LOS CAMELLOS SE ARRODILLAN
 
Nuestro "zoológico" nos lleva ahora a observar la vida de los camellos.

En las caravanas de los mercaderes orientales existen dos tareas que deben realizarse cada día mientras atraviesan los calurosos y dilatados desiertos. Una de esas tareas consiste en hacer arrodillar a los camellos temprano por la mañana, para colocar y ajustar sobre sus lomos la carga que llevarán durante todo ese día de travesía. La otra tarea es la inversa. Se realiza al fin del día, cuando toda la caravana se detiene para descansar; y consiste en hacer arrodillar nuevamente a los camellos para quitarles la carga. Hasta que llegan a destino, los mercaderes repiten cada día esta doble operación.

Como viajeros de la vida, bien haríamos en actuar como los camellos. Al comienzo de cada jornada nos toca colocarnos la carga de nuestros trabajos, afanes y preocupaciones. Y es entonces cuando - a semejanza de los camellos - deberíamos saber arrodillarnos ante nuestro Amo divino, para que El coloque sabiamente el peso de nuestros deberes cotidianos, y no desfallezcamos abrumados en el camino.

Es señal de cordura postrarnos ante Dios - a lo menos en espíritu - , en busca de ayuda y fortaleza al comienzo de cada jornada. ¡Dé cuántos problemas podríamos librarnos, y de cuántos beneficios podríamos disfrutar, si hiciéramos de la oración nuestra primera labor matinal! Puede ser a solas y en silencio, o como práctica colectiva del grupo familiar. Pero lo importante es encomendarnos al Altísimo y rogar con fe su dirección divina. Entonces, ¡cuánto más seguros y protegidos nos sentiríamos! Se aliviarían nuestras cargas, y todo nos saldría mucho mejor. Con razón, la autora cristiana Elena G. de White escribe: "Conságrate (busca encomiéndate) a Dios todas las mañanas; haz de esto tu primera tarea. Sea tu oración: "Tómame OH Señor como enteramente tuyo. Pongo mis planes a tus pies... Mora conmigo"".

Y transcurrido el día de labor, con todas sus demandas y obligaciones, de nuevo imitar a los camellos del desierto: arrodillar el alma frente al Eterno, para quitarnos las cargas del día y asegurar el buen descanso de la noche.

Cuando adquirimos este doble hábito diario, parecería luego que nos faltara algo en la vida si no comenzamos y terminamos la jornada en diálogo con Dios. En una pequeña tarjeta que siempre llevo conmigo se leen estas dos palabras: "¡ESPERA! ¿ORASTE? Un simple recordativo que pone al acento en el valor de la oración. Pero además insinúa que antes de realizar cualquier tarea, y al comienzo y final de cada día, es altamente saludable buscar la dirección divina. "Orad sin cesar", aconseja San Pablo.