Aquel día me reuní con los chicos, todos llevábamos nuestra vestimenta oscura, de acuerdo a nuestro estilo. Para muchas personas, solo éramos un grupo de rechazados, sin embargo, los cinco habíamos encontrado nuestro lugar en aquel pequeño grupo de amigos; todos con los mismos sueños. A todos nos interesaba el cine, y tras mucho esfuerzo, habíamos conseguido el equipo para grabar nuestro primer documental, razón por la que estábamos ansiosos, a nuestra manera.
—Ojalá hallemos a un indigente —exclamó emocionado Alexis, molestando a una de las chicas con el lente de la enorme cámara.
—Quita eso de encima de mí —pidió Andrea molesta mientras se quitaba el cigarrillo de la boca. Rápidamente, mi amigo de pelo casi inexistente en su cabello, se propuso molestar a Mariana, quien estaba sentada sobre el suelo, recargada sobre una pared sucia.
—¿Cuáles son tus impresiones? —le preguntó a la pelinegra, pero ella solo observó desanimada al lente de la cámara.
—Bájale —Intervine tapando el lente de la cámara, ganándome una mirada de indiferencia de parte de Alexis—, vas a gastar la pila.
—¿Por qué no entramos y ya? —Cuestionó Alexis haciendo una mueca—. Se hará de noche muy pronto.
—No me digas que tienes miedo —vaciló Andrea pisando su cigarro en el suelo.
—¡Yo no!, Mariana está casi temblando —Con escándalo, volvió a señalar a Mariana, quien estaba con la mirada un tanto apagada. Al verla, supe que debía calmar a Alexis un buen rato, tenía la costumbre de querer sacarnos de quicio.
—Sabes que no podemos sin Cristina, somos un equipo —Toqué el hombro de mi amigo para hacerlo entender, pero solo me gané una burla de su parte.
—¡Hey! —Andrea interrumpió con un tono de voz más severo—, Cristina va a traer el proyector y los vídeos, ella es importante.
—Cierto cierto… ¿Ves Víctor?, ella tiene un punto —Alexis sonrió mientras señalaba a Andrea, sin quitarme la vista de encima. Ellos dos comenzaron a hablar y aproveché para acercarme a Mariana y preguntarle si se sentía bien.
—Preferiría no estar aquí, a decir verdad… Las escuelas siempre me han dado mala vibra —me contestó con una leve risa.
Mariana era muy selectiva para contar sus cosas, pero conmigo siempre había sido abierta y de cálida sonrisa.
—Puedes irte, no voy a juzgarte por eso.
—¡Ni hablar!, somos un equipo
Ella me dedicó una última sonrisa.
—¡Chicos!, ¡Ya llegué! —gritó nuestra amiga rubia y más bajita al hacer aparición. En sus brazos cargaba un proyector sin cables, con la memoria ya conectada.
—¿¡Ya podemos entrar!? —me gritó Alexis entusiasmado. No me quedó de otra más que asentir y ayudar a mi amiga a ponerse de pie.
Saludé a Cristina como se debía, y los cinco nos quedamos de pie, observando la vieja escuela abandonada. No era nada del otro mundo, con un par de edificios pequeños y una cerca de rejas oxidada y descuidada, sin embargo, fuimos atraídos por su peculiar historia; una epidemia provocó que todo el personal y los niños, fueran evacuados de inmediato. Oficialmente no hubo víctimas pero, los rumores eran distintos. Se contaba continuamente en el boca a boca de las personas, que aquel caso estuvo lleno de muchas inconsistencias, cada quien tenía su propia versión de los hechos y sin una explicación lógica, o al menos que fuera satisfactoria, la escuela quedó abandonada, y entonces se crearon otras leyendas alrededor, pero esa es otra historia…
—Aquí hay muy buenas tomas —señaló Alexis grabando la entrada de la escuela mientras avanzábamos. Andrea y Cristina estaban hablando mientras que yo no paraba de preocuparme por Mariana, quién se notaba más decaída y ansiosa. Además la temperatura estaba comenzando a bajar y ella solo llevaba su blusa de tirantes y una falda.
—Hey, ¿quieres mi chaqueta? —le pregunté y ella volteó a verme desconcertada.
—No te preocupes…
Fuimos interrumpidos por un grito de Cristina, era como de sorpresa pero no estaba fingiendo, así que ambos nos adelantamos hasta donde estaban y observé cómo incluso Alexis había bajado su cámara.
—No hace falta alarmarse señorita —dijo con una voz apacible un misterioso hombre, de unos cuarenta y tantos. Era calvo, con arrugas en todo su rostro y vestía un uniforme semi formal. De inmediato entendí la sorpresa de todos, pero sentí un poco de alivio al ver que no se trataba de ningún indigente o algún delincuente que había tomado control de la escuela.
—Disculpe, solo estamos haciendo un proyecto —interviene tratando de sonar amable para que no nos interrumpiera. El ambiente se puso silencioso por un momento, hasta que el hombre decidió hablar.
—Ah, entonces vienen a ver a los niños —nos respondió con una sonrisa, pero ninguno de nosotros la imitó. A pesar de su voz tranquila y su sonrisa, simplemente no se sentía bien, y su respuesta nos heló la sangre—. Esperen aquí un momento, voy a avisarles.
El hombre procedió a retirarse por un pasillo mientras seguíamos en la entrada de la escuela, congelados por lo que acababa de suceder.
—Víctor, vámonos de aquí —habló Cristina, asustada, mientras yo seguía viendo en dirección a donde había aparecido aquel hombre.
—Solo es un viejo pelón —Alexis soltó una carcajada—. Seguro que solo trata de espantarnos.
—No te veías tan valiente cuando estaba aquí —agregó Andrea. Yo observé el rostro de todos, tenía que alentarlos a tomar una decisión pero inesperadamente alguien se me adelantó, tomándome del brazo.
—Prendamos el proyector, veamos los videos, tomemos algunos clips y no vamos a movernos de aquí —inquirió Mariana abrazándome, y los demás se sorprendieron al escucharla con tanta iniciativa, tanto, que ni Alexis replicó.
Después de proyectar videos viejos a blanco y negro sobre una pared, las cosas mejoraron, o eso se sintió, pues hasta Cristina estaba riéndose junto a Andrea y Alexis, y aquel encuentro con el hombre, pareció quedar en el olvido. Sin embargo, Mariana seguía viéndose algo, decaída, pasando de estar algo ansiosa, a verse realmente enferma; con sus ojos somnolientos y con sudor cayendo de su frente. Las cosas no se sentían correctas, mi mente estaba divagando y de vez en cuando miraba de reojo hacia el sitio donde aquel hombre había aparecido. Las imágenes del proyector comenzaron a distorsionarse ante mis ojos, y mis pensamientos repetían palabras una y otra vez, como si alguien estuviera hablando dentro de mí cabeza. Dentro mí se repetía la frase “Determinación y poder” como fuese un código, un lema o similar, la imagen de Mariana enferma, los mensajes y las imágenes a blanco y negro se mezclaban en mi cabeza.
Distraído, ni pude notar que Mariana se había parado frente al proyector, tapando las imágenes, a lo que rápidamente, Alexis rezongó y comenzó a reír sin parar. Algo extraño se apoderó de mi amiga, pues sonrió nuevamente, pero yo supe, que esa no era su sonrisa, y esos no eran sus dientes… Ella dio un salto y con una increíble fuerza sobrenatural, comenzó a devorar el estómago de mi amigo, y sus risas, se transformaron en alaridos de dolor, que se mezclaron con los gritos de horror de Cristina. Asustado retrocedí y caí al suelo, solo para ver como Andrea tomaba el mismo aspecto de Mariana, como si se tratara de algo contagioso, algo siniestro que las poseía. Con la misma indiferencia que Mariana, le dio un mordisco a Cristina para silenciarla. Como si fuera una broma de mal gusto, o una de las pesadillas más siniestras que existen, yo tuve que observar como mis amigos se devoraban entre sí, con sangre chorreando de sus bocas y manchando sus manos. Mariana volteó a verme, ensangrentada y con ojos maquiavélicos, me observó para pronunciar aquellas palabras “Determinación y poder”.
Corrí rápidamente, pero me adentré más en aquella escuela, escapando por la explanada y tratando de encontrar una salida, pero sus palabras seguían penetrando mi mente. La escuela estaba totalmente vacía, eso me decían mis ojos, pero yo sabía que había alguien más ahí, que alguien estaba siguiéndome, algo tan rápido que sería incapaz de hacer algo. Giré mi cabeza hacia atrás y miré una figura antropomorfa. Como un hombre alargado y delgado, de unos tres metros y con una piel hecha como de vapores oscuros y pestilentes que se movían sin parar, se acercó a mí con movimientos erráticos y sé, que esa cosa en el fondo estaba sonriendo. Aún con una barda delante de mí yo sabía que no podía escapar, entonces dejé de correr y me di vuelta. Sabía que ya estaría a mis espaldas y con todas mis fuerzas, le propiné un puñetazo.
La oscuridad que emanaba del ser, envolvió entero mi brazo. Su agarré fue fuerte y grave, y poco a poco sentí como los vapores oscuros consumían mi carne, se hundían y se clavaban en mi piel, hasta que aquel extraño ser, el hombre alargado, decidió jalar con fuerza, arrancándome el brazo por completo.
Sentía un profundo dolor mientras la oscuridad de aquella criatura volvía a consumirme, atrapando mis pies para continuar subiendo poco a poco, ahogando mis gritos, mi dolor y finalmente, mis pensamientos.
Sobre el autor:
Jesús Cordero
México