El muro de enfrente que ciega el patio
tiene a menudo un reflejo de sol niño
que recuerda el establo. Y la pieza desordenada
y desierta a la mañana cuando el cuerpo se despierta,
exhala el olor del primer perfume inexperto.
Hasta el cuerpo, enredado en las sábanas, es el mismo
de los primeros años, cuando el corazón saltaba descubriendo.
Aquí se despierta desolada por el reclamo avanzado
de la mañana y vuelve a emerger en la pesada penumbra
el abandono de otro despertar: el establo
de la infancia y el pesado cansancio del sol
ardoroso sobre las puertas indolentes. Un perfume
impregnaba ligero el sudor habitual
de los cabellos, y los animales husmeaban. El cuerpo
se gozaba furtivo de la caricia del sol,
insinuante y pacífica como si fuese un contacto.
El abandono en el lecho aliviana los miembros
tendidos, jóvenes y macizos, como aún niños.
La chica inexperta olfateaba el aroma
del tabaco y del heno y temblaba al contacto
fugitivo del hombre: le gustaba jugar.
A veces jugaba tendida con el hombre
en el heno, pero el hombre no husmeaba los cabellos:
le buscaba en el heno los miembros contraídos,
la miraba fijo, aplastándola como si fuese su padre.
El perfume eran flores pisadas sobre las piedras.
Muchas veces retorna en el lento despertar
aquel deshecho sabor de flores lejanas
y de establo y de sol. No hay hombre que sepa
la sutil caricia de este acre recuerdo.
No hay hombre que vea más allá del cuerpo tendido
aquella infancia trascurrida en el ansia inexperta.
[11-15 de noviembre de 1937]