En las vacaciones de fin de año pasado, en familia fuimos a visitar al abuelo, allá en su casa del pueblo. Esa noche se había ido la luz y para distraernos un poco, comenzaron a cantar canciones y contar historias. Cuando llegó el turno del abuelo, dijo que aquella era una de las anécdotas de sus días pasados, cuando era joven y aún no conocía a la abuela. Lo relató así:
Fue hace mucho tiempo, cuando las gentes y las cosas eran distintas. Mis padres y yo vivíamos en un ranchito de bahareque que quedaba bien arriba en la montaña — Señaló con su mano izquierda y mantuvo el brazo estirado por un buen rato—. Recuerdo que era como para estos días, en que muchos visitantes de la ciudad venían a vacacionar, era emocionante compartir con ellos, el repertorio de acontecimientos que durante un año se habían acumulado; pero más emocionante era aún, cuando se veían caras nuevas, como la de aquella jovencita que vino por primera vez al pueblo. Nadie la conocía. Las bocas chismosas comentaban que quizás era la sobrina del alcalde y que había llegado del extranjero e incluso algunos otros, se atrevían a asegurar que era la ilegítima hija de un curita de la ciudad, que para ocultar sus aventuras, la hacía pasar desapercibida. En fin, nadie conocía su procedencia. Lo que nos llamaba la atención a los muchachos y a mí, es que era una chica muy agraciada, parecía tan refinada y delicada, como una muñeca de esas que se ven en las vitrinas, parecía sacada de un cuento de hadas con sus risos dorados y sus vestiditos de encaje. Al pasearse por las calles era la envidia de muchas de las niñas del pueblo y el atractivo de los hombres.
Una noche, nos reunimos en la plaza principal frente a la iglesia, los muchachos llevaron guitarras, aguardiente y uno que otro juego de mesa, allí nos congregamos chicos y chicas para departir alegremente con música, historias y demás. Lo sorprendente fue cuando vi llegar a la jovencita misteriosa, pues alguien la había invitado; ella era muy tímida, reservada y casi temerosa. Pasadas las horas, al fin la convencieron de tomarse algunos tragos, no fueron muchos; pero tal vez sí los suficientes para que la dulce niña comenzara a soltarse, riéndose de los chistes de todos y conversando sobre historias fantasiosas y extrañas. Yo intrigado, solo la miraba, su rostro era casi mágico y su mirada profundamente hipnotizante. Por momentos olvidaba todo a mi entorno, me concentraba en sus labios cuando se movían, pero no escuchaba nada; solo me quedaba viéndolos. Yo creo que ella se dio cuenta, porque en un momento que recuerdo con inquietud, vi cuando ella clavó sus ojos en mis ojos y los mantuvo firmes, a tal punto que tuve que desviar la mirada.
Cuando pasaba la medianoche, muchas de las jovencitas ya se habían ido a casa y algunos de nosotros, decidimos que era tiempo, también, de ir a descansar. Algunos insistieron en que nos quedáramos; pero yo me resistí, quería ir a casa. Entre los que se quedaron, estaba “Joaco”. Él era el más atrevido de todos, tenía fama de mujeriego, bebía mucho y fumaba como chimenea. Yo arranqué mi camino, era como hora y media a pie y la noche no daba espera. Mientras salía del pueblo acompañado por otros que se iban quedando en sus casas, escuchaba los comentarios acerca de aquella chica y cómo muchos de los pelaos del pueblo estaban interesados en conquistarla. Cuando ya quedé solo, me puse a echar pata bien fuerte, para no demorar mucho en llegar. El camino era oscuro; pero la luna llena se alzaba imponente en el cielo y me permitía ver por donde andaba. A medio camino, luego de pasar el puentecito de la quebrada, sentí algo muy extraño. Una pesada neblina que bajaba de la montaña, se fue posando sobre el camino y las nubes como que se cerraban, todo se hacía muy oscuro. Luego comencé a escuchar unos ruidos alrededor, me detuve para intentar averiguar qué podía ser, miré en todas las direcciones, pero era casi imposible ver a más de un metro de distancia; la penumbra era espesa. Sentí miedo. Apreté el paso y decidí no mirar atrás, hasta llegar a casa.
Los ruidos no eran los mismos. Los bichos nocturnos callaron y el viento parecía que había dejado de silbar entre los árboles. A cada paso que daba, sentía tras de mí, el sonido de unas pisadas en la hierba seca; y mientras más aceleraba mi caminar, más fuerte escuchaba a mi espalda, dichos pasos. Tuve que correr, lo hice como por quince minutos o más; no sé. Lo cierto es que tenía miedo de ver hacia atrás y encontrar algo monstruoso persiguiéndome, así que resistí al miedo, fijé mi vista al frente y continué acelerando. Al cabo de un tiempo, mi respiración se hacía fuerte, mi corazón golpeaba duro contra el pecho y mis piernas parecían que no resistían más. Cuando a lo lejos vi el rancho, sentí un nuevo impulso en mi cuerpo, me llené de energía y con una inusual fuerza corrí velozmente hasta llegar a la puerta. Rápidamente la abrí y me oculté tras ella. Me sentí a salvo; pero justo en el momento de cerrarla, escuché un fuerte golpe como de un manotón que impactó contra la puerta. Me quedé allí parado, congelado, con mis ojos casi por salirse, la respiración acelerada y el corazón a mil. No sé cuánto tiempo estuve allí, estático, tembloroso y pávido. Solo sé que me dirigí a la cama y quedé tumbado pensando en lo ocurrido, antes de por fin quedarme dormido.
Más tarde, al amanecer me despertó un bullicio. Escuchaba los gritos de mamá y papá; parecía que discutían. Me asomé por la ventana. Los primeros rayos del sol apenas empezaban a despuntar entre las montañas, era difícil distinguir las sombras que habían fuera de casa, pero por la imponente voz, reconocí a alguien más, era el vecino de una vereda cercana, don Martín.
Vi que mi madrecita se persignaba tres veces seguidas, luego de decir —“Sagrado rostro, Dios los tenga en su gloria” y mi padre le siguió diciendo: —“Esos chinos vergajos, se lo buscaron, siempre andaban metiéndose en problemas”.
Rápidamente salí a la puerta y pregunté con algo de susto:
—¿Qué pasó mamá?
Me dijo: —Ay mijo, que don Martín nos trae la noticia que aparecieron muertos, a la orilla del río, Joaco, Julio y Andrés.
Don Martín agrega: —Si mijo, Julio y Andrés estaban ahogados, pero a Joaco; a Joaco lo descuartizaron. ¿Usted no se vio con ellos anoche?
Le respondí que sí. Pero que me había devuelto antes y ellos se habían quedado.
Asombrado, un escalofrío se apoderó de mi cuerpo de arriba a abajo recordando lo que me había ocurrido horas atrás. En ese instante, la luz del sol me comenzó a dar justo en el rostro, tuve que subir mi mano para taparla.
De pronto mi padre grita diciendo: —¿Pero qué carajos es eso?
Aterrado me di vuelta sin saber lo que vería. Caí sentado, mientras mi mirada aterrada se fijaba en la puerta del rancho.
A la altura en que la luz daba contra la puerta, se dibujaba una gran mano en ella. Inmensa, como de unos dos palmos de larga. Oscura, como si hubiera sido quemada a fuego vivo. Lloré y los cuatro nos persignamos.
Con el tiempo, la puerta la quitamos, la tiramos al río y seguimos nuestras vidas. Al día de hoy, no se sabe a ciencia cierta qué fue lo que ocurrió con los tres pelaos muertos. Las historias no se hicieron esperar, unos decían que había sido una pelea entre ellos; otros, que fueron cosas del diablo. Pero nadie; nadie mencionó en ningún momento, a la bella chica de rizos dorados. Yo sé que se quedó esa noche con ellos, pero no sabría decir qué pasó. Nadie lo sabe.
Sobre el autor:
Juan Pablo Díaz
(Pseudónimo literario: Nathair)
Psicólogo, escritor y poeta.
Facebook, Instagram, Spotify, Youtube:
@nathairdarkpoet