Sus enormes ojos café centelleaban entusiasmados mientras los míos se ensombrecían al conectarse con ellos. Empujé mis piernas por la habitación hasta sentarme a su lado, sobre la cama que yo mismo le había construido hace casi una década. No me importaron las imperfecciones de su manta estampada de súper héroes, solo me limité en cubrirlo hasta su pecho y a dejarle un resto por si acaso necesitase esconderse bajo ella.
—Fue un lindo día, ¿verdad, papi? —confesó jugueteando con los dedos de sus manos, buscando complicidad en mi respuesta.
—Lo fue, Tomás—forcé mi respuesta con un nudo atravesando mi garganta.
—¿Mañana volveremos a jugar?
—¿Por qué no? —mentí.
— Papi, ¿me vas a terminar de leer este cuento? —Extrajo una vieja obra bajo su almohada.
—Es un poco tarde ¿no crees? Mejor lo terminamos mañana —Le quité el libro de sus pequeñas manos con temblor en las mías y me apresuré en guardarlo dentro del cajón de su mesa de luz, donde recordaba haberla guardado la última vez.
— Pero, papá —protestó resoplando con el labio inferior sobresalido—, es el último capítulo y no quiero esperar hasta mañana.
—Lo sé, hijo —Sus palabras solo hacían las cosas más difíciles. Sabía que se lo había prometido, pero también era una realidad que había jurado algo mayor que ello y el tiempo se nos acababa—. Yo tampoco puedo esperar saber cuál es el final del mago.
Tomé sus rosadas mejillas con ambas manos luchando por reprimir mis nervios, con la conciencia remordiendo mis instantes previos y el desenlace que se avecinaba. Besé suavemente su frente helada sin ser capaz de mirarlo a los ojos, de hecho, me resistía a si quiera abrirlos. Por fin me levanté rumbo a su puerta, pero un jalón en mi brazo me detuvo abruptamente.
—Papi, ¿podrías otra vez fijarte que no haya monstruos en el armario? —de nuevo sus palabras tambalearon mi semblante.
No era la primera vez que lo pedía, en realidad nunca pude recordar exactamente cuándo fue la primera vez que me lo pidió, pero esta vez había recuerdos frescos transitando tras mis ojos, exprimiendo escalofríos y sudor gélido recorriendo mi espalda. Recordaba que la última vez lo hizo con lágrimas desesperadas que poco provocaron ante mi escepticismo, sin embargo, nada me atemorizaba más que recordar lo que encontré cuando finalmente lo abrí.
—Ya, ya lo hice —Temblé—. Ahora descansa, hijo mío.
Apagué la luz, el sonido de la llave viajó con fuerza por la implacable oscuridad que nos rodeó instantáneamente, cerré la puerta con suavidad sin ser capaz de sostenerle la mirada, aunque sea una última vez. No sabía si me arrepentiría por no hacerlo, pero lo cierto era que prefería guardar otras imágenes de él. Coloqué el seguro, lo suficientemente lento como para que no lo escuchara, de la misma manera empujé el abultado mueble oscuro que había a un lado y bloquee la puerta para evitar que saliera. Sin dejar de contemplar aquella escena retrocedí, cada paso me costaba más que el anterior, como si arrastrara más de lo que pudiese cargar. Finalmente mis pies se detuvieron cuando chocaron con el cadáver de mi esposa. Me acerqué a ella, pude percibir aún el calor de su sangre al momento de desenterrarle el cuchillo que aferraba en su pecho. Me senté a su lado y volví a mirar aquella puerta, esperando por lo inevitable.
—Perdóname, hijo —solté por fin con amargura invadiendo mi rostro—, pero él reclama una ofrenda más
Estaba desesperado, pero a la vez resignado. Nunca hubo nada por hacer, pensar lo contrario fue nuestro error. Debimos creerle antes, cuando nos juraba que el monstruo le advertía por las noches que su fin estaba cerca, ahora es muy tarde. Sujeté el mango del cuchillo con ambas manos y lo apreté con culpa y terror mezclándose, ya era tarde para pensar en cualquier otra cosa o incluso para arrepentirse.
—Papi —llamó mi pequeño desde su habitación sobresaltándome.
—No ahora, por favor. Solo vuelve a dormir, será mejor así. Solo descansa una vez más —musité sin saber si en verdad deseaba que me escuchara.
—¡Papá! ¡Abre Papá!
De repente comenzó a forcejear con el picaporte. Los ruidos metálicos sonaban tan desgarradores como los llantos que le siguieron. Los viejos retratos con su rostro adornando el corredor comenzaron a caer, uno a uno acercándose a mí.
—Lo siento mucho, hijo —sollocé exprimiendo lágrimas con mis parpados.
—¡Papá, el monstruo está aquí! —Gritó desesperado.
—Te quiero, hijo mío.
Quizá más de lo que podía soportar, él no sabía lo que sucedía ni lo que estaba por hacer. Tampoco deseaba que lo viera y por ello no lo pospuse más. Dejé que mis manos actuaran por mí, ellas no pensaban ni vacilarían. En menos de lo que tarda un segundero en moverse giré la hoja acerada en sangre y atravesé mi pecho. Lentamente mi cuerpo se adormecía al igual que mis sentidos, aunque luchaba por mantener uno por encima del resto.
—¿Papi? —preguntó más tranquilo cesando el forcejeo.
Mis ojos no se cerraron, pero se me oscurecía la mirada. Mientras tanto, un jalón en mis tobillos me comenzaba a arrastrar sobre fluido tibio. Él monstruo se llevaba ambas ofrendas, las que le prometimos a cambio de volver a ver nuestro hijo, aunque fuera solo un día más. Amábamos demasiado a nuestro único hijo, a causa de la culpa de una u otra forma íbamos a terminar de esta manera. Ahora ya no te molestaremos, descansa en paz, Tomás.
Sobre el autor:
Gianni M. Fori
Salta, Argentina