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La boda fue sensacional, mejor de lo que me imaginaba. Todos nuestros amigos estuvieron presentes. La ceremonia religiosa, celebrada en la capilla que dirige el padre Roberto, quien con sus palabras hizo más emotivo el casamiento. El civil se realizó en el mismo salón donde hicimos la fiesta, un lugar muy coqueto, finamente decorado con telas y candelabros. La cena exquisita, buffet de ensaladas y carnes. Bailamos, tomamos y nos divertimos hasta casi el amanecer, cuando nos fuimos a pasar nuestra noche de bodas en el mismo hotel del día de la proposición.
Para no dejar a Luisito solo mucho tiempo habíamos decidido no ir de luna de miel, por lo que, al día siguiente de la boda, fuimos a buscar a Luisito para almorzar juntos. Durante el almuerzo, María se quejó de la molestia en su pecho, pero creímos que era por la emoción de la boda y el cansancio de la fiesta, entonces decidimos que lo mejor sería ir a descansar a la casa. María durmió toda la tarde, solo se levantó para cenar y se volvió a acostar y durmió hasta el día siguiente. Algo no estaba bien con María, lo presentía.
A la mañana siguiente la convencí de ir al médico. Luego del chequeo de rutina, nos dio las órdenes para que María se realice varias pruebas y análisis, así que, en el mismo sanatorio los hicimos todos. Como los resultados iban a tardar, volvimos a la casa a almorzar y luego a descansar.
Los estudios no pintaban bien cuando los retiramos, así que fuimos inmediatamente al médico y éste al analizarlos llamó de urgencia a un colega cardiólogo. Por supuesto, al escuchar esto nos asustamos, no sabíamos qué pensar ni qué motivo tuvo el doctor para llamar a un cardiólogo con tanta urgencia, evidentemente supimos que había un problema en su corazón. Todavía recuerdo la preocupación en el rostro del médico y el susto en los ojos de María; fue como revivir todo lo que pasé con Ana e inmediatamente volví mis pensamientos a Dios, preguntándole por qué me hacía esto de nuevo, increpándolo diciendo que si ya no había tenido suficiente con haberse llevado a Ana y a Teodoro, y nuevamente mis preguntas no tuvieron respuestas.
Cuando llegó el cardiólogo, revisó cuidadosamente los resultados y con una voz tranquila nos dijo que tendrían que hacer más estudios.
– María, tu corazón, al parecer, está muy dañado, las pruebas que te realizaremos serán para determinar el tamaño del daño y nos darán un panorama de qué pasos seguir para recuperar tu corazón o si tenemos que hablar ya de un trasplante.
Esas últimas palabras fueron como mil brasas ardiendo en mi cuerpo. María estaba pálida y muda, se quedó en shock. Yo no podía articular palabra alguna.
El doctor continuó explicando los estudios que le harían a María y los procedimientos a seguir. Quisiera poder narrar en detalle esas instrucciones, pero mi estado no permitió recordar mucho. Mi único pensamiento era que María podría morir en cualquier momento, sobre todo en este país donde la gente no está acostumbrada a donar los órganos de sus familiares fallecidos y que sería una terrible lucha que tendríamos por delante.
Esa noche dormimos abrazados los tres, como si fuera la última noche que pasaríamos juntos, por más que sabíamos que había muchos estudios por realizar y todavía podíamos poner cierta esperanza en que se pueda revertir el daño.