Una sensación de desconcierto me invadió. No sabía realmente lo que estaba pasando. ¿Acaso todo era producto de mi imaginación? ¿Habían vuelto las alucinaciones? Tal vez me estaba volviendo loca. Sí, eso parecía lo más lógico. Desde que decidí mudarme sola a esa cabaña dejé de tomar mis medicamentos. No tenía sentido tomarlos si ya me sentía bien. Lo único que quería era disfrutar de la inmensa naturaleza y, además, los delirios ya habían desaparecido… O eso creí.
Al llegar a aquella zona remota percibí una calma abrumadora. Esa debió de haber sido mi primera señal de alarma. Estaba tan entusiasmada con esta nueva etapa de mi vida que no presté atención a detalles importantes como el silencio abismal que invadía el lugar, la excesiva cantidad de cercas de alambre rodeando mi cabaña y la nula cantidad de gente que habitaba en el lugar. Ni siquiera se escuchaba el canto de las aves o la brisa impactando con las hojas de los árboles. Me dejé deslumbrar por la tranquilidad, no es algo que se aprecie en la ciudad. Fui tan crédula.
La oscuridad no tardó en aparecer y con ella vinieron aquellos desgarradores chillidos. Provenían del exterior de la cabaña. Los escalofríos me invadieron por completo. Con temor a lo que pudiera ver, me asomé por la ventana e inmediatamente el ruido cesó. No vi más que las altas y frondosas siluetas de los pinos. Tal vez lo imaginé y sólo estaba nerviosa por haber dejado de tomar las pastillas. A los pocos segundos se hicieron presentes nuevamente los chillidos, pero esta vez sonaban más cerca. Estaba a punto de salir a inspeccionar el origen de aquel perturbador sonido y en ese instante se plasmó frente a mí. No sabía por dónde había entrado si me había asegurado de mantener cada puerta y ventana cerradas.
Mientras tenía esta discusión conmigo misma dentro de mi cabeza, ella no apartaba esos enormes ojos hundidos y amarillentos de mí. Era tan pequeña. Tenía una apariencia frágil y un tanto enferma. Un olor nauseabundo invadió la habitación. Jamás había presenciado un hedor como ese. Rápidamente comprendí que esa pequeña criatura desprendía aquella peste. Tenía llagas en cada parte de su cuerpo y daba la impresión de que no había tomado un baño en mucho tiempo. Pese a toda esa suciedad, pude apreciar su largo pelaje rojizo.
Lentamente estiré mis brazos a mi alrededor sin apartar mis ojos de ella. Buscaba tomar lo más cercano que estuviera a mi alcance para defenderme en caso de que quisiera atacarme. No quería hacer movimientos bruscos que la asustaran. Entre la serenidad nocturna, estoy segura de que mi grito se escuchó a kilómetros de distancia. El dolor fue abrumador, no tuve tiempo de reaccionar. No me percaté de estaba rodeada de aquellas criaturas. Juraría que tendieron una trampa para distraerme. Una de ellas arrancó un pedazo de mi brazo con sus largos y podridos dientes mientras otras mordieron gravemente mi cuello.
Salí corriendo lo más rápido que pude. Clamé con todas mis fuerzas por ayuda, pero nadie apareció. Mientras trataba de abrir una de las cercas, pude apreciar que el alambre estaba intacto. Inmediatamente comprendí que ellas no necesitaban destrozar el alambre para entrar si podían trepar.
A partir de ahí tengo vagos recuerdos de ese fatídico momento. En un instante me atraparon entre sus pequeñas y afiladas garras. Las tenía encima de mí mordiendo mi piel desesperadamente tratando de alimentarse. Creo que fue la adrenalina lo que hizo que les arrancara la cabeza con mis propias manos. Fue difícil hacerlo porque eran más ágiles que yo, pero logré acabar con ellas. Mi cuerpo estaba muy lastimado. Mis heridas comenzaban a desprender pus y un olor pútrido.
Como pude, regresé a la cabaña a tratar de descansar y dormir un poco. Me recosté en el sofá y esperé a que la añorada muerte hiciera lo suyo. Ahora, estoy segura de que no fueron alucinaciones, pero eso no importa ya. Cuando encuentren mi cadáver será demasiado tarde. Nadie sabrá que fueron las ardillas quienes me hicieron esto.
Sobre la autora:
Dinorah Torres Alfaro
Criminóloga
Mexicana
@dinoohtorres (Instagram)