Yo era un gato normal, comer, dormir, hacer mis necesidades, cosas básicas que formaban mi rutina, vivía con mi dueña, Karen creo que se llamaba, era buena conmigo, pero algo rara. Tenía la costumbre de cada noche decir cosas extrañas, en un idioma raro que yo no comprendía. Me ponía dentro de un círculo de velas, yo todo confundido simplemente me quedaba estático sin entender que pasaba, mientras que a Karen le salía un extraño líquido rojo de la muñeca yo sentía como si algo se hubiera metido dentro de mi cuerpo.
Un día Karen estaba haciendo dibujos raros en el piso, como de costumbre, sentí una vibra extraña, junto a un parpadeo en un ojito, había almas dentro de la habitación, almas que nunca había visto. Karen tomó un cuchillo y me lo clavó en el torso, todo se veía obscuro y borroso a la vez, el poco aliento que me quedaba salía de mi cuerpo transformándome en un alma más.
No sé cuánto ha pasado, días, meses, años, lo importante es que sigo en la misma casa, en el mismo lugar, solo que sin Karen. Con el tiempo han llegado más familias, pero la vibra negativa del lugar lograba que se fueran, no soportaban la carga energética que abunda por aquí, todo es pesado, hay telarañas por doquier, rincones obscuros, muebles viejos y desgastados y sin contar las almas que han pasado por aquí.
Hoy llegó una nueva familia, una madre y dos hijos, por alguna razón hoy decidí aparecer frente a ellos, uno de los niños me tomó en sus brazos y me acarició, hace tiempo que no recibía afecto de parte de un humano, ni de nadie.
Esta familia se la pasa orando, tiene imágenes de un señor al cual hacen llamar Jesucristo, cosas de humanos, quiero creer, aunque cada que rezan algo dentro de mí se altera, siento una rabia que carcome mi pequeño cuerpo de medio metro. Desde aquel día que Karen me enterró aquel cuchillo siento como si fuera dos gatos a la vez,
El niño más pequeño parece que sospecha de mí, parece que sabe algo de lo que me pasa, pero no puedo dejar que nadie lo sepa, se irían de la casa por miedo.
La madre comenzó a rezar, como de costumbre, pero hoy no soporto este impulso; mi otra parte quiere salir, pero ¿salir para qué?, es lo que me da miedo, no puedo pensar que sería capaz de hacer o hacerles a los niños.
El momento es hoy, siento que mis garras me queman, es media noche, veo dormir a uno de los niños y rajo su garganta para saciar mi sed de sangre, lo mismo con el otro niño. Siento que alguien me observa, era la madre viendo la aterradora escena en el cuarto de sus hijos, mis ojos verdes se tornaron rojos que irradiaban odio, un gruñido salió de mí y la madre corrió y yo atrás de ella, no iba a parar hasta terminar mi cometido.
Mis garras rozan su yugular, ella trata de gritar, pero se ahoga con su propia sangre, su cuerpo cae dentro del mismo círculo que algún día dibujo Karen, me sorprende que el círculo siga ahí.
Mi sed cesó, no entiendo el porqué, pero lo hice, ahora a esperar que llegue la siguiente familia. Solo pienso las probabilidades de que un gato te mate son bajas, pero nunca son nulas.
Sobre el autor:
Elías Castillo, México