…
– Aquel de la izquierda, por favor, Pedro.
– ¿Este, Alfredo? –me preguntó Pedro.
– ¡Sí, ese mismo!, ¿lo puedo ver por favor?
– Pedro me extendió el anillo de oro blanco con un brillante de 4 quilates que hacían de la pieza una hermosísima joya.
– No podías haber escogido mejor, Alfredo –me dijo Pedro, con una sonrisa en los labios.
Tomé la joya entre las manos y observé maravillado, como extasiado, y mis pensamientos me llevan a María, fue como si en mi corazón sintiese de nuevo el amor. Hacía tanto tiempo que no me sentía así de vivo, feliz, y aunque sabía que el recuerdo de Teodoro y Ana nunca desaparecería, en el fondo de mi ser siento que ellos están felices por mí y que aprueban mi decisión. Toda la tristeza que sentía por la pérdida de las dos personas que más amé en mi vida se fueron, ya que comprendí que era mejor atesorar los más lindos recuerdos y dar gracias a Dios por el tiempo que me tocó vivir con ellos.
El siguiente sábado fui a buscar a María, estaba preciosa ese día con un vestido rosa pálido, tacones y el pelo suelto que caía sobre sus hombros, literalmente me quedé sin palabras y sin saber cómo actuar, parecía un adolescente de 15 años que por primera vez saldría con su noviecita. Le abrí la puerta del auto y la ayudé a sentarse en el asiento del acompañante, ella me dio una mirada que me dejó más cautivado.
Conduje sin prisa por las calles de la ciudad hasta un sencillo restaurante que conocía. Abrí de nuevo la puerta y la ayudé a salir del auto, y caminamos tomados de la mano por el estacionamiento hasta entrar al local donde el maitre nos recibió y nos llevó a nuestra mesa. Reservé una mesa al fondo del local, lo suficientemente apartada para poder tener una cena íntima y tranquila.
Ella pidió pollo al curry con una ensalada verde y yo lomito a la mostaza y los acompañamos con una botella de Cabernet Sauvignon del 76, y mantuvimos una charla muy amena sobre varios temas. Mi nerviosismo iba en aumento y María lo notaba, incluso en varias oportunidades me preguntó si me pasaba algo, a lo que yo respondía que era simple cansancio.
Luego del exquisito postre de frutas y helado, la miré fijamente, ella me miró con una expresión que reflejaba su asombro y a la vez su curiosidad…
– Sabes, María –empecé a decir–, como sabes, yo pasé por muchas cosas en estos años, pero en estos últimos meses fueron como un bálsamo en mi vida y quisiera que esto dure para siempre.
En ese momento, hice una señal casi imperceptible, y un trío de cuerdas hizo su aparición tocando una melodía romántica, en el momento en que María giró para ver a los músicos aproveché y me puse de rodillas a su lado, extendiéndole la cajita azul con el anillo dentro, lo que hacía que el plateado de la joya se destacara y luciera brillante. Cuando ella volvió la vista hacia mí, quedó paralizada, sus ojos se abrieron y llevó la mano a sus labios.
– María, te amo y quisiera compartir contigo esta aventura que es vivir, y juntos, con Luisito, pasar el resto de nuestra vida juntos –mis palabras hicieron que sus ojos se llenen de lágrimas y una inmensa sonrisa se instaló en su rostro.
– María, ¿quieres hacerme el hombre más feliz del mundo y casarte conmigo?
Sin poder decir una palabra hizo un gesto afirmativo con la cabeza, sus manos tomaron mi cara y tiernamente sus labios se posaron en los míos y cuando al fin pudo hablar me dijo:
– ¡Sí!, por supuesto que quiero casarme contigo.
En ese momento me senté nuevamente en mi silla, y el mozo nos trajo una botella de champagne con copas de cristal y brindamos por nuestro amor y lo que sería un hermoso futuro juntos.
Aproveché que Luisito se quedaría en la casa de sus abuelos a dormir para darle otra sorpresa. Había reservado una suite en un hotel muy bonito en el centro de la ciudad, así que al llegar quedó sorprendida, nos registramos y subimos a la habitación, que al abrir la puerta nos encontramos que era inmensa y espectacular, finamente decorada y con una cama king size en el centro de la habitación. Entramos tomados de la mano y al llegar al centro del cuarto, la volteé y la besé apasionadamente, quizás como nunca antes la besé.
A la mañana siguiente nos despertamos abrazados, unidos, felices. Luego de ducharnos juntos bajamos al comedor a desayunar, tranquilos, sin prisa y luego fuimos a buscar a Luisito, ya que habíamos planeado pasar todo el día juntos, paseando y yendo a centros comerciales… Almorzamos y le contamos la gran noticia de la boda a Luisito. Teníamos un gran temor de que no le gustara la idea, pero para nuestra sorpresa, lo tomó realmente bien e incluso con alegría.
Días después fijamos la fecha de la boda para el 21 de setiembre, el día de la primavera, el día en que todo vuelve a nacer, y para nosotros era un re- nacer, una segunda oportunidad.
Aprovechando el buen momento económico que ambos teníamos, decidimos contratar a una planificadora de bodas, creo que la llaman así porque planifica cuidadosamente cómo hacerte gastar, pero bueno, en ese momento fue una solución, ya que nos sacó mucho trabajo de encima, aunque de todas maneras hubo muchos detalles que tuvimos que decidir con María, y a veces fue Luisito quien tuvo las mejores ideas. Realmente hubo momentos en los que me estresé muchísimo; no recordaba que fuera así la primera vez, cuando me casé con Ana, pero los tiempos cambian y supongo que las bodas también.
Otro punto importante que nos tocó decidir fue dónde vivir, y después de muchas vueltas llegamos a la conclusión de que el mejor lugar sería la casa de María, ya que era más grande y así para Luisito no sería una cosa más para asimilar. Decidimos también que alquilaríamos el departamento en lugar de venderlo.