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Soy una musulmana que decidió dejar de usar el velo

Autor: Rashida Jenny Torres. El Islam es facilidad e insiste en la idea de que no puede haber imposición en materia de religión

Ana Pastor en su entrevista a Mahmud Ahmadineyad

Desde el año 2003 acepté al Islam como mi fe y estilo de vida.

A partir del año 2004, comencé a usar el velo ininterrumpidamente.

He librado batallas a favor de usarlo por voluntad propia. Cuando lo comencé a llevar nadie me obligó o sugirió que lo hiciera, lo hice feliz, tranquila y me funcionó de la mejor manera.

Durante todo ese tiempo, logré ahuyentar a todo tipo de varones, buenos y malos.

Muchas musulmanas me admiraron por la valentía que demostré al llevarlo contra viento y marea.

En las fotografías de mi documento de identidad y pasaporte uso el velo aunque eso haya implicado muchos inconvenientes.

A través de estos 9 años, en los que por la Voluntad de Allah he tenido que aprender la mayoría de las cosas yo sola, he de confesar, que he cometido cientos de errores, sin embargo, cuando yo misma caigo en la cuenta de mi yerro o alguien me convence con argumentos razonables de mi error, jamás he temido virar y pedir disculpas, sea cual fuere el caso y la situación.

Durante todo este tiempo, de autocrítica y de conocer más al Islam y a los musulmanes, descubrí que llevo al Islam en mi corazón más de lo que yo creía y comencé a cambiar.

Comencé a detestar la actitud de las musulmanas que creen que porque usan el velo, son mejores que las que no lo llevan.

Comencé a detestar la idea esparcida de que los musulmanes somos lo mejor de la Tierra solo por ser musulmanes, siendo que muchos cometemos crímenes atroces y aún así, son justificados y apadrinados por cómplices solamente para “tapar” el defecto.

Comencé a observar como los “haramistas” complicaron todo y ahora resulta que no hay que preguntar qué es ilícito sino todo lo contrario: qué se puede hacer.

Han prohibido la música (aunque sea instrumental o para alabar a Allah), las fotografías (aunque no sean con fines de adoración), pintarse las uñas, usar velos que no sean blancos o negros, maquillarse, ponerse perfume, usar zapatos con algo de tacón, hablar con gente del sexo opuesto, rezar juntos, amar al país en el que se nace si no es islámico, cantar el himno, votar a tus gobernantes, la entrada a las mezquitas, el dar caridad a un no musulmán (aunque lo necesite más), la libertad de culto, la libertad de expresión, el derecho a equivocarse, el contacto humano, las ciencias, la búsqueda del conocimiento, la sexualidad sana y natural.

Y han permitido, promueven e inventan castigos para todo, entre los cuales los más “populares” son: matar a los judíos, matar a los homosexuales, matar a los ateos, matar aun a musulmanes solo porque no rezan, matar a los shíes, odiar a los sufis, imponer la fe, instigar la venganza, complicarlo todo.

Ahora, ya no es musulmán el que cumple los cinco pilares como lo ordenó Allah, sino el que coloca las manos en tal o cual posición, solo la que lleva velo, el que reniega de su nacionalidad y lucha contra su país por no ser musulmán o el que simplemente decide inmolarse para matar a culpables e inocentes.

Y dudé, comencé a pensar en que algo no estaba bien, el Islam es facilidad e insiste en la idea de que no puede haber imposición en materia de religión, entonces, ¿por qué querer imponerle a los que no piensan como yo, mi opinión errada o no?

No niego que pueda estar equivocada, todo lo que he aprendido sobre el Islam ha sido de manera autodidacta, a los sabios que he conocido personalmente o han sido agresores o meros títeres de una mezquita perversa e ignominiosa de la cual me avergüenzo pisar.

He escuchado a las mujeres de mi mezquita criticando a las que encontraron al Islam porque se enamoraron de un musulmán, veo a los árabes que convierten las mezquitas en clubes sociales privados y menosprecio del que no es árabe o adinerado.

Veo cómo tantos estudian y se aprenden de memoria el sagrado Corán completo, la sharia, el idioma árabe y los hadices para tener los suficientes elementos para enriquecerse y ganar un estatus alto dentro de la comunidad o los que simplemente usan ese conocimiento para poder menospreciar al que no tiene acceso a ellos.

Lo he cuestionado, todo, lo he preguntado todo y estuve a punto de abjurar de mi fe por hermanas que me condenan y critican mi ansia y sed de conocimiento, de no creerme todo a pie juntillas, por no hacerme yo misma una lobotomía.

Y entonces decidí que el Islam es bello y perfecto, pero tal y como me ha abierto muchas puertas, el velo me ha cerrado otras en esta parte del planeta.

Soy una mujer sola con tres hijos a los que mantener y supe que había llegado el momento de hacer un cambio, algo que no riña con mi fe pero que me reconcilie con la sociedad en la que vivo, trabajo y tengo a toda mi familia.

Decidí ser una musulmana sin velo.

Soy consciente de que muchos pueden rechazar una decisión así y van a pensar que he abandonado el Islam.

También sé que las feministas me van a felicitar por mi “valentía”, sin embargo, no es una decisión que tomo para fastidiar a unos o complacer a otros.

Es una decisión que llevo meditando por dos años, en donde sabía que debía realizar un cambio pero no entendía por dónde comenzar.

Sé que puedo ser una musulmana honesta, decente y emprendedora aunque no lleve el velo.

Llevo más de diez años defendiendo a las que lo usan y ahora me corresponde dejar de observar los toros desde la barrera y vivir con el estigma de ser condenada por los que se creen mejores y felicitada por los que piensan que no llevar el velo libera.

El día que me quité el velo frente a mis compañeros de trabajo, lloré, pero antes de eso les pregunté qué pensaban si yo me quitaba el velo y la respuesta de uno de ellos me ayudó a tomar el valor: con o sin velo, eres Rashida.

Al día siguiente me vestí decente y llegué sin avisarle a nadie sin mi velo eterno.

Al principio, mis compañeros no me reconocieron pero cuando cayeron en la cuenta de que era yo, se me abalanzaron a abrazarme, me felicitaron y me dijeron: ¡bienvenida!

Yo temblaba como gelatina y mi cara tardó tres días en dejar de ruborizarse cada vez que alguien me hacía un comentario sobre “todos los años que me quité de encima”, lo “radiante” y el “aura nueva” que refleja mi cara.

El velo creó una barrera infranqueable entre mi sociedad y yo: ningún varón se me acercaba a hablarme y la mayoría de mujeres me veían como la pobre reprimida.

Supe entonces, que no era yo quien llevaba el velo, era a ellos a quienes se les cayó el velo de la ignorancia y cuando me vieron sin unos cuantos centímetros de tela, pudieron comprender que siempre he sido así, pero que sus prejuicios no permitían verme.

Usar el hiyab me ayudó a repeler a los varones automáticamente, ya que la mayoría me tienen terror o no me toman en serio y, por lo tanto, ni se animan a invitarme a salir o a entablar una conversación seria…¿fácil no?

Qué fácil no tener siquiera que decirle NO a un varón porque tengo un repelente que le impide acercarse a mí…¿qué fácil no ser probada en ningún aspecto?

Y yo, yo lo siento mucho, yo no soy una mujer fácil.

Ya me invitaron a salir varios varones y me he sentido tan digna y decente al tener la oportunidad de decir: NO, que comprendo que aunque usar el velo ya no forma una parte intrínseca de mi personalidad, lo recomiendo a todas las hermanas que por una u otra razón son débiles o se sienten indefensas ante el sexo opuesto.

Así como nadie me obligó a ponerme el velo, nadie me ha obligado a dejarlo.

La sensación de dignidad, respeto y fe que siento al poder estar en un país y en una fe en la que puedo elegir lo que hacer, me hacen postrarme hasta el suelo y agradecerle a Allah por el hermoso don del libre albedrío con el que todos nacemos y con el que, sin embargo, no todos mueren.

Todavía llevo el velo en mi bolso, no voy a cambiar mis fotografías de mi documento ni del pasaporte y lo voy a usar cuando yo quiera, esporádicamente. Así como la gente se acostumbró a verme con velo y a asociarme ipso facto con el Islam y los prejuicios, ahora es el turno de que me asocien con el Islam y toda la verdad que unos cuantos fanáticos han degenerado, para detrimento de nuestra hermosa y perfecta fe.

Debo confesar que también me harté de los pocos musulmanes que insistieron en que lo que yo quería era llamar la atención. ¡Claro que quiero llamar la atención!

Mientras tenga un halo de vida, nadie podrá callarme, ¡solo Allah!

Entonces, estoy tranquila, porque Él, guía a quien quiere y como sé que soy imperfecta Le pido que me lleve por donde Él quiere y como Él quiere, y sea lo mejor para mí aunque ello implique que continúe sola para siempre y me quede sin amigos o hermanos.

Rashida Jenny Torres

Musulmana costarricense

Junio de 2012

Fuente: http://www.webislam.com/articulos/74288-soy_una_musulmana_que_decidio_dejar_de_usar_el_velo.html