Niño palpaba la pared, que perdía sus capas sobre encimadas de pintura roja y se llenaba de hongos, buscando la puerta escondida en la oscuridad de medianoche. Al encontrarla escuchó un gemido y la abrió de a poco. Desde el umbral vio la silueta de Papá, que hincado sobre la cama parecía mirarlo sereno, sin decir nada. Se le acercó nervioso, evitando tropezar con el equipaje ya preparado de los inquilinos, sin hacer ruido. En la habitación se distinguía su sombra: la figura inmóvil de Mamá tendida se volvía un poco más clara cada vez. Papá la miró por un momento y se levantó tratando de no tumbarse sobre ella. Se sentó en el suelo y la habitación lóbrega lo fundió en la inmensa masa de sombras que la ocupaban de noche, parecía quizás un mueble más del lugar. A su lado tendió el cuchillo.
A Niño le invadió una confusa sensación de dolor y felicidad, como los que sentía cuando escuchaba los vinilos antiguos de Papá, o a cuando por las noches se escabullía por los pasillos de la casa e iba con los huéspedes de turno: universitarios que ocupaban las habitaciones vacías durante el año lectivo, le invitaban alcohol y cigarros hasta que algún juicioso lo echaba. A veces se quedaba afuera un rato y sentía los olores mezclados; escuchaba los murmullos torpes y sin sentido, veía los murciélagos que colgaban repugnantes en el techo del corredor y la sombra de Abuelo en el patio, caminando silencioso bajo el mangal café de eterno otoño. Por un momento el tufo parecía hipnotizar a Niño, y veía el palacete decrépito de Abuelo volviendo a florecer, recuperando su grandiosidad en los ventanales sucios, en el granito sin limpiar ni pulir de los suelos y las puertas de bisagras herrumbradas que cubría con las palmas sudadas. Fuerte. Para evitar que le sintieran salir. Pero todo se volvía real, otra vez escuchaba a Mamá y sus improperios, subiendo las escaleras y sin despertar a los murciélagos ya acostumbrados a sus griteríos. Papá venía tras ella, mascullando, tratando de evitar otro escándalo, otra habladuría por los pasillos de la biblioteca universitaria donde trabajaba. Niño iba al cuarto, se lavaba los dientes, abría las ventanas y se ponía la colonia barata, esperando que el tufo de olores mezclados se escapara, que la casa fuera otra vez un resquicio de silencio y sombras, y que Mamá no le descubriese esta vez. Ansiaba desesperado que Mamá se callara.
<<Mamá está enferma>>, dijo Papá, luego de terminar un disco de la Callas que compartieron cuando volvió del trabajo.
Papá no dijo nada más. Se levantó y fue al mangal. Niño permaneció quieto hasta que el sonido de sus pasos en el corredor infinito desapareció. Entonces puso un segundo elepé en el destartalado tocadiscos y esperó sentado Mein Sehnen, mein Wähnen. Las cuerdas le sumergieron en una liviana somnolencia, las flautas se escaparon a los pasillos flotando en la atmósfera decadente del caserón y deambuló un rato en la alucinación de Korngold, hasta que regresó a su habitación y encontró a Mamá, sentada en la cama, como acostumbraba hacerlo por las tardes al descubrir sus travesuras nocturnas. Le llamó a su lado poniendo la mano sobre la cama. Cabizbajo y temblando se sentó tan lejos como pudo, sintiendo los ojos de Mamá recorrerle y luego, sus negras manos posándose sobre su cabeza y piernas. <<Silencio>> le decía y Niño cerraba los ojos y la boca más fuerte, intentando no sentir los dedos de Mamá aproximándose a su entrepierna, intentaba no sollozar. De repente escuchó la voz de Papá volviendo del patio, tarareando Donde lieta uscì. El sopor se fue y Niño secó su llanto y detuvo el disco, lo guardó en su caja y corrió a su habitación también canturreando.
Esa noche Niño se sentó con Papá y lo abrazó; vio cómo se le humedecían los ojos y se ahogaba en mocos. Papá le repetía <<ya no>> sin alzar la cabeza. El sollozo se convertía de a poco en llanto y el llanto en silencio. Desde afuera llegaba el murmullo de los mangos peleando contra el viento, que se silenciaba cuando Papá volvía a llorar. Niño pensaba en Mamá y también lloraba confundido; Papá le devolvía el abrazo y se sentía seguro. Empezó despacio Abendsegen y Papá le siguió tarareando la voz de Hänsel hasta que Niño quedó dormido.
Sobre el autor:
Jorge Villalba
Paraguay
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