Enemistad con el Pecado

 

 

 

"ENEMISTAD  pondré entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar." (Génesis 3: 15) La divina sentencia pronunciada contra Satanás después de la caída del hombre fue también una profecía que, abarcando las edades hasta los últimos tiempos, predecía el gran conflicto en que se verían empeñadas todas las razas humanas que hubiesen de vivir en la tierra.

Dios declara: "Enemistad pondré." Esta enemistad no es fomentada de un modo natural.  Cuando el hombre quebrantó  la ley divina, su naturaleza se hizo mala y llegó a estar en armonía y no en divergencia con Satanás.  No puede decirse que haya enemistad natural entre el hombre pecador y el autor del pecado.  Ambos se volvieron malos a consecuencia de la apostasía.  El apóstata no descansa sino cuando obtiene simpatías y apoyo al inducir a otros a seguir su ejemplo.  De aquí que los ángeles caídos y los hombres malos se unan en desesperado compañerismo.  Si Dios no se hubiese interpuesto especialmente, Satanás y el hombre se habrían aliado contra el cielo;  y en lugar de albergar enemistad contra Satanás, toda la familia humana se habría unido en oposición a Dios. CS. 560.

La enemistad a que se hace referencia en la profecía del Edén no iba a quedar restringida meramente a Satanás y al Príncipe de la vida. Debía ser universal. Satanás y sus ángeles habían de sentir la enemistad de toda la humanidad. Dijo Dios: "Pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar" (Gén. 3: 15). La enemistad puesta entre la simiente de la serpiente y la simiente de la mujer era sobrenatural. La enemistad era en un sentido natural en el caso de Cristo, en otro sentido era sobrenatural, puesto que estaban combinadas la humanidad y la divinidad. Y nunca esa enemistad llegó hasta un grado tan notable como cuando Cristo se convirtió en habitante de esta tierra. Nunca antes había habido un ser en la tierra que aborreciera el pecado con un odio tan perfecto como el de Cristo. MS. 1. 297

Debe renunciarse a cada pecado como a lo aborrecible que crucificó al Señor de la vida y de la gloria, y el creyente debe tener una experiencia progresiva al hacer continuamente las obras de Cristo. MS. 1. 464-465.

La gracia que Cristo derrama en el alma es la que crea en el hombre enemistad contra Satanás.  Sin esta gracia transformadora y este poder renovador, el hombre seguiría siendo esclavo de Satanás, siempre listo para ejecutar sus órdenes.  Pero el nuevo principio introducido en el alma crea un conflicto allí donde hasta entonces reinó la paz.  El poder que Cristo comunica habilita al hombre para resistir al tirano y  usurpador.  Cualquiera que aborrezca el pecado en vez de amarlo, que resista y venza las pasiones que hayan reinado en su corazón, prueba que en él obra un principio que viene enteramente de lo alto. CS. 260

La misma enemistad que se manifestó contra el Maestro, se manifiesta contra los discípulos de Cristo.  Cualquiera que se  dé cuenta del carácter repulsivo del pecado y que con el poder de  lo alto resista a la tentación, despertará seguramente la ira de Satanás y de sus súbditos. CS.560-561.

Cristo es la fuente de todo buen impulso.  El es el único que puede implantar en el corazón enemistad contra el pecado. Todo deseo de verdad y de pureza, toda convicción de nuestra propia pecaminosidad, es una prueba de que su Espíritu está obrando en nuestro corazón. CC. 24.

Muchos de los que profesa la fe no saben lo que es la verdadera conversión. No tienen experiencia en la comunión con el padre a través de Jesucristo, y nunca han sentido el poder de la gracia divina santificando el corazón. Orando y pecando, pecando y orando, sus vidas están llenas de malicia, engaño, envidia, celos, y amor propio. Las oraciones de los de esta clase son una abominación para Dios. La oración verdadera compromete las energías del alma. Testimonios. 4. 534-535.

Cuando estemos revestidos por la justicia de Cristo, no tendremos ningún gusto por el pecado, pues Cristo obrará dentro de nosotros. Quizá cometamos errores, pero aborreceremos el pecado que causó los sufrimientos del Hijo de Dios (The Review and Herald, 18 de marzo de 1890). MS. 1. 422. Santiago 4:4; 1 Juan 2:15.

 

FIDEL BOADA