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La soledad de mi departamento me consumía y cada vez más tiempo estaba borracho, postrado en mi sillón, viendo videos que tenía de mi esposa e hijo, de cumpleaños, aniversarios, fiestas de colegios y esas cosas.
Una noche, a las ocho de la noche, cuando el timbre de mi departamento sonó, con mucho esfuerzo me acerqué a la puerta y pregunté quién llamaba, la voz de María se escuchó del otro lado, preocupada…
– Alfredo, soy María, ¿puedo pasar?
– ¿Qué vienes a buscar? No tienes nada que hacer acá…
– Alfredo, ábreme por favor, necesito hablar contigo.
– Para qué, para que sientas pena de mí, ¡eso es verdad!, lo que te dio fue remordimiento y lástima, por eso viniste, pero yo no necesito ni tu lástima ni nada más de ti.
– Alfredo, por favor ábreme, no es nada de eso, me di cuenta de que te necesito, que me encanta estar contigo, y que Luisito también te necesita… ambos te necesitamos.
En ese momento quedé mudo, no supe qué responder. Lentamente abrí la puerta, y sin decir palabra la invité a pasar y a sentarse, cuando ella se sentó, le dije que volvería enseguida y me dirigí al baño, me mojé la cara, y al mirarme al espejo descubrí el daño que habían provocado en mi rostro las largas horas de bebida y trasnochadas frente al televisor, una barba de días, ojeras pronunciadas. María, mientras, nerviosa, esperaba sentada en el sofá viendo el video de mi casamiento que había quedado encendido, sus ojos se llenaron de lágrimas cuando el video finalizó y comenzó el del nacimiento de Teodoro. Yo había hecho un compilado de los videos para verlos de corrido, como un recordatorio sin fin de todo mi dolor.
Cuando volví a la sala pude ver a María que miraba con los ojos humedecidos el video. Silenciosamente tomé el control remoto y apagué el televisor. Me senté frente a ella y la miré directamente a los ojos…
– María… creo que fuiste muy clara en la última conversación que tuvimos y yo respeté eso.
– Sí, Alfredo, lo sé, pero me di cuenta de que realmente quiero estar contigo, que sinceramente creo que podemos tener una vida juntos… los tres. Que a pesar de todo lo que nos pasó a ambos, tenemos una nueva oportunidad de ser felices, de volver a empezar. ¿Qué dices?, ¿nos damos una nueva oportunidad?
– No lo sé, María –respondí bajando la cabeza, en ese momento no sabía qué pensar, mi mente estaba nublada por el alcohol que aún corría por mis venas–, creo que estoy tan destrozado por dentro que no sé si podría ser buena idea que ambos estuvieran cerca de mí, no quisiera arrastrarlos conmigo al fondo del pozo donde estoy metido y del cual no encuentro la forma de salir.
– Solo no creo que puedas encontrar la salida, pero juntos, los tres podemos hallar la manera de trepar, de subir y alcanzar la superficie de ese pozo.
– Me tomaste totalmente desprevenido. No sé qué decirte.
Mis ojos se llenaron de lágrimas, y María se acercó a mí, dándome un fuerte abrazo, en ese momento no pude contenerme y lloré como un niño pequeño entre sus brazos. Ella me acurrucó en ellos y así nos quedamos, por lo que creo fue bastante tiempo, hasta que al fin me calmé. Entonces decidimos salir a cenar, para lo que me fui a bañar y arreglar un poco, y luego salimos, y conversamos por largo rato.
Al día siguiente salimos María, Luisito y yo a cenar y a pasar un muy buen rato juntos. Dejé de beber y volví a cuidar mi apariencia, y poco a poco estuvimos cada vez mejor.