Por los caminos que pasan cerca del gran volcán entre la hierba y la oscuridad escuchas aullidos y perros ladrar, una noche de verano llovía a cántaros, recuerdo haberlo visto cerca de la entrada al pueblo, era un perro ya viejo, era pinto con heridas en el rostro hechas por el tiempo, se me acercó y no dejaba de olfatearme, me preguntó. ¿Qué es lo que andas buscando? Me eché unos pasos atrás, sorprendido de lo que estaba pasando, ¿cómo era posible que solo por olfatearme supiera a lo que iba? Me dijo, no tengas miedo sentémonos en esas piedras y dime a lo que has venido.
Eran las siete cuarenta de la noche la oscuridad empezaba a cubrir todo el valle, le dije, todas las noches escucho aullidos y ladridos, pero no son normales como los que escucho cuando se acercan las personas o cuando los perros rondan cerca de algún hogar, estos son largos y el viento los hace viajar mucho más, la piel se te eriza y no puedes descansar. Lamiéndose los testículos me contestó: Todos esos ladridos que escuchas tienen una razón de ser, casi todas las noches vemos personas que ya no pertenecen a este mundo, flotan sin un rumbo fijo, a veces buscando a sus familias, otras veces buscando una luz o algún rincón en dónde esconderse, y así día a día pasan miles por el camino, nosotros cada vez que nos metemos entre las hierbas y las andamos olfateando es cuando los vemos, ahora supongo que aparte de haber venido para saber por qué es qué los vemos, también has venido para verlos, ¿no es así? Le contesté que sí, entonces métete entre la hierba, olfatea las plantas y ven con nosotros.
Sobre el autor:
Omar Zorraquin
Ciudad de México
FB: @Entre Flores y Muertos
IG: Omar_Zorraquin