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Una madrugada, desperté a las 4:30 muy agitado, soñé que alguien me dijo que fuera a la cocina. Me levanté y al llegar a la cocina sentí un fuerte olor a gas, había dejado una de las llaves de la cocina abierta. Si esa voz no me hubiera avisado en estos momentos ya hubiese muerto asfixiado o volado por los aires. En ese momento pensé si sería posible que Teo fuera quien me advirtió. ¿Sería posible que en realidad él me estuviera cuidando desde el cielo?
Fui a abrir la ventana de la cocina y al asomarme escuché un ruido extraño en la calle. La ventana de la cocina se encontraba sobre una de las puertas de mi ferretería. Con mucho cuidado me acerqué y observé a dos hombres intentando entrar a mi negocio; rápidamente tomé el teléfono y llamé a la policía... cinco minutos más tarde una patrullera dobló la esquina, deteniéndose raudamente en frente, bajaron los oficiales y se escucharon unos tiros, al parecer de advertencia para que los maleantes se rindan, los cuales pusieron un poco de resistencia, pero al verse rodeados se entregaron.
Cuando vi que las cosas ya estaban controladas, bajé y hablé con los policías dándoles las gracias por su rápida intervención en el robo... para ese momento los primeros rayos de sol salían al encuentro de las estrellas y como de costumbre no pude volver a dormir... la increíble escena que me tocó vivir esa madrugada no se apartaba de mi mente... ¿Quién o qué pudo haber sido esa voz que me despertó, diciéndome que fuera a la cocina? ¿Sería Teodoro?, y ¿Cómo se había quedado el gas abierto para que así yo abriera la ventana y descubriera a los ladrones? No podía creerlo, y hacía un tiempo que sentía la presencia de “alguien” cerca de mí, pensaba que solo era mi imaginación. Decidí entonces ir a ver al padre Roberto para contarle lo ocurrido y quizás él pudiera darme alguna explicación.
Tan pronto se hizo de día, llamé a María para contarle lo sucedido y además compartí con ella mi teoría, y creo que en ese momento no compartió conmigo la misma idea, pero era todo muy raro para mí.
Ese mismo día, por la noche, fui a ver al padre Roberto y luego de contarle lo sucedido el día del fallecimiento de mi hijo, el día de Navidad y esa madrugada, le pedí alguna posible explicación.
– Padre, Ud. cree que mi esposa e hijo pueden ser los responsables de todos estos hechos.
– Hijo mío, tú sabes que Dios nos ama y por ello es que pide a sus ángeles que nos protejan y nos ayuden en todo. Podría ser que Ana y Teodoro sean los que te cuidan...
– Pero, cómo se explican esos zumbidos que es- cucho y que a veces puedo entender lo que quieren decir...
– Alfredo, existen demasiados misterios que no podemos explicar y con ellos Dios nos muestra su reino, dándonos respuestas a todas nuestras preguntas. Nos enseña a creer, amar, y confiar en Él, porque sabemos que solos no podremos solucionarlos y eso nos impide ser felices.
La verdad que comenzaba a recuperarme poco a poco y me sentía más confiado, a pesar de que aún extrañaba a Ana y a Teodoro, pero el cariño que sentía por María y Luisito me ayudaba a continuar creyendo...
“No se pueden explicar los momentos dichosos, ni los amargos olvidar se pueden; pero en el sendero de los recuerdos, los dichosos quedan y los amargos se pierden...”.
Los viejos libros que acostumbraba leer, ya tenían gruesas capas de polvo, víctimas del olvido. Estos viejos compañeros de antaño han sido suplantados por el tabaco y la bebida, de los cuales era cada día más prisionero, sobre todo en mis largas noches de soledad e insomnio.
Sin darme cuenta, iba siendo cada vez más posesivo y sobreprotector con Luisito, hasta el punto de que cierto día no le permití salir a jugar a la vereda con la excusa de que había mucho tráfico. En ese instante María me recriminó, diciéndome que yo no era nadie para impedirle a su hijo salir.
– Lo siento, María –dije apenado y tuve que admitir mis temores–, lo que pasa es que no puedo olvidar lo que le pasó a mi hijo, y es por ello que tengo tanto miedo de que Luisito juegue, especial- mente en la calle.
– Alfredo, el miedo es algo normal, sobre todo después de lo que te tocó vivir; pero tienes que entender que los problemas se solucionan enfrentándolos y no huyendo de ellos. Tu miedo no se acabará de un día para el otro, solo el tiempo y el valor te podrán ayudar, ni siquiera yo seré capaz de ayudarte a superarlo, tienes que luchar, aceptar el problema y buscar la mejor forma de solucionarlo.
– Tienes razón, María, me he convertido en un egoísta que solo quiere su propio bien y que no piensa en los demás.
– No seas tan duro contigo mismo, ahora que ya sabes lo que te pasa, será más fácil superarlo. Vamos, inténtalo, no por mí, ni por Luisito, hazlo por ti.
– No puedo, los extraño tanto que me muero pensando en ellos.
– Creo que será mejor para todos que nos separemos por un tiempo, al menos hasta que puedas enfrentar la realidad.
– Por favor, María, no me hagas esto ahora, cuando más te necesito.
– Lo que pasa, Alfredo, es que las cosas no están muy bien entre nosotros, tú solo tienes tiempo para Luisito y conmigo casi ni hablas, además estás tomando mucho y tengo miedo de que eso pueda afectar de alguna manera tu conducta con nosotros.
– En eso tienes razón, María, pero es tan difícil para mí soportar las largas noches de insomnio y recuerdos, que mi única compañía son el whisky y el cigarrillo.
– ¿Y por qué no lees, no escribes, o vas a un médico que te recete algún medicamento para dormir?
– Ya he intentado todo, María, y nada resulta, con nada logro conciliar el sueño o bien me despierto a cada rato sintiendo que alguien está a mi lado, cuando abro los ojos no hay nadie, y eso me asusta.
– Alfredo –me dijo María con voz serena–, busca un profesional, un psicólogo, un psiquiatra, alguien que pueda ayudarte y luego de un tiempo nos volveremos a ver y ahí veremos qué pasa.
Mi mundo pareció desplomarse, se desmoronaba mi sueño de volver a ser feliz, y nada podía hacer para evitarlo, ya había perdido a mi esposa e hijo y ahora estaba perdiendo a las dos únicas personas en quienes había depositado mi esperanza de volver a tener una vida plena.
Los golpes que me estaba dando la vida me llevaban nuevamente al límite de mi voluntad, comencé a perderme en la bebida y el cigarrillo y prácticamente la alegría se me había escapado, dejando sombrío mi rostro y mis ojos perdidos.
Me volví a encerrar en mi departamento, dejando todo de lado, mi negocio, mi vida, mi aspecto personal, volví a sentirme destruido, como si el mundo hubiera de nuevo acabado. Las noches fueron siendo cada vez más largas y oscuras, hasta pensaba que me estaba volviendo loco, ya que seguía sintiendo que alguien estaba cerca de mí observándome. No sabía si mi mente me estaba jugando una mala pasada o si realmente había un ser cerca de mí.
Esta situación se la había comentado a María en varias oportunidades, pero como era de esperarse, no lo creyó y hasta lo tomó como si realmente toda la situación estuviera afectando mis sentidos. A María y Luisito no les pasaba desapercibida esta situación, por lo que me comentaron luego, ya que a ellos les sucedió un hecho insólito, lo que hizo que ella decidiera ayudarme luego de vivir un momento que marcaría su vida para siempre.
Una tranquila y estrellada noche, estaban María y Luisito en el patio de su casa, ya que decidieron cenar allí y contemplar juntos la inmensidad del universo, cuando, al momento de estar mirando la constelación de las 3 Marías, ven una estrella que se mueve y de una forma extraña va bajando en dirección a ellos, pero sin aumentar de tamaño, lo que hacía más extraña la visión. Ambos quedaron boquiabiertos al momento en que la luz se detuvo a unos metros de sus caras, pero en lugar de asustarse, ellos quedaron con una paz indescriptible, como si una voz interior les dijera que no tenían nada que temer. La pequeña luz comenzó entonces a ampliarse hasta tener la forma de un rombo, del tamaño de una persona. Al principio era solo luz brillante, pero poco a poco fue apareciendo en su centro la figura de una mujer vestida de blanco, con una sonrisa tan bella que ambos no podían dejar de sentir paz y alegría. “Cuídenlo, es un buen hombre y los necesita”, dijo la mujer de blanco, después de eso la figura fue desvaneciéndose hasta desaparecer por completo. María y Luisito quedaron en silencio por varios minutos, luego ella pidió a su hijo que mantuvieran en secreto lo que acababa de suceder, ella estaba completamente segura quién era la persona que los visitó.