Año 2041. Los colores de las paredes ya no son colores sino una especie de cartulina desgarrada por la sombra maligna de los años. El pasillo del hospital no se ve tan futurista, ni atienden robots; aún peor, tampoco se ha encontrado la cura del cáncer ni la vacuna del SIDA. Mis dedos tiemblan como un goteo incesante de una lluvia de febrero, no siento dolor sino malestar por dentro ya que no paran de hacerlo, mi columna no se acomoda, siento una gran melancolía de ver mi figura erguida y mis ojos erosionados, contienen un color alabastro que ha perdido su tintura marrón.
Por lo poco que observo, el médico que me atiende, es unos años mayores que yo. Lleva unos anteojos grandes con sus armazones pegados a los costados de la nuca. Observa mis movimientos, me pide que me siente. Hago un gran esfuerzo pero no lo logro. Me mira fijo. No consigo mirarlo, la columna de mi espalda se traba. Mis dedos parecen teclas de piano mal hechas. El médico observa que ya no puedo hacer más fuerzas y de manera cordial, sin anotar nada en una hoja, con voz prominente y seca dice: ¡no utilice más el celular!
Sobre el autor:
Alejo Tomas Ambrini
Argentina, Provincia de Buenos Aires