Durante la quinta noche el mismo ruido apareció: aullidos de perros, el sonido agudo de una trompeta, gritos de dolor tan aterradores que parecían venir del mismo infierno; el pequeño se escondió bajo su manta impregnada con imágenes de autos y aviones, era un lugar seguro, pensaba, nada podía alcanzarlo, ni siquiera los seres espeluznantes que pasaban día tras día cerca de su hogar.
Fue durante la tercera noche cuando, armándose de valor, se levantó de su cama y corrió lo más rápido que pudo al dormitorio de sus padres.
—¡Están aquí!, ¡están aquí!— gritaba, mientras se lanzaba hacia su padre como un clavadista a una piscina
—¡despierten!, ¡están aquí!— sollozaba; el padre se despertó muy enojado por la inesperada acción de su hijo; pero, al verlo tan asustado y nervioso, intentó tranquilizarlo.
—tienes que calmarte, todo está bien— procuró ser lo mas sereno que pudo, la madre se despertó en ese mismo instante y, sin entender lo que sucedía, abrazó a su pequeño instintivamente.
—¡están aquí!, ¡tienen que escucharlos!— les dijo el niño preso del terror, trataba de llorar ahogadamente para que sus padres consiguieran notar el ruido que cada vez era más fuerte, pero fue en vano, sus padres lo miraban de forma extraña.
—No entiendo de que hablas hijo, no logro oír nada— dijo la madre, y eso fue todo, esa noche comprendió que no tendría la ayuda de nadie, sus padres, por alguna razón, no conseguían escuchar a las bestias que parecían acecharlo.
La sexta noche, a la misma hora, los sonidos volvieron a aparecer; eran lamentos, ladridos de perros, gritos de guerra y el sonido de una trompeta infernal que parecía anunciar catástrofes; su curiosa mente pudo más que su instinto de supervivencia, se levantó de la cama y caminó lentamente hasta su ventana, apartó las cortinas que limitaban la visión y allí estaba, el paisaje de un parque lleno de árboles y muchas casas alrededor, los postes de luz iluminaban tenuemente el panorama, todo era sombras y siluetas de una madrugada como cualquier otra.
—Adelante, sigamos adelante que no falta mucho para el amanecer— gritaba un hombre, buscó en todos los rincones cercanos, no había nada en las calles, solo un viento frío que le daba movimiento a las hojas de los árboles, la trompeta volvió a tocar, el sonido venía del cielo, no podía equivocarse, trató de contener el llanto, su labio inferior no paraba de temblar, sentía que las piernas iban a fallarle en cualquier momento, pero no podía detenerse, tenía que saber quiénes eran aquellos que noche tras noche invadían su descanso y le provocaban los peores terrores que, a su corta edad, eran imposibles de imaginar; colocó una pierna sobre la ventana y con sus brazos se impulsó hacia el tejado de la casa. Una vez afuera se arrepintió al instante.
Lo que logró ver no era para nada de este mundo, era una escena tan oscura y violenta que se creyó muerto: cientos de sombras recorrían el cielo, eran siluetas de perros salvajes y jinetes domando sus caballos, todos pintados de una oscuridad más densa que la misma noche, las figuras humanas alzaban los brazos, otros parecían inertes sobre sus bestias que lanzaban chillidos de furia, los perros daban vueltas en el cielo y perseguían quien sabe qué; detrás de todo ese desfile se encontraban otros seres, más pequeños que los jinetes, iban a pie apresurados por alcanzar a los de adelante, lanzaban gemidos de dolor y caminaban de manera débil sin poder detenerse, parecía que agonizaban de cansancio. Delante y liderando el espectáculo se encontraba una figura enorme, el mismo que segundos antes había dado la orden de “seguir adelante”, era prominente montando el caballo más grande del grupo, era un ser increíble y aterrador.
El pequeño soltó un grito desesperado y se desvaneció. Su cuerpo comenzó a caer desde la ventana, el impacto era inminente, su joven vida terminaría presa de un terror imposible de explicar. Cuando estaba por tocar el piso algo lo atrapó, su cuerpo se elevó tan violentamente que por un momento pensó que su columna estaba hecha de goma. Cuando tuvo conciencia de lo que había sucedido observó como la tierra se alejaba de él, miró un segundo a su captor y volvió a entrar en pánico, gritó lo más fuerte que pudo pidiendo ayuda, pero nadie fue en su auxilio. Un perro enorme y negro lo tenía sujeto a sus colmillos grandes y llenos de furia, las fauces de la bestia emitían un calor sofocante, el perro lo llevó hasta el final de la horda donde se encontraban los seres que emitían gemidos de dolor, sintió como su cuerpo comenzó a avanzar por voluntad propia, quiso detenerse pero no pudo.
—bienvenido a la cacería salvaje— escuchó, era la voz de la muerte que precedía el gran espectáculo.
Sobre el autor:
Carlos A. Rivas Uceda
"Inspirado en un mito de la cultura europea"