(Al pollo)
No está ya cultivada aquí arriba la colina. Están los helechos
y la roca descubierta y la esterilidad.
Aquí el trabajo no sirve ya para nada. La cumbre está quemada
y la respiración es la única frescura. El gran esfuerzo
es subir aquí arriba: el ermitaño llegó allí una vez
y desde entonces se ha quedado para recuperar las fuerzas.
El ermitaño se viste con piel de cabra
y tiene un aroma musgoso de bestia y de pipa,
que ha impregnado la tierra, las matas y la cueva.
Cuando fuma la pipa apartado en el sol,
si lo pierdo no sé localizarlo, porque es del color
de los helechos quemados. Allí suben visitantes
que se desploman sobre una piedra, sudados y angustiados,
y lo encuentran extendido, con los ojos en el cielo,
respirando profundamente. Ha hecho al menos un trabajo:
sobre el rostro ennegrecido ha dejado espesarse la barba,
pocos pelos rojizos. Y depone los excrementos
en una explanada, para que se sequen al sol.
Laderas y valles de esta colina son verdes y profundos.
Entre las viñas los senderos conducen a locos grupos
de muchachas, vestidas de colores violentos,
para hacer fiestas a la cabra y gritar desde allí a la llanura.
Alguna vez aparecen filas de cestas de fruta,
pero no suben a la cumbre: los aldeanos las llevan a casa
sobre los hombros, retorcidos, y se hunden en medio de las
hojas.
Tienen demasiado que hacer y no van a ver al ermitaño
los aldeanos, pero bajan, suben y cavan fuerte.
Cuando tienen sed, tragan vino: llevándose a la boca
la botella, levantan los ojos a la cumbre quemada.
Con el frescor de la mañana están ya de vuelta cansados
por el trabajo del alba y, si pasa un pordiosero,
toda el agua que los pozos vierten en medio de los cultivos
es para el que la beba. Sonríen a los grupos de mujeres
y les preguntan cuándo, vestidas de piel de cabra,
se sentarán sobre tantas colinas para ennegrecerse al sol.