LA BOA TRAICIONERA
Las serpientes integran la población de nuestro "zoológico". Concentremos nuestra observación en una de ellas.

Hace algunas décadas, en una sala de espectáculos de la ciudad de Nueva York, un domador de animales realizaba sus audaces demostraciones. Para empezar la función, aparecía dentro de una jaula, decorada de tal manera que parecía un trozo de selva verdadera.

El domador permanecía en el centro, rígido como una estatua. De pronto una enorme boa constrictora aparecía por un lado de la jaula, y comenzaba a dar vueltas alrededor del hombre. Poco a poco lo iba estrechando, hasta que al fin la serpiente se enroscaba en el cuerpo del domador, y terminaba posando su horrible cabeza sobre la de su amo. Tal demostración siempre arrancaba del público los más sonoros aplausos.

Pero un día, cuando la exhibición estaba finalizando, de repente cesaron los aplausos. Un terrible espanto brillaba en los ojos del domador. Y ante el horror de todos los presentes, la boa, que siempre se había mostrado tan dócil, comenzó a estrujar al domador. Se oyeron los ruidos de los huesos que iba rompiendo el cruel abrazo del gigante reptil. Un momento después, el cuerpo yacía en el escenario como un montón de carne sanguinolenta, mientras el espantoso animal volvía a desaparecer por donde había entrado.

La acción traicionera de la boa bien puede ilustrar la forma como la maldad actúa sobre el corazón humano. La mayoría de las veces el mal se presenta con un manto de inocencia, como una forma de libertad, como un simple curiosidad. Pero lo que en un principio parece tan seductor y entretenido, menudo termina siendo la ruina de la vida. Y esto vale indistintamente para cualquier desviación de la conducta: sea para quien se inicia en el consumo de la droga alucinógena, o para aquel que ingenuamente cae en la disimulada trampa del placer libertino.

El mal nunca muestra de entrada su verdadera naturaleza de corrupción y degradación. Como afirma San Pablo, hasta "el mismo Satanás se disfraza como ángel de luz" (2 Corintios 11:14) La sutileza con que se presenta la tentación pecaminosa, y su postrer efecto desintegrador sobre la víctima, dicen a las claras que no podemos jugar con el mal, y a la vez pretender que nos vaya bien. Tal es la dramática lección que nos enseña la boa constrictora del relato. Por un tiempo podemos coquetear con el mal sin sentir de inmediato su efecto destructor. Pero llega la hora cuando el mal, no importa cuál sea, descompone y arruina la vida, si no sabemos apartarnos a tiempo de él.

Feliz de aquel que sabe rechazar el mal, por más cautivamente que se muestre. El que opta por lo sano, y procura hacer la voluntad de Dios, siempre goza más de la vida. El pecado podrá ofrecer la fugaz sensación del placer; pero la conducta limpia garantiza contentamiento estable al corazón. Con razón, el salmista David conseja: "Apártate del mal, y haz el bien". Y en su oración de arrepentimiento y confesión, declara: "Crea en mi, OH Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mi" (Salmos 34:14; 51:10) Junto a Dios es posible rechazar el mal y obrar el bien.