Corría el año de 1945 en un rancho llamado el pueblo embrujado, que en realidad se llamaba “El falsete “Ubicado en el sur del estado de San Luis Potosí, en donde ocurrían muchas cosas sobrenaturales; de ahí el nombre de pueblo embrujado.
Se decía que por las noches se escuchaban quejidos y lamentos y que estos eran de animas en pena de personas muertas de manera escalofriante.
Entre los aldeanos que tuvieron la mala suerte de ser testigos, había uno llamado Don Canuto, quien nos comentaba que una señora de la comunidad murió cuando se le apareció el diablo en forma de perro y que este la atacó despedazándola para comérsela y después robar su alma, dejando pedazos de carne sanguinolenta regados por toda una vereda que llevaba a una de las parcelas del rancho.
De pronto, se escuchó un silbido escalofriante provocado por un aire enrarecido. Rompiendo la puerta que estaba semi abierta, dando paso a un aire frío que calaba hasta los huesos. Desconcertados solo veíamos a la puerta, parecía que todo acababa ahí, y que no había nada que lamentar. Pero el aire gélido aún seguía entrando a la choza cuando todos en el interior nos quedamos petrificados al ver en el umbral de la puerta a una persona toda ensangrentada y con sus vísceras colgando de su vientre todo rasgado.
El espectáculo era aterrador y más cuando con una voz chillante y desgarradora nos decía.
¡váyanse ahorita que puede! ¡Corran y aléjense de este pueblo maldito!
¡Por favor! Imploraba de manera lastimosa. ¡Porque de no hacerlo morirán igual que yo!
Todos nos quedamos helados y en el ambiente flotaba un penetrante olor a azufre, todo quedo en silencio y nos mirábamos uno a otro sin saber que decir.
El miedo nos tenia paralizados, no sabíamos que hacer.
Aquella triste escena nos conmovió al ver la cara lastimosa y desgarrada de aquella pobre mujer que a la luz de un viejo quinque la hacía ver más espantosa. La mujer dio la vuelta y empezó de manera lenta y sin prisa a caminar, alejándose de ahí. Todos en silencio vimos cómo se iba caminando, emitiendo esos quejidos que denotaban el gran dolor que le causaban sus heridas. Esos eran algunos de los quejidos que los habitantes recordaban con horror en el rancho el falsete, fuimos testigos y ese miedo será dificil de superar. La piel se nos puso chinita por el miedo experimentado, nuestras bocas tenían un sabor amargo y con ese olor a azufre que no se desaparecía. Sentimos en ese momento la cercanía de la muerte que rozaba nuestros cuerpos, era una sensación indescriptible y nada placentera, ¿acaso era un presagio?
Don Canuto guardo silencio y nos dio las buenas noches diciéndonos ¡Descansen en paz!
Sobre el autor:
Honorio Morin Sandoval
Cd. Madero, Tamaulipas. México