar feliz porque él está bien con su madre, que me esperará siempre y que me ama con todo su corazón. Cuando dijo estas últimas palabras, la figura de Teodoro se fue apagando poco a poco. Estiré los brazos intentado sujetar a mi hijo, pero ya no estaba.
Cuando abrí los ojos y me di cuenta de que seguía acostado en la cama. Todo fue un sueño, un sueño muy hermoso que me devolvió las fuerzas, las ganas de luchar, de vivir por el recuerdo de mi hijo. Estaba decidido a cambiar y seguir adelante con mi vida.
Ahora la pregunta que rondaba en mi cabeza era: ¿Cómo lo haría?, mi alma estaba destrozada, partida en mil pedazos. Buscaba en mi mente re- cuerdos alegres de Teodoro y Ana para aferrarme a ellos y poder seguir adelante, y en verdad tenía muchos, muchos de ellos que solo en mi habitación me hacían reír, aunque aún las lágrimas asomaban en mis ojos como pequeños cristales de alma que salían de mi cuerpo.
Salí de mi habitación, me di una ducha, me afeité y decidí ir al supermercado a comprar las cosas que necesitaba para la casa y así de paso distraer mi mente de los pensamientos en Teo y Ana. Compré lo básico y volví a casa, mientras preparaba el almuerzo, tomé la decisión de esa misma tarde volver a abrir la ferretería, ya habían pasado unas semanas de la muerte de Teo, por lo que creí que eso también ayudaría a mantener mi mente ocupada.