…
En el hospital, cuando desperté, me vi conectado a toda clase de tubos y cables. El médico me explicó que un ladrón que estaba huyendo de la Policía, cruzó la avenida a más de cien kilómetros por hora cuando impactó con mi vehículo. Por el estado en que quedó mi auto, fue un milagro que haya sobrevivido, me comentó el doctor, pero que varios de mis órganos sufrieron mucho daño. El hígado, el páncreas y un pulmón están prácticamente inservibles y que las máquinas a las que estaba conectado me mantenían con vida.
No sé por qué, pero las noticias y detalles que me estaba dando el médico no me sorprendieron, molestaron o asustaron, era como si tuviera a alguien que acariciaba mi cabeza y me decía “tranquilo… todo estará bien”... así que al terminar la explicación del doctor, le dije: entiendo, doctor, solo tengo un par de preguntas, ¿Cuánto tiempo me queda? y la segunda, ¿Cómo está María?, dicho esto le expliqué quién era María y dónde se encontraba.
El médico me miró con un gesto que denotaba su sorpresa, no solo por las preguntas sino por la serenidad con que tomé la noticia que me acababa de dar.
– Mire –comenzó a decir el doctor–, tengo que ser sincero con usted, no le quedan más de 15 a 30 días. Con respecto a María, no sé si es casualidad o destino pero se encuentra en el mismo hospital, y voy a ver con su médico cómo está evolucionando y le vuelvo a comentar.
Cuando el médico se retiró, quedé varias horas pensando y analizando. Fue muy duro saber que te queda tan poco tiempo de vida y lo peor era que no podría hacer nada para evitarlo, ni hacer cosas que me hubiera gustado, ya que estoy atado a estas máquinas que me mantienen con vida.
El doctor de María vino a visitarme y a contarme del estado de ella, que estaba estable pero que su corazón ya no podría seguir por mucho tiempo más, como máximo le daba 3 meses de vida. Antes de que se retire le pedí si podría traer a María para hablar con ella y despedirme, ya que yo tenía menos tiempo que ella. El médico lo autorizó.
Cuando María entró a la habitación sus ojos se llenaron de lágrimas, quedó muy impactada por la cantidad de máquinas conectadas a mi cuerpo. Se acercó y me tomó de la mano, yo le sonreí y le conté lo que me dijo el doctor. Cuando le terminé de contar las lágrimas ya inundaban su rostro. En ese momento, sequé sus lágrimas con mi mano y le dije:
– María, ahora todo estará bien.
– ¿Cómo puedes decirme eso sí ambos vamos a morir? ¿Qué va a pasar con Luisito?
– No te preocupes, mi amor –le dije–, ¡tú vivirás!
En ese momento la enfermera volvió para llevarla de nuevo a su habitación, y por más que María llorando le pidió más tiempo, ya no lo pudo hacer.
Al día siguiente llamé a mi abogado, y le pedí que vea todo para que mis bienes y dinero pasen a nombre de María y Luisito. Durante una semana el abogado fue y vino con el escribano, haciéndome firmar todos los papeles y haciendo que María a regañadientes también los firme. Por supuesto, antes ya le había contado a María que haría eso, sin contarle la verdad de mi plan, la decisión que haría que ella siga viviendo.