Tenías nueve años la primera vez que ellos tocaron la puerta de tu cuarto, muy temprano. Te levantaste somnolienta de la cama para abrir el seguro que ponías por las noches.
Aún recuerdas que giraste la manija con lentitud para constatar luego que no había nadie ahí. Diste unos pasos y, de nuevo, el sonido del toque de un puño en la madera te sorprendió. Gritaste. Tu padre, quien tenía el sueño ligero, vino a tu auxilio. Te encontró sola y temblando fuera del cuarto, le explicaste lo sucedido y solo atinó a decirte que era tu imaginación. Te abrazó y te dio un beso en la frente.
La luz del incipiente amanecer entró por las ventanas de la casa y disipó tu miedo.
Desde aquel día, breves sonidos secos te desconcentraban de tus labores. Te quedabas en silencio para saber quién o qué originaba ese chasquido de dedos cerca de tus orejas y los interminables breves toques en las puertas. Tus padres te llevaron primero a terapia física, y después, sicológica, al confirmar que tenías buena audición.
Pasaste todas las pruebas y no hallaron en ti alguna patología que explicara tus síntomas. De la noche a la mañana, dejaste de oír los irritantes sonidos. Sin embargo, a tus catorce años, dejaste de escuchar las palabras de tu madre en plena conversación matutina. Al principio, creíste que ella te hacía una broma. Aplaudiste y no escuchaste el sonido esperado. Empezaste a gimotear y el ruido de tu llanto solo lo oyó tu mamá. Te llevó al hospital apenas supo que no podías escuchar. En el camino trataste de calmarte y sintonizar el ruido de la calle, pero eso no sucedió. Llegaron y tu madre te dejó sentada mientras ella buscaba ayuda. Un doctor, muy guapo y joven, se acercó y empezó a hablarte. Usaba un cabestrillo. Te concentraste en su cálida mirada.
—No te asustes, estarás bien, a que puedes verme y oírme eh —dijo y abrió la boca para mostrar su sonrisa.
Abriste bien los párpados y carcajeaste de la felicidad por la recuperación de tu audición. En tanto viste a tu madre acercarse con una enfermera. Ellas hablaban, movían los labios. Miraste alrededor, escuchaste el murmullo de voces de los presentes: otros pacientes que, aparentemente, estaban esperando a que los atiendan. A tu madre no la escuchaste y a la enfermera tampoco. El doctor del cabestrillo estaba imperturbable, parado a tu lado. Su lindo rostro te iluminó como antes.
—Ahora solo nos escucharás a nosotros —habló, a la vez que la enfermera y tu madre parecían no saber de su presencia—. Bienvenida, tu don se ha manifestado. Es probable que tengas que aprender lenguaje de señas para entender a tus semejantes o andar con una libretita y un lapicero por siempre. Tómalo con calma. Te recomiendo que vayas a casa. Aquí muchos nos saben que están muertos y se acercarán a ti al darse uenta que puedes verlos y escucharlos.
Volteó para irse. Un cerebro rosáceo emergía de su nuca abierta y sangrante. Los verdaderos pacientes se taparon los oídos al escuchar el grito que lanzaste en el momento en el que te diste cuenta de qué había pasado.
Sobre la autora:
Mirza Mendoza
Perú