Estupefacto del mundo me llegó una edad
en que lanzaba los puños al aire y lloraba solo.
Escuchar las conversaciones de hombres y mujeres
no sabiendo responder, tiene poca gracia.
Pero también esto ha pasado: ya no estoy solo
y, si no sé responder, sé prescindir de eso.
He encontrado compañeros encontrándome a mí mismo.
He descubierto que, antes de nacer, he vivido
siempre en hombres fuertes, señores de sí,
y ninguno sabía responder y todos estaban tranquilos.
Dos cuñados han abierto una tienda —la primera fortuna
de nuestra familia— y el extraño era serio,
calculador, despiadado, mezquino: una mujer.
El otro, el nuestro, en la tienda leía novelas
—era mucho para el pueblo— y los clientes que entraban
oían responder con pocas palabras
que el azúcar no, que ni siquiera el sulfato,
que todo estaba agotado. Ha sucedido más tarde
que este último ha echado una mano al cuñado arruinado.
Cuando pienso en esta gente me siento más fuerte
que cuando me miro en el espejo hinchando los hombros
y preparando los labios para una sonrisa solemne.
Ha vivido un abuelo mío, remoto en los tiempos,
que se dejó engañar por un campesino suyo
y entonces cavó él las viñas —en verano—
para ver un trabajo bien hecho. Así
he vivido siempre y siempre he tenido
una cara segura y me han pagado en mano.
Y las mujeres no cuentan en la familia.
Quiero decir, las mujeres aquí están en casa
y nos traen al mundo y no dicen nada
y no cuentan nada, y no las recordamos.
Cada mujer nos infunde en la sangre algo nuevo,
pero se anulan todas en la obra y nosotros,
renovados así, somos los únicos que duramos.
Estamos llenos de vicios, de caprichos y de horrores
—nosotros, los hombres, los ancestros— alguno se ha matado,
pero nunca hemos tenido una vergüenza,
no seremos nunca mujeres, nunca sombras para nadie.
He encontrado una tierra buscando compañeros,
una tierra mala, donde es un privilegio
no hacer nada, pensando en el futuro.
Porque el trabajo solo no me basta a mí y a los míos;
nosotros sabemos reventarnos, pero el sueño más grande
de mis ancestros fue siempre no hacer nada, valientes.
Hemos nacido para vagabundear por aquellas colinas,
sin mujeres, y tener las manos detrás de la espalda.