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Pese a todos los buenos momentos que pasaba con María y Luisito, algunas noches todavía me encerraba en mi cuarto junto al “Cajón de los recuerdos”, como llamaba a una vieja valija llena de fotografías, cartas y otros recuerdos de mi esposa e hijo, y por más que ya había vaciado el cuarto de Teodoro y guardado todos los objetos de Ana, siguiendo el consejo del psicólogo, no podía deshacerme de los recuerdos que llenaban toda la casa. Decidí entonces alquilar la casa e ir a vivir al departamento que tenía sobre la ferretería. Mi próspero negocio se encontraba en un barrio donde los talleres abundaban y por lo tanto tenía mucha clientela.
A pesar de toda la tragedia que me tocó vivir, acudía regularmente al templo y solía tener largas charlas con mi amigo, el padre Roberto, que estaba siempre dispuesto a escucharme y aconsejarme cuando la pena en mi corazón llegaba a un punto difícil de soportar.
“Señor, no soy nadie para pedirte nada; solo soy un pobre hijo tuyo que necesita de ti, pero antes que me mires y escuches, mira y escucha a los padres que están como yo, sufriendo por sus seres queridos fallecidos, guárdalos en tu manto santo y no los abandones...
...Te ruego en especial por Teodoro y Ana, que estoy seguro de que están contigo y ahora me escuchan como tú lo haces. No los abandones, Señor, y tenlos en tu Gloria... Amén...”.
Antes de acostarme por las noches, pedía a Dios por mi esposa e hijo y también por los padres que estuvieran en mi misma situación.
La Navidad llegó muy pronto para mí que no podía recuperarme del todo, pero aun así persistía y luchaba, y en los días de mayor soledad no me explicaba por qué sentía esa paz y esa tranquilidad como si alguien me estuviera acariciando con gran ternura y cariño.
La noche del 24 de diciembre fui a la casa de María y al dar las 12, felicitando a Luisito, por primera vez sentí a Teodoro cerca... pude percibir cómo lo abrazaba y oí nuevamente aquel zumbido y esta vez diciéndome... “felicidades, papá, te queremos mucho”. Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo, y sin darme cuenta comencé a llorar como un niño. Ni María ni Luisito sabían qué decir o hacer; se imaginaban cómo debía sentirme y más aún siendo la primera Navidad que pasaba sin mi hijo.
– Si hubiese podido, daría mi vida por no perder las suyas –dije sollozando–, pero se fueron ambos. Yo estuve allí y nada pude hacer para evitarlo... si hubiera sido un poco menos complaciente y no lo dejaba llevar la bici, estaría conmigo todavía.
– No te tortures así –me consolaba María abrazándome–, tú no tienes la culpa... cuando nos llega la hora, no hay nada que podamos hacer, ni existe nadie a quien podamos acudir...
– Entonces... ¿Quién tiene la culpa? –La interrumpí con un poco de rabia en mis palabras–. ¿Dios...? ¿Él es el culpable de todo...?, no creo que Dios tenga la culpa, y como dice el padre Roberto, “nada ocurre al azar, todo tiene un porqué...”; pero soy demasiado ignorante para saber la razón por la cual Dios me quitó a mi esposa y a mi hijo; yo siempre cumplí con Él... iba todos los domingos a la misa... evitaba cometer pecados... me confesaba seguido... creo haber sido un buen padre, un buen esposo, un buen hombre... pero me doy cuenta de que, a pesar de haber hecho todo lo posible por ser bueno, nada de mi esfuerzo sirvió.
– No hablemos más de ello –sugirió María–, ya es Navidad, y aunque tengamos penas en el corazón, estoy segura de que como el niño Dios que está naciendo, nacerán con Él la alegría, la esperanza y la fuerza que te ayudarán a seguir adelante. Por de pronto, aquí me tienes a tu lado, te prometo que te voy a ayudar...
– ¡Sí... te vamos a ayudar! –me dijo Luisito con una voz tan tierna que me conmovió–. ¡Te quiero mucho!
– Gracias a ambos, no sé qué hubiera hecho si no les hubiera conocido...
Ya sentía un gran afecto por Luisito y María, pasaba mucho tiempo con ellos, sobre todo con Luisito, lo llevaba a pasear y lo complacía en todo; en cierto modo esta actitud mía molestaba a María, ya que pasaba la mayor parte del tiempo con su hijo dejándola muchas veces de lado. Yo me daba cuenta de esto, pero era como que quería compensar el tiempo que me fue quitado de estar con mi hijo y que Luisito era como mi segunda oportunidad, y no la iba a desaprovechar.
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En mi departamento solía pasar largas horas de insomnio. Cierta noche soñé que iba caminando con Ana, y Teodoro delante montado en su bicicleta roja, contentos, despreocupados. Era tan real el sueño que pensaba que en realidad estaba ocurriendo, los sentía tan cerca, los podía tocar, acariciar, besar, estaban ahí como si nada hubiera ocurrido, éramos nuevamente una familia feliz. Mientras caminábamos por una verde pradera, con flores multicolores y mariposas que revoloteaban jubilosas; el sol tibio y muy brillante, los árboles del bosque cercano tenían un color verde intenso; jamás vi un sitio tan hermoso. En un momento del sueño nos sentamos sobre una gran manta blanca en la cual había una canasta para picnic con una gran variedad de comidas; Ana comenzó a distribuirla sobre la manta, comíamos y comíamos, pero la comida nunca acababa.
Creo que habré soñado unas cuatro horas completas cuando el teléfono me despertó, era María avisándome que no podían ir al picnic porque Luisito había amanecido con un poco de fiebre, al escuchar esta noticia salí inmediatamente a ver a Luisito. Cuando llegué a la casa fui directamente a la habitación de Luisito, casi sin saludar a María.
– ¿Cómo está? –pregunté muy preocupado.
– Está bien, Alfredo –me respondió María intentando calmarme–, es solo una gripe, verás que para mañana estará de nuevo jugando y saltando.
– ¿Estás segura? ¿Llamaste al médico?, puede ser algo grave.
– Cálmate, Alfredo, yo soy la madre y sé cuándo está bien o no, si te digo que está bien es porque así lo está...
– Discúlpame, María, es solo que me preocupo mucho por lo que le pueda ocurrir a Luisito, tú sabes cuánto lo quiero, es como si fuera “mi propio hijo”.
– Sí... ya me di cuenta –me dijo María algo molesta–, hoy entraste como alma que lleva el diablo y ni siquiera me has saludado, y la mayor parte del tiempo la pasas con él, dejándome de lado. A veces pienso que estás conmigo solo para tener cerca a Luisito.
– No es así, María, yo te quiero mucho y no sé qué haría sin ti; pero también quiero a Luisito y no quisiera que les ocurra nada malo, no me lo perdonaría; ya me pasó dos veces y no quiero que vuelva a ocurrir.