Aprendiendo a discutir sanamente

 Cómo Aprender a Discutir Sanamente
1. Escoge el momento oportuno, el lugar adecuado y las palabras exactas. Ecl. 3:1-8; Prov.15:28. Hay momentos malos para discutir: cuando estamos cansados, preocupados, ocupados en cosas importantes o enojados.

2. No uses palabras hirientes y ofensivas. Mateo 5:22; 12:36,37; Prov. 15:1. Las palabras hirientes nunca, nunca se olvidan. Ni siquiera se pierden en el espacio sino que se oyen en el cielo. Van a quedar clavadas en el alma y se repiten una y otra vez.

3. Busca el tema de la discusión y no te salgas del tema. Lo difícil de esta regla es que cuando discutimos queremos sacar todas las diferencias para hacer sentir al otro más culpable.

4. No pases a otro tema sin terminar el anterior. Prov. 12:18. “Terminar” no significa estar de acuerdo…todavía. Esperamos que sí lleguen a un acuerdo mutuo, pero no es posible en una sesión siempre.

5. No te arranques de la discusión con el llanto o el portazo, eso no soluciona nada. Prov. 12:15. A veces es mejor pedir un “tiempo fuera” para dejar de discutir cuando vemos que nos estamos enojando demasiado. Toma este tiempo para pensar el asunto de los dos lados.

6. No te alteres ni te sientas ofendido por cualquier cosa. Prov. 17:14; 18:19; Stgo. 1:19,20. El enojarte por una ofensa es tan grave pecado como la ofensa original. Un pecado no merece otro. El enojo nunca produce justicia ni amor.

7. No saques trapitos al sol. Prov. 10:12; 17:9. ¿Por qué queremos hacer esto? Porque lo hemos pensando por tiempos, haciendo discusiones imaginarias para mostrar cuán mal está el otro. Controla tu mente siempre.

8. No vivas mencionando las mismas cosas del pasado. Lo que tiene más de 48 horas
ya pertenece al pasado. Heb. 10:16-18; Lucas 6:36; Mateo 6:12,14; Ef. 4:26,27,32. Lo que perdonamos nunca debe ser mencionado otra vez. Así perdona Dios.

9. Procura ver lo bueno de tu pareja y lo malo que hay en ti. Mateo 5:23-26; 7:1-5. Una buena manera de empezar una discusión sana es pidiendo perdón por tus faltas antes de mencionar las de tu cónyuge.

10. Usa siempre palabras delicadas para decir la verdad. Ef. 4:29; Prov. 15:1,4,23. El amor no daña al amado sino busca su bien.

11. No exageres ni disminuyas por temor a herir. Col. 3:9; Ef. 4:15,25. La mentira no es buena defensa. Se cae sola.

12. Acepta la verdad de la otra persona. Prov. 18:13,17. Necesitamos “oír” la verdad en la otra persona. Nadie es 100% correcto en un pleito; todos tenemos algo de verdad en una discusión. “El que tiene oídos, oiga…”

13. Discute para unir criterios y personas, no para crear enemistad. Ef. 4:2,3. El matrimonio, sobre toda otra institución, debe trabajar para mantener la unidad en Cristo y en nuestra propia carne.

14. No dejes de conversar cosas que son importantes. Si no lo son, no lo converses. ¿Importante para quién? Si lo es sólo para mí, no vale la pena una discusión. Pero si es para el otro también, es esencial para nuestra relación amorosa discutirlo en amor, siguiendo la guía de I Corintios 13:1-7.

Así podemos experimentar discusiones muy buenas y edificantes en el matrimonio, y luego aprender a hacerlo con los hijos cuando lleguen a la edad de las discusiones. Yo creo que todos podemos aprender a seguir estas reglas, pero como matrimonio deberían leerlas juntos y decidir cuáles cinco van a practicar por un mes (más o menos). Luego pueden practicar otras cinco.

Hay una cosa más. Debemos entender la diferencia de una reacción y una acción. Las reacciones son inevitables porque son parte de nuestra naturaleza. Pero las acciones no son necesarias, por lo menos las malas. 

Cada acción es una decisión. A veces es una que sucede en un abrir y cerrar de ojos (y casi siempre mala). Pero si pedimos a Dios que nos dé 10 ó 15 segundos para pensar, orar y obedecer a Dios, entonces la decisión va a ser buena. Esta es la aplicación de la cruz a nuestra vida – “crucificados con Criso”, o “llevando tu cruz”. No hay otra respuesta que sea divina, poderosa y victoriosa. Mi nueva naturaleza necesita la libertad de la vieja para actuar espiritualmente. Aprendí este secreto del consejero cristiano Michael Wells que siempre pide a Dios cada mañana, “Señor, dame 10 segundos para pensar antes de meter la pata.” No pasa un día que yo no pida ese tiempito para ordenar mis pasos según Su camino.

Preguntas como las siguientes me ayudan a decidir por Dios:
¿Cuáles serán las consecuencias malas de esta acción?
¿Cómo lo ve el Señor?
¿Qué quiere Cristo que yo haga?
¿Cuál es mi problema en este momento?
¿No debería pedir perdón por mi reacción fuerte?
¿Por qué estoy tan afectado?
¿Qué es más importante para mí en este momento?
¿Qué debe ser? ¿Estaré avergonzado por esto después?
¿Entristecerá al Espíritu Santo?

Espero que estas ideas les ayuden a ser mejores participantes en las discusiones de la vida.