Sus hijos comenzaron a preocuparse cuando llegada la hora de comer, no daba señales de vida. Bien es cierto que algunos días salía tarde e iba a comprar, pero nunca se retrasaba tanto. En estos últimos días de curso ya no había clases aunque los profesores tenían reuniones, correcciones, notas e informes.
Trabajaba como profesora de instituto y, aunque era de ciencias, le encantaba leer, escribir y odiaba visceralmente las faltas de ortografía.
- Es que me saltan a la cara , me arañan y muerden- afirmaba rotunda..
Esta animadversión le había granjeado más de un enemigo porque siempre que las veía protestaba. También le molestaban los textos mal estructurados o aquellos sin puntuación adecuada, largas parrafadas carentes de puntos, comas, puntos y comas; con preguntas sin puertas de entrada y salida...En fin, palabras echadas a puñados como quien siembra semillas, caiga donde caiga.
No dejaba de asombrarse cuando en foros literarios hispanos encontraba errores como:
locusiones por locuciones, ves por vez, y otros errores de bulto. Sonreía a media mandíbula cuando al hacerlo notar justificaban las faltas por causa del corrector del celular.
Era tan fino su olfato que identificaba a alumnos y conocidos por sus faltas. Fulanito confunde los tú, pronombres, con los tu, adjetivos, el a ver si estudias para aprobar con aprobé por haber estudiado; de esta manera no se equivocaba al afirmar que un texto era copiado al no aparecer en él los errores habituales. Era tan sencillo como afirmar que han fumado al ver la colilla en el cenicero.
Le indignaba el pasotismo con que muchas personas escriben, así como los que justifican sus errores por causas tan insostenibles como no pude estudiar porque tenía que trabajar, no tengo tiempo y otras excusas peregrinas.
En esas situaciones siempre se acordaba de su abuela, una mujer que, como todas las de su época, apenas fue a la escuela un par de años, pero que se esforzaba en escribir sin una falta.
Sus hijos habían llamado a su móvil y daba llamada pero no lo descolgaba. También se habían puesto en contacto con la policia, hospitales, compañeros, amigos... Nada, nadie la había visto.
Su pareja, que también la había llamado un montón de veces sin éxito, pensó, con buen acierto, buscar el coche. Hacía un par de meses que había cambiado de turismo y ni él ni sus hijos recordaban la matrícula pero lo reconocerían al verlo.
Pensó en llegar hasta el instituto y desde allí seguir algunos posibles recorridos. Para su sorpresa, el coche estaba aparcado muy cerca del instituto.
Llamó a la policia y aunque no habían pasado las veinticuatro horas necesarias para iniciar la búsqueda, al cabo de una hora estaban allí, Sergio, el director del instituto, y dos policias para intentar localizar el paradero de la desaparecida.
Todos coincidieron en entrar en su aula por si descubrian alguna pista. Quizá se hubiese dejado el móvil y...
Avanzaron por el largo pasillo, algunas aulas estaban abiertas, la suya no. El policia puso la mano en el picaporte, probablemente pensando que estaría cerrada, porque giró con fuerza y la puerta se abrió de golpe.
Allí estaba la profesora, la cabeza en la mesa sobre un montón de cuadernos.
Su pareja, que había entrado también en el aula, gritó algo inteligible y se abalanzó sobre ella.
- ¡Está fría!- chilló.
- No la toque, tenemos que avisar al juez- avisó el policia que parecía de mayor graduación.
El hombre se derrumbó encima de uno de los pupitres y, cubriéndose el rostro con las manos, rompió a llorar.
El juez no tardó en llegar y evidentemente certificó la muerte. ¿ Causa? El rostro aparecía cuajado de arañazos de menor y mayor intensidad, pero lo que le causó la muerte fue, lo que a todas luces parecía un mordisco en la yugular.
- ¿ Se ha fijado en la foma de la herida del cuello? - observó uno de los policias al juez.
- Sí, se parece a la marca del zorro.- comentó el juez mirando de cerca la herida.
- Y fíjese en los arañazos. - apuntó el otro oficial.
- Una hache- apostilló el juez.
- Sí, y una uve, y una y griega - exclamaron los dos sorprendidos policias.
Entonces repararon en el cuaderno que estaba abierto sobre la mesa. El texto parecía ser un problema de matemáticas y en él aparecían algunas letras cubiertas de sangre e incluso hilillos, de lo que bien podía ser tejido conjuntivo de piel o quizá arteria.
El problema decía así:
En un halmazen de ferreteria ahi cajas con tres clases de torniyos: grandes, medianos y pequellos. La caja de torniyos grandes tiene el doble de torniyos que la de los pequeyos y la caja de los medianos tiene 25 más quela de los pequeños. Si en total hay 375 quantos ay de cada clase
Sobre la autora:
Julia Cortés Palma
España