– Trae eso, hijo, o llegaremos tarde –le dije a mi hijo Teodoro, señalándole una canasta con comida que llevarían al picnic.
– Papá, ¿podemos llevar mi bicicleta nueva? –me pregunta con los ojos alegres de un color marrón intenso.
– No hijo. Habrá muchos autos y será peligroso.
– Por favor, te prometo que voy a ser cuidadoso.
– Está bien –consiento–, pero nada de jugar en la calle.
El parque estaba abarrotado de gente. El clima era ideal, y todo estaba listo para festejar “El Día del Niño”. Como todos los años, Teodoro y yo iríamos a la gran celebración, allí nos encontraríamos con amigos y pasaríamos un día jugando y divirtiéndonos mucho.
Cargamos las cosas en el coche, y luego partimos hacia el sitio que escogimos para pasar ese día. Como todos los años, el tráfico rumbo al parque fue un caos, cientos de vehículos iban al mismo lugar que nosotros, así que tardamos más de una hora en llegar y encontrar un sitio vacío en el estacionamiento que estaba abarrotado. El parque, estaba adornado con globos multicolores, guirnaldas y carteles alusivos a la festividad anual del “Día del Niño”. La gente iba y venía de las diferentes atracciones que fueron colocadas por todo el predio para que los niños puedan disfrutarlas y divertirse.
El día fue fantástico, Teodoro no se detuvo en ningún momento, salvo para comer el riquísimo sándwich de atún que le había preparado. Jugó con sus amigos al fútbol, montó en su bicicleta, corrió por el parque, se subió a todas las atracciones; en fin, fue uno de los mejores “Día del Niño” que Teodoro haya vivido. Yo estaba con algunos amigos en una de las mesas dispuestas para que las familias compartan el almuerzo. Cada tanto miraba y vigilaba a Teodoro de lejos, para no perderle de vista.
Cuando estaba llegando el ocaso, llamé a mi hijo para volver a casa…
– Vamos, Teodoro... Se está haciendo tarde. Ten cuidado al cruzar con tu bici… ¡¡¡TEODORO!!!
Un chirrido de neumáticos resonó en todo el parque. La bicicleta roja quedó literalmente destrozada, a metros del cuerpo inmóvil de mi pequeño Teodoro.
– “Teodoro... Teodoro”... –con gran cuidado tomé a mi hijo apoyándolo en mi pecho.
– ¡¡¡No Dios!!! ¡¡¡Otra vez no!!! Grité con todas mis fuerzas. Mis ojos se nublaron por las lágrimas que caían imposibles de contener.
– Pa...pá... –trató de decir Teodoro–, lo siento mucho, siento no haberte hecho caso, te quiero mucho…
– No te preocupes, hijo –intenté consolarlo con mi corazón desgarrado, tratando de parecer calmado–, te pondrás bien… ¡UNA AMBULANCIA! –grité desesperadamente a los ya muchos curiosos que se acercaron a la escena.
– No te preocupes, papá, mamá vino a cuidarme.
– ¿Qué dices, hijo? Tu mamá ya no está con nosotros.
– ¿Por qué lo dices?, si ella está a tu lado y me sonríe... Qué hermosa estás, mami, con ese vestido blanco...
– Teodoro, no te duermas... resiste.
– Papá... –interrumpe–, mamá quiere que la acompañe, ¿puedo?
Las lágrimas seguían brotando como un torrente de mis ojos, y sabiendo que lo estaba perdiendo lancé un último grito, implorando por mi niño; y ante mi asombro, percibí, como un zumbido en el oído derecho, una voz que me dijo: “Déjalo ir, amor mío. Él nunca estará lejos de ti, así como yo no lo estoy...”. Es en ese momento que mi pequeño cerró sus ojitos, y un cálido movimiento en sus labios perfiló una sonrisa en su rostro. Lo miré durante un rato y aunque la tristeza era dueña y señora de mi alma, pude sonreírle, y bajito le dije: “Hijo, ve con mamá...”.
Aunque estaba en shock, pude darme cuenta de que ciertas personas presentes se echaron a llorar. Muchos intentaron consolarme; otros prefirieron alejarse en silencio, ya que no quedaba nada por hacer.
Sonidos de sirenas que se aproximaban por la calle hicieron que la gente se haga a un lado para dar paso a los médicos, uno de los cuales se adelantó y presurosamente llegó junto a mi niño, trató de encontrar su pulso, de escuchar su corazón, pero ya no había señales de vida. Rápidamente le hizo señas a su compañero para que traiga el equipo. Luego de varios minutos y de intentos infructuosos decidieron trasladar el cuerpo de Teodoro. Lo subieron a una camilla y lo llevaron dentro de la ambulancia a la que yo subí también y rápidamente se pusieron en marcha hacia el hospital, al cual llegaron 10 minutos más tarde. La ambulancia ingresó por el portón de acceso y se detuvo frente a la puerta de emergencias, bajaron la camilla y entramos a la sala de urgencias. A pesar de todos los esfuerzos de los médicos, Teodoro no respondió y luego de treinta minutos de intentos fallidos, lo declararon “muerto”.
En la sala de espera, me encontraba de pie, apoyando una de mis piernas en la pared, con la vista perdida en el horizonte. Al escuchar que la puerta de cirugía se abrió, volví a la realidad y observé al doctor acercarse con la cabeza gacha.
– Hicimos todo lo que pudimos, pero los golpes que recibió en la cabeza y en el pecho provocaron daños irreparables, lo siento mucho, señor.
– Gracias doctor, estoy seguro de que lo intentaron, y sé también que él está bien ahora… con su madre. –Mis ojos nuevamente se inundaron de lágrimas, pero a la vez, una sonrisa asomó por mis labios, estaba seguro de que mi hijo estaría con su madre en estos momentos, y aunque por dentro estaba destrozado, ese pensamiento me tranquilizó.
El doctor me indicó que podía pasar a ver su cuerpo y despedirme antes de solicitar el servicio funerario y que se lo lleven para realizar… lo que sea que ellos realicen con los cuerpos, aunque para mí, Teodoro ya no estaba en ese cuerpo. Siempre creí en una vida después de la muerte, y estaba convencido de que mi hijo ya estaba en un lugar mejor, en un lugar donde nadie podría hacerle daño y que estaría feliz y sin dolor.
Pasé a la sala donde yacía el cuerpo de mi hijo cubierto por una manta celeste. Descubrí su rostro, parecía dormido, no parecía haber rastro alguno de lo sucedido. La paz que reflejaba en su rostro era tal, que fue como si en realidad se fue de este mundo feliz, o al menos eso quise pensar en aquel momento. Me quedé largo tiempo mirándolo, hasta que el servicio funerario me interrumpió y sacó de mi letargo. Le di un beso en la frente y vi cómo se lo llevaban.