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Durante las semanas siguientes a la noticia, las pasamos de estudio en estudio, análisis, ecografías, tomografías, resonancias y todo lo que el médico ordenaba. Por suerte, María tenía un seguro médico muy amplio que cubrió todos los procedimientos, ya que en este país si no tienes dinero simplemente te mueres. El médico ya había iniciado el tratamiento que podría revertir el daño del corazón de María, o al menos mantenerlo funcionando el mayor tiempo posible para, llegado el caso, encontrar un corazón compatible.
Dos meses más tarde, me desperté una mañana y no vi a María a mi lado, la llamé y no me respondió, así que me levanté y fui al baño, ahí la encontré en el suelo desmayada. Busqué su pulso y era muy débil, inmediatamente traté de despertarla sin éxito. Tomé el celular y llamé a la ambulancia, luego a la abuela de Luisito para que venga a buscarlo y se quede con ella.
La ambulancia y la abuela llegaron juntas, así que dejé a Luisito con ella y fui con María al hospital, donde ya debería estar su cardiólogo porque lo llamé mientras aguardaba.
Dentro de la ambulancia lograron estabilizarla, pero su pulso seguía muy bajo y tenían que darle oxígeno y adrenalina para que al menos pudiéramos llegar al hospital con vida. Afortunadamente llegamos a tiempo y el médico pudo hacer que su corazón volviera a funcionar normalmente, pero el daño fue muy grave, así que tuvieron que dejarla en terapia intermedia por unos días.
Ya iban cuatro días que María estaba en el hospital, cuando tuve que ir al negocio a ver un tema urgente. Al regresar, iba por una de las avenidas principales que estaba muy transitada a esa hora, cuando sentí un fuerte golpe en el costado izquierdo de mi vehículo. Lo siguiente que recuerdo es el ruido de una máquina tratando de abrir el vehículo para sacarme de entre los hierros retorcidos. Sentía un dolor insoportable en el vientre, tanto que volví a perder el conocimiento.