Esperé unos minutos mientras se marchaba el esposo, como siempre a su trabajo; no quería más testigos ni tampoco que pagasen “inocentes”. Me acerqué a la entrada de la casa, como tantas otras ocasiones. Toqué el timbre y esperé en el rellano. Con tanto dinero, debería contratar un jardinero la señora. A los pocos minutos me abrió la puerta, saludó cordialmente y me invitó a pasar.
Nota personal: «Nunca invites a un monstruo a cruzar el umbral de tu puerta».
Pero, por supuesto, era imposible imaginar la rabia que llevaba conmigo ni los deseos de mi mente y mi cuerpo por liberarla.
Me ofreció con su cara hipócrita una taza de té, una estúpida taza de té, ¿acaso la sed de un vampiro se elimina con agua? Entonces no creo que el té fuera mi sangre, aunque yo de vampiro solo sentía la maldad interior y nada supernatural o de historias de terror para jóvenes tontos o niños.
Acepté su oferta, aunque odiara el té, pero tenía que ganar tiempo y explorar el terreno. Al retirarse a la cocina me dio la oportunidad de recorrer la sala. Era de un estilo más bien clásico con algunos rasgos de modernismo, una combinación realmente espantosa. Un retrato, asumo que al óleo por el efecto antiguo que denotaban los colores, adornaba una de las paredes con una mirada fría y lúgubre. Sobre la chimenea varios adornos ofrecían las señales de la poderosa fortuna familiar.
Retratos de viajes rodeaban los extremos de un reloj decorado con detalles en oro. Pero mi mirada se detuvo en una figura dorada de un torso de mujer sin cabeza y con alas desplegadas. La base que la sostenía era de mármol blanco. Una sensación de satisfacción me subió por la columna erizándome los pelos del brazo y el cuello.
El aire se llenó de un nauseabundo olor a hierbas, mientras se acercaba con la taza del asqueroso té. Le agradecí mostrándole amabilidad y modales; entonces me levanté para apreciar de cerca el cuadro.
-Hermosa escultura – le comenté mientras acariciaba una parte del torso de la estatuilla.
-Es un regalo de mi hijo – respondió con tono orgulloso.
-¿Puedo sostenerla?
-Sí, claro – en su voz noté una mezcla de orgullo y confusión por mi solicitud–. Pero ten cuidado, es un recuerdo de mi viaje con él por París.
Como si me importara un carajo. El peso de la estatuilla me confirma que es de oro puro y el mármol le da un toque de peso al conjunto.
- ¿Es oro puro o una mezcla de materiales?
- Sí, es una réplica a escala en oro de la Victoria de Samotracia, una de las más emblemáticas del museo del Louvre.
Ay hijito de mami, no sabes el gran regalo que le has hecho. Una estatuilla robusta y con alas tan afiladas como dos cuchillos gemelos que sobresalen de su cuerpo. ¿Acaso no sabías que tu mami siempre está metiendo las narices donde no debe?
– ¿Qué le trae por acá?
La pregunta hizo que abrazara la cintura de la estatuilla como si se pegara a mi mano, como si fuera parte inseparable de mi cuerpo. Mi mente viajó a mis deseos y sentí como el labio se curvaba en una sonrisa.
-Es muy agradable joderles la vida a las personas y sentarse tan tranquila a tomar el té, ¿cierto?
-No entiendo… ¿Qué quieres dec…? – sus labios se cerraron de repente.
Pude notar la perplejidad en su rostro al voltearme empuñando el regalito del nene de mami y levantar mi brazo.
- ¿Qué haces…? – Su mirada se ensombreció mientras el borde de la base de mármol caía sobre su cara pálida con una velocidad estremecedora.
El impacto arrojó varias gotas de sangre sobre el cuadro en la pared. La vieja momia cayó al suelo con la mirada perdida aún llena de horror y un hilillo de sangre corriendo entre sus ojos. Pero no había saciado mi sed; así que continué golpeando su rosto, esta vez la rabia contenida por tanto tiempo causó una mayor fuerza en cada choque. El sonido de los huesos quebrándose me hizo entrar en éxtasis y no podía detenerme, corrección, no quería detenerme. De su rosto aún quedaban abiertos como platos sus ojos, por lo que las alas de la estatuilla culminaron mi obra con sus afiladas puntas.
Me incorporé sobre el cuerpo inerte, el suelo bajo la cabeza era una mezcla sangre y trozos de huesos con un olor penetrante. Una obra maestra sin dudas, MI obra maestra.
-Victoria alada, tú te vienes conmigo- dije mirando la estatuilla e imaginándomela en mi altar de trofeos ensangrentados.
Me sentía lleno de vida y placer mientras salía de aquella vieja casa. Antes de cerrar la puerta miré hacia la pared y dos ojos manchados de sangre me contemplaron atentamente desde el óleo de la pintura; en mi opinión reflejaban agradecimiento, pero quizás fuera mi propia satisfacción, la misma que me hacía sonreír mientras me alejaba para siempre de allí.
Sobre el autor:
Alaín Gómez
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