Se dice que una muchacha muy joven estaba bastante enferma y que tenía que ser internada de urgencias.
Desmotivada por los médicos, la familia no quería que su hija supiese que iba a morir muy pronto, por contra, todos sus amigos y familiares cercanos ya estaban al corriente de la terrible desgracia familiar que se les avecinaba. Pero les habían advertido previamente que si su hija les preguntaba si iba a morir, ellos debían responder que no.
Después de algunos días de visitas ininterrumpidas, ella pidió durante una oración que le enviasen flores. Quería rosas blancas si regresaba a casa, rosas amarillas si tuviese que quedarse más tiempo en el hospital y estuviera en estado grave, y rosas rojas si estuviese próxima su muerte.
A cierta hora indeterminada, una mujer llamó a la puerta de la habitación en la que la joven estaba hospitalizada con sus nudillos. Su madre la hizo pasar y la desconocida le entregó un ramo de rosas rojas bastante pochas y casi sin vida. Tras preguntarle quien era, la mujer se identifico como la “madre de Beatriz”. Entretanto la joven que estaba durmiendo ligeramente, se despertó. Y la madre le explicó que una mujer le había traído un buque de rosas rojas sin estar al corriente del pedido de su hija durante la oración.
Ella fico con cara de espanto cuando la madre le dijo que quien había traído las flores era la madre de Beatriz, la madre de una amiga suya de la escuela. Aturdida la única cosa que consiguió balbucear a su madre fue que la madre de su amiga había muerto justo hoy, hacía una década.
La muchachita murió aquella misma noche, cuando la campana de la capilla del hospital tocaba las doce en punto.
En el hospital nunca se vio entrar o salir a la misteriosa mujer.
Sobre la autora:
Silvia Carus
España